Los sueños, sueños son

 

Andrés Rivera habla de las "no políticas culturales"

 
 
 

 

 
Entrevista de Ingrid Proietto

La excusa es la promoción de su libro “Cría de asesinos” que publicó editorial Alfaguara. Las preguntas son las de siempre y las respuestas también parecen ser las de siempre. Como en su prosa, Andrés Rivera juega a repetirse. Difícil no entrar en su estilo trágico, oscuro, despojado. Rivera dice una y otra vez, en sus libros y en su discurso, las mismas cosas. Cosas: imágenes, ideas, estructuras, personajes. Rivera se repite y lo sabe. Sabe que de tanto repetirse se modifica, convirtiéndose en otra cosa. “Cría de asesinos” son siete relatos feroces protagonizados por mujeres poderosas y dominantes.

 — ¿Por qué mujeres en su último libro?

 — ¿Por qué no?

 — En  todo caso por qué estas mujeres: todas tremendas, todas controladoras, todas dramáticas.

 — Todas crueles. Puede parecer raro que sean las mujeres las que aparecen como dominadoras. ¿Sabe que creo? Que con este sistema no se salvan ni hombres, ni mujeres. O cambia el sistema, o nadie será libre.

 — ¿Sigue sin leer a mujeres?

 — Nadie dijo que no leo a mujeres.

 — Usted dijo que dejó de hacerlo por falta de tiempo.

 — Leí a Katherine Mansfield, por ejemplo. A Virginia Woolf. Que las mujeres no participen del mercado editorial, por lo menos en la Argentina, no es mi culpa. Hago caso a cierto consejo de Borges que decía: “Si usted abre un libro, lee las primeras diez páginas y se aburre: déjelo...”. He leído algunos libros de argentinas referidos a temas de la historia nacional y… los dejé.

 — Eso es porque se limitó a un género devenido en algo demasiado comercial.

 — Vieron la veta y se lanzaron, pero lo hacen mal.

 — Tiene que haber otras mujeres que no escriben historia o que si la escriben lo hacen bien…

 — Seguramente, pero yo no las conozco.

 Andrés Rivera recurre al silencio contundente, igual que en su narrativa, para reafirmarse. O para dar por terminado un tema que le interesa aún menos que la novela histórica hecha negocio. En el barrio Bella Vista de Córdoba, donde vive y su mujer fundó una biblioteca popular, observa nítidamente la orfandad que padecen los inéditos en el interior del país, sabe del medio hostil al que se enfrenta cualquiera que pretenda accionar mecanismos culturales y denuncia con invariable ferocidad: “El país se constituyó como tal por hombres cultos. Desde Domingo Sarmiento a Julio A. Roca, más allá de que Roca fue un masacrador de indios. Poetas como Ricardo Gutiérrez… Tuvimos a Roberto Arlt, a Jorge Luis Borges, incluso es posible hablar de alguna novela de Beatriz Guido.

 — Sin embargo, los funcionarios dicen que al Gobierno no le interesa la cultura.

 — Eso no es de ahora. Los administradores del Estado Nacional nunca creyeron que la cultura sea un recurso para elevar el nivel de vida de la población. Sí, hacen bien en aumentarles los estipendios a los jubilados y se proponen levantar sueldos que han permanecido congelados por décadas. Pero forman parte de una burocracia que, si comparamos, la que describió Anton Chejov era brillante. ¡En el país de Borges y de Arlt! Un país que tiene una plástica como pocos en el mundo, que dio a Daniel Barenboim… ¿y la cultura no interesa? ¿Qué más quiere que le diga?

 — ¿Quién tiene la culpa?

 — Hay una responsabilidad concreta de la sociedad, por algo este autoexiliado que se llama todavía Carlos Saúl Menem recibió cuatro millones de votos.

 — Paralelamente en los peores picos de crisis sucesivas, la cultura resiste y reaparece fortalecida.

 — Borges decía: “En los momentos en que se instauran las dictaduras, se favorece a la elipsis”, lo cual significa que los escritores deben afinar los lápices y si tienen algún talento, también.

 — Parece difícil, el escritor le saca punta al lápiz y, si tiene, también a su talento, pero nadie se entera por qué no hay políticas culturales adecuadas para que pueda, por ejemplo, publicar.

 — Conozco autores inéditos que están hace dos años en lista de espera, promesas: “Lo vamos a leer, lo vamos a llamar”. Además desaparecieron del mercado las editoriales manejadas por mujeres y hombres cultos que tenían la osadía de hipotecar su casa o vender su auto cuando un título les agradaba. Hoy la mayoría son de capital español y compramos textos que dicen: “gilipollas” o “vale” cuando en este país hubo un Julio Cortázar que tradujo la obra completa de Edgar Allan Poe, hubo un Borges, un Floreal Mazia que en 1947 tradujo “El sonido y la furia” de William Faulkner y cómo. Por si fuera poco no se dan las circunstancias que permitan que los escritores formen un cuerpo más o menos sólido y organizado. Insisto, es patético nombrarlos, pero cuando los escritores intentaron cambiar el rumbo de este país los mataron…

 Haroldo Conti y Rodolfo Walsh.

 — Ya me fatiga citarlos, pero no queda otro recurso que poner su nombre por delante para que quien quiera enterarse, se entere. Donde vivo, hay chicos que todavía preguntan qué pasó el 24 de marzo de 1976. Se lo niegan en la casa y se lo niegan en la escuela.

 — De todas maneras así como se puede seguir soñando eternamente con la revolución, también es posible soñar con revertir el interés por los espacios culturales…

 — No se trata sólo de soñar, se trata de trabajar. Una vez más Faulkner: le preguntaron de dónde le venía la inspiración y respondió “No conozco a la dama inspiración, conozco trabajo, trabajo y trabajo…” Y el trabajo del escritor no es un espasmo, es lograr una lógica con la escritura.

 — En la Argentina al trabajo y al talento del que hablaba antes hay que agregarle un poquito de suerte.

 — No creo en la suerte.

 — Será porque no la necesita.

 — Lo que pasa es que no nos agrupamos. Alguna vez, no hace tanto, Abelardo Castillo y Liliana Heker dirigieron  “El escarabajo de oro”, una de tantas revistas en las que escritores y jóvenes periodistas trataron de abrir espacio. Ellos recorrían las librerías de la calle Corrientes y casi de un modo impositivo pedían que la publicación fuera colocada en la mesa de novedades de un modo visible.

 — Lo que se ve a través de los concursos, del catálogo de editoriales que alguna vez publicaron buenos textos y de los suplementos culturales es cierta tendencia a descender a subsuelos cada vez más comerciales.

 — ¿De qué concursos me está hablando? Está el Fondo Nacional de las Artes, hasta hace muy poco manejado por la señora de Fortabat. Con el Fondo usted recibe cinco mil pesos. ¿Qué puede hacer? ¿Pagarse la impresión? ¿Y después qué? Quién le asegura no sólo que ese libro se distribuirá bien sino que esa editorial hará una buena lectura de su segundo trabajo, que lo editará en las condiciones que corresponden, esto es que el escritor no se vea reducido a la vergüenza de pagarse la edición,  algo así como si un obrero tuviera que financiar al patrón de la fábrica para que lo deje trabajar.

 — Muy lejos no estamos, pero en realidad son demasiadas las novedades mensuales, el problema es el nivel de lo que se publica.

 — El bestsellerato es una alternativa, el escándalo por el escándalo mismo, cierto ruido. Ahora, cuando el buen lector quiere encontrar alguna sustancia, el libro se le cae de las manos.

 — Sin embargo, hay buenos lectores, hay lectores que agotan ediciones de Rivera, por ejemplo.

 — ¿Y?

 — Que resulta extraño que no haya un mercado que busque textos para esos buenos lectores.

 — Los buenos lectores, desde Gutemberg para acá, siempre fueron una elite. Usted mencionó a Rivera. Muy bien. “La Revolución es un sueño eterno” lleva catorce ediciones. Pongamos que se hayan vendido cinco mil ejemplares por edición: son setenta mil ejemplares. Lo leyeron unos doscientos ochenta mil en una población de treinta y pico millones de habitantes, no es nada. Ahora piense en uno que recién empieza. ¿Y si es Joyce? ¿Qué pasa con ese? ¿Quién lo publica?

 — Lo mismo sucede con los concursos, la gente que se presenta…

 — ¡¿Qué concursos hija?! ¿El de Clarín? Se presentan unos ochocientos, pasan por un jurado de preselección. Yo soy  jurado este año, recibiré diez libros. Bien. El primer premio gana cincuenta mil pesos y la edición. Cierta vez ocurre el milagro que una editorial se anime a publicar alguna mención. Quedan setecientos noventa y ocho afuera.

 — De ochocientos no sé si un Joyce, pero una interesante novela se pierde seguro.

 — Diez, quince, veinte… ¡cincuenta!

— ¿Adónde irán esos textos?

— No sé, o sus autores son consecuentes y siguen en la brecha o se van a su casa a mirar la televisión, bajan los brazos y los perdemos.

— Entonces la idea de país culto es pretenciosa y exagerada.

— No creo que sea tan pretenciosa si pensamos que hemos tenido pintores como Juan Carlos Castagnino, un científico como César Milstein que no se recibió en una universidad privada precisamente, el propio Borges, Arlt. Piense en Cortázar.

— ¿Le gusta?

 — No le asigno mucha significación a “Rayuela” cuando muchos la ponen por las nubes. Para mí Cortázar es un enorme cuentista… ¿Y?

 — ¿Y?

 — Se fue del país porque no soportaba este, su fama le llegó de afuera. Yo vivo en Córdoba,  una vez por semana alguien me toca el timbre y me trae su libro. ¡Claro, soy un consagrado! Sí, no se ría que es verdad… Me dan para que los lea y creo que aquellos a quienes se les publica tienen el deber político y moral de leer a los inéditos y emitir una opinión. Procuro hacerlo y no pierdo el tiempo porque con ellos afilo mis propias lecturas.

 — El panorama en el interior del país es aún más desalentador.

 — Hay editoriales, hablo de Córdoba, que lanzan libros muy prolijos, objetos de lujo que no trascienden la frontera de Córdoba. Lo que les digo a los que tienen material potable es que este no es un país federal, es unitario, así que: “Vaya a Buenos Aires y pelee, no sé cuánto tiempo, pero pelee...”

 — Y después de la consagración hay que volver, irse de Buenos Aires como Rivera, como Juan José Saer, como Cortázar.

 — No sé después, usted se apura. Lo primero es que pelee para que lo suyo salga.

 — ¿No resulta curioso que sea el escritor el que pelea y no el Estado el que salga a la búsqueda de ese mismo escritor?

— ¡Pero lo hemos dicho ya! Al aparato estatal no le interesa eso, al aparato estatal le importan las disputas internas y el PJ, los chismes y los asesinatos. Lo mismo pasó cuando fue gobierno el radicalismo.

 — ¿Y cómo se quiebra el círculo?

 — Bueh, ya se está poniendo en subversiva.

 — Alguien debería quebrar el saque, Rivera.

 — Seguro, pero entonces hay que cambiar todo para que se pueda confiar en el jurado. Marx decía que la democracia era el ágora griega sin Estado.

 — Sin Estado y con piquetes.

 — El de los piqueteros es un movimiento que surgió espontáneamente en Salta y en el sur del país, de ahí se expandió. Hoy hay piqueteros oficialistas, piqueteros jefes, y alguien que se mece las barbas: Raúl Castells y su esposa que tiene una cara fuerte y es exhibida como un objeto. Eso para mí resulta detestable. Les preguntaría: ¿ustedes de qué viven? Manejan mil y pico de comedores comunitarios ¿Cómo? ¿Con qué? Los piqueteros y las barras bravas pagas… No los comparo, pero ya huele a falta de espontaneidad. No creo que esta sea la forma de organizarse. Se acabaron las clases sociales, hoy hay pobres y ricos. Pobres contra pobres.

 — Pobres contra más pobres todavía.

 — Los jefes de los pobres o de los que dicen ser jefes de los pobres deberían someterse a ciertas preguntas: ¿quién les paga los viajes?, ¿Dónde residen? No quiero que vivan en una tapera, pero por qué no me cuentan un poco, qué es lo que están pidiendo. Unos van y aplauden, otros van y quieren que se les pague el aplauso.

 — Resulta sospechoso que el periodismo de derecha tampoco se esfuerce en formular estas preguntas o en ahondar en las respuestas.

 — ¿Cuál es para usted el periodismo de derecha? ¿El señor Daniel Hadad? ¿El doctor Mariano Grondona? Recuerdo que el doctor Grondona escribió sólo una línea en “La Nación” cuando finalizó el período sangriento de la dictadura: “Me equivoqué”, dijo. ¿No le parece curioso? Sin embargo, sigue con sus dos largas columnas los domingos en el mismo diario.

 — Y a nadie le da vergüenza.

 — La derecha nunca tuvo vergüenza. Por ahí anoté una frase de André Breton: “La burguesía ya no se espanta de nada”. Perpetra atrocidades todos los días. Hay chicos que se mueren de hambre ­— ¡de hambre!— en Tucumán y el gobernador hoy es senador y afiliado prominente del Partido Justicialista… ¡No se espantan de nada!

 — Y son mayoría.

 — Clara mayoría.

 — ¿Kirchner lo ilusionó en algún momento?

 — No opinaré de él cuando lo atacan Mauricio Macri y Ricardo López Murphy. Tengo mi opinión sobre su gestión, pero no voy a agregarla desde el otro lado del espectro político e ideológico para sumarlo a la de estos caballeros.

 — ¿El silencio es salud?

 — El asunto es esperar el momento y encontrar las palabras necesarias para diferenciarse. Aclarar que los enemigos son esos caballeros o por lo menos son los voceros del establishment, pero nosotros desde este otro lado tenemos para decir “esto”. Hay que tener una paciencia china, eso se aprende con los años, no se preocupe. ¿Cómo voy a levantar hoy la voz si yo, que me jubilé de periodista, recibiré treinta pesos de aumento? ¿De qué me puedo quejar si noto que todos los meses me sube el estipendio del premio nacional? Me están sobornando, dirá usted. Voy a decirle que no, pero debo reconocer las cosas como son.

 — Habla como si tuviera una jubilación de privilegio y el premio nacional significara una fortuna injustificada.

 — Gano tanto como el presidente de la Nación. Formalmente el presidente recibe un sueldo de tres mil pesos. Eso es lo que percibo entre derechos de autor, jubilación y premio nacional. Tengo para comprarme algo más que un jean. Juro por “El Capital” de Marx que no sé andar en monopatín, pero me puedo dar el lujo de tomar un remise.

 — Y de comprar libros.

 — Es cierto, los libros se ha convertido en un lujo. Es todo bastante complicado, le diría que hay que buscar en librerías de viejo. De pronto se encuentra usted con tres excelentes ediciones por diez pesos.

 — ¿La Feria del libro no debería proporcionar esta posibilidad?

 — La Feria es el mercado, los grandes sellos de editoriales están ahí. La gente va a pasear, llevan a los chicos. De pronto lo traen a Saramago… Y usted hace la fila y Saramago le pone una firmita. Eso es todo. No recuerdo una vez que haya ido por propia voluntad.

 — ¿No se puede aprovechar esa cantidad de gente aglomerada?

 — ¿Para qué? ¿Qué quiere? ¿Qué me suba a una silla y agite una bandera roja?

 — No quiero que usted agite otra cosa que no sea su máquina de escribir, Rivera.

 — ¿Quién entonces?

 — La Feria es financiada por organismos oficiales, debe haber un mecanismo por el cual sea posible pedir que cambien las políticas culturales y desde ahí para arriba o para abajo.

 — ¿A quién le va a pedir? ¿Al pueblo?

 — El pueblo quiere saber de qué se trata.

 — Sí, claro, vaya a pedirle al pueblo… En la época de Rosas, Buenos Aires tenía sesenta mil habitantes. ¿Se imagina veinte años antes, en 1810, cuántos había? De aquí salió el primer ejército comandado por Manuel Belgrano y el viejo Castelli que marchó al Alto Perú. ¿Sabe lo que hacían con los paisanos? Se los grillaban para poder llevarlos. ¡Si la pasaban bárbaro! Había cuatro millones de vacas, mataban una para comerle la lengua, todo lo demás quedaba para los caranchos… ¿De qué guerra de la Independencia me hablan? ¿Usted recuerda la marcha de San Lorenzo? ¿Cabral soldado heroico? ¿Por qué San Martín tuvo que poner el pecho? ¿Por qué tan pocos soldados? ¿Por qué le costó tanto cruzar la Cordillera? ¿Cuántos volvieron? Sesenta, setenta… Y lo que se supone que era el Estado Argentino los dejó allí abandonados, los que regresaron de toda esa gesta pedían limosna mientras  la mal llamada oligarquía construía sus salones, bailaba minué y se hacía servir por sus esclavos. Seis años después del 25 de mayo de 1810, el 9 de julio de 1816 se declaró la libertad de vientre y no sé qué otras historias, pero los esclavos siguieron y siguieron.

 — ¿Y entonces?

 — ¿Y entonces qué?

 Se enfurece, Rivera. Y si enfurece, calla. Escribe desde el año 1957 cuando publicó su novela “El precio” de la que se vendieron mil ejemplares y a la que considera “un mamotreto que no tiene sentido corregir, ni reeditar”. Recién en 1992, al recibir el premio nacional por “La revolución es un sueño eterno”, accedió a lo que denomina “el éxito burgués”. Dice que ya se le va acabando el tiempo, que le queda algún que otro proyecto por terminar, que es honesto saber reconocer cuando uno comienza a repetirse y que, como pensaba Borges, es mucho más interesante leer que escribir. Hacia ese objetivo se encamina. Admirador de la literatura norteamericana, asegura que es la mejor narrativa del mundo aunque debe aceptar que no es mucho lo que llega de la Rusia actual o, sin ir más lejos, del otro lado de la cordillera o del Uruguay. Borges y Arlt  aparecen en sus citas como favoritos. Conoció a Arlt de la mano de un tío que le regaló un ejemplar de “Los siete locos”,  a Borges lo aceptó tarde, cuando se permitió dejar de lado los prejuicios ideológicos.

 

— ¿Nadie más para destacar en la narrativa argentina?

 Eduardo Belgrano Rawson, Leopoldo Brizuela, Héctor Tizón. Lo siento, pero no puedo nombrarle a una mujer.

 — No sabe lo que se pierde.

 — A ver, nómbreme una así me ilustro.

 — ¡¿Me está apurando, Rivera?! Debe ser que usted no las lee porque nadie las publica.

 — Ah, bueno ¿y qué culpa tengo?

 — Empecemos: hay buenas poetas, por ejemplo.

 — Hay muy buenas poetas.

 — ¿Lee poesía?

 — Sí.

 — ¿Quién le gusta?

 — César Vallejo: “España aparta de mí este cáliz…”.

 — ¡Cómo es! Estamos hablando de mujeres, argentinas y contemporáneas.

 — ¿Y poetas, no? Sucede que tienen muy poca difusión, editan trescientos ejemplares que compran el amante, el marido, el cuñado, la tía y cuatro amigos. Y se terminó, si usted no es amigo de una de ellas…

 — Ni se entera.

 — ¿Cómo hace para enterarse? La página bibliográfica de los diarios no publican: “Fulanita de Tal sacó un libro de poesía con el sello Hoja de trébol…”

 — ¿Por qué no? ¿Por qué no vende? ¿Y antes sí?

 — ¡Usted hace cada pregunta! Hay poesía que vende, hay poetas que venden pero son las consagradas. Las otras no creo que escriban para vender, lo hacen por un impulso interior que las lleva a poner sobre el papel cierto sentimiento, reflexiones, miradas, el sol que nace en el horizonte…

 

Antes del bendito premio nacional, Rivera fue obrero textil y periodista. La década menemista lo sorprendió trabajando de corrector de estilo por poco más de ochocientos pesos mensuales. Con el premio le llegó, además del éxito burgués, cinco mil pesos en efectivo y una mensualidad de setecientos pesos. Calculó que con el premio nacional, más derechos de autor y la jubilación como periodista le alcanzaría para vivir lejos de Buenos Aires y sin más trabajo que la propia escritura. Se exilió en Córdoba donde su mujer, Susana Fiorito, fundó una biblioteca popular con el dinero que le proveyó una ONG sueca y cuatrocientos libros donados por Rivera: “Ernest Hemingway decía que el escritor precisaba un segundo oficio, él siempre trabajó de otra cosa. Dejó de tener una segunda ocupación cuando le dieron el Nobel”.

 

Hemingway necesitó el Nobel, usted se conforma con el premio nacional y hasta le parece un privilegio.

 — Soy un privilegiado. Punto. Es importante otro oficio para sostener cierto contacto con la realidad. Cuando trabajaba en la fábrica si me tocaba el turno noche me ponía feliz porque, como no estaba el capataz, podía leer. Los rollos de los hilos tenían papel a los costados, en esos rollos anotaba muy febrilmente algunas líneas que después se convertían en los mamotretos que me publicaron.

 — ¿Tenía ansiedad de ser publicado?

 — Por supuesto, pero nunca pagué. Me parecía, me parece y me va a seguir pareciendo una vergüenza. No para los poetas, pero sí para los narradores.

 — ¿Por qué establece esa diferencia?

 — Ya le dije, los poetas no pueden tirar más que trescientos ejemplares. Mire, la primera edición de “La revolución…” me la editó el Grupo Editor Latinoamericano, tiró mil ejemplares que se vendieron. ¿Y?

 — No lo conocía ni el amante de aquella poeta que se pagó los trescientos ejemplares…

 — Hasta que apareció el éxito burgués.

 — Éxito burgués, pero biblioteca popular.

 — La biblioteca anda muy bien, aunque es una gota en el mar. Susana Fiorito la lleva adelante, pero le falta algo que no puede comprar en el mercado, años. Ella debería poner el ímpetu que tenía a los cuarenta.

 — A mí me parece que tiene más ímpetu que muchas mujeres de cuarenta.

 — Es verdad, conserva la fuerza, pero no va a vivir treinta años más. Por eso busca herederos que sigan ese trabajo cultural en un medio tan adverso.

 

Susana es la mujer de Rivera. Cada vez que la nombra dice pausadamente “Susana Fiorito”, como remarcando que su compañera tiene nombre y apellido propios. Y cuando se le evidencia que la menciona mucho, afirma sin dudar: “Es una mujer a la que hay que nombrar”. Es ella mucho más que la gran mujer que está detrás de todo gran hombre: “Cuando empezó nuestra relación poníamos un paquete de cigarrillos sobre la mesa porque no podíamos comprar dos. Ella fumaba con exageración, un día decidió dejar y no fumó nunca más. Ahora duerme abrazada a la biblioteca, es su amante. A las cinco de la mañana me viene a golpear la puerta para consultarme”.  

— Y usted amanece con una sonrisa.

 — ¡Las cinco de la mañana es una hora inhumana! Ella sabe que no puede hablarme sin antes darme un poco de café y unas tostadas con jamón.

 — ¿Trabaja sola?

 — Con dos secretarias que ya parecen sus clones y Conrado, un flaco alto que entra a las 7 de la mañana y sale a las 12 de la noche. Joven, fuerte…

 — ¿Celoso de la biblioteca, Rivera?

 — Voy y les sirvo café. “Aquí llegó el cafetero comunista”, les digo. Pero no soy comunista, creo que el PC es un geriátrico de lujo.

 — ¿Y Susana como lo aguanta?

 — ¿A mí? Con filosofía, no encuentro otra explicación.

 — ¿Cómo es la vida en Córdoba?

 — Ya le dije que  soy un privilegiado, así que puedo hacer asados, de vez en cuando enfrento a algún ladronzuelo… No se ría, en serio le digo. Y, bueno, nada más. Después vengo a Buenos Aires y la paso muy bien porque veo a mi hijo (Jorge, el mago de la familia), compro libros y los leo muy lentamente porque, otra vez en Córdoba, imagínese, tengo que hacer asado, preparar pucheros, ir por las compras, buscar el vino, elegir la verdura… Todo eso me lleva tiempo.

 — ¿Qué le gusta más: el asado o la lectura?

 — Buena pregunta, pero prefiero leer. Me siento en un sillón que tiene cien años, reliquia de la familia Fiorito, y  leo. Son tres o cuatro horas que no tienen precio. ¿Esperaba que eligiera el asado?

 — Cualquiera se sienta en un sillón del siglo pasado y lee. A Rivera, por ejemplo. Hasta puede decir: “¡Qué cadencia la de éste Rivera!”. Total, nadie le va a preguntar qué quiso decir con cadencia, ni exigir precisiones. Ahora bien… Preparar asado y encontrar un buen escritor que diga que el ritual del asadito no tiene precio es más difícil. Ni le cuento si, además, hay que lograr que la vaca alcance para todos.

 Entonces Rivera realiza un gesto que podría ser una sonrisa y espera que alguien de por terminada la entrevista. El “Gracias” le llega justo en el momento en que daría la vida por un whisky, cierta calma y ninguna otra propuesta que tirarse en la cama a mirar televisión.  “No me agradezca que usted está trabajando y yo también”, concluye Andrés Rivera. Y se queda con la última palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi nombre: Andrés Rivera

Marcos Ribak fue su nombre alguna vez. ¿Por qué se lo cambió?  “Trabajaba para una empresa clandestina, entonces no podía firmar con mi propio nombre. Vivía en la calle Andrés Lamas. Tomé el Andrés de ahí y como por ese tiempo estaba leyendo una novela del colombiano José Eustasio Rivera que me provocó el mismo entusiasmo que me había provocado las novelas de Emile Zola, tomé su apellido. Fui al registro civil, en este país democrático, y quise cambiar mi nombre. A los cinco minutos estaba afuera con el mismo apellido de siempre. De todas maneras, cuando voy a un hotel  les digo el número de la libreta de enrolamiento y mi nombre: Andrés Rivera.