FONTANARROSA


“Una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpas: “carajo”, que designa en otras latitudes el lugar en donde se coloca el vigía en una embarcación, el nombre de un grupo de islas y una bebida española a base de café y coñac. Hay quienes en el colmo del eufemismo, de una hipocresía absoluta usan “caracho”.

También se lamentó por el papel absurdo que juegan los puntos suspensivos que suceden a la “m” cuando no se quiere escribir “mierda”, cuyo secreto de contextura física –reveló–recae en la “r”. “Suena débil como lo dicen los cubanos: “melda”, suena a chino. El problema de la revolución cubana fue la falta de posibilidad expresiva”, concluyó.


 

 

 

CARLOS FUENTES


“Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie. Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y cuatro mil años.
No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.
Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo.
La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia.
Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores, exploradores y conquistadores que llegaron a las Costas de Cuba y Borinquen, Venezuela la pequeña Venecia y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de palabras, de pasado, de memoria.
La América Indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del Caribe y del Golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.

Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de los EE. UU. de América, conviene disipar dos mitos.
El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en los orígenes, en seguida español de San Agustín en la Florida a San Francisco en California, francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-trúa (hoy Detroit) de los Illinois y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefardí junto con el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a otra ciudad hispánica –Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula– en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte.

Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria.
La predominancia del castellano desde Alaska –Puerto Valdés– hasta Patagonia –Puerto Santa Cruz– no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de enigmas, figuras y alegorías –como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán– sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones de seres humanos.
Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo.
Y todos nuestros mundos americanos –indígenas, criollos, mestizos– son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.
Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y árabes de España.
Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla.

Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de Traductores de Toledo.

Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista.
¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz?
Las une la lengua.

Pero hay algo más.
Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí –para amarse y procrearse, para armarse y rebelarse– adoptando y cambiando el habla castellana con creatividad rítmica que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente incorporado al diccionario de la Real Academia.

El covoliche no es una macana ni un jabón, es un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabar chorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela.

Pero no todo es celebración.
La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable.
Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana.
La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados.
La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.

Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano.
El alemán, más profundo.
El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.
Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.
¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?
Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.
La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.

Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino, proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad, permanencia y actualidad.

El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin de otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu.
No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas, manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra capacidad hispanoparlante para oponer al dogma la incertidumbre —¿son molinos o son gigantes?— y la otra, el poder de llenar los vacíos de la realidad con la realidad de la imaginación —sí, los molinos son gigantes—.
Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas.
Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.
Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia —el fin de la historia— que quiero rechazar.

Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos.
Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se oyen en castellano.


 

 

 

Los organizadores tampoco dan por terminado el congreso. Hay que sacarle todo el jugo posible.
Esta es la encuesta que proponen a través de la página web oficial del Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española.


¿Qué fue lo mejor del III Congreso de la Lengua?

  1. Las ponencias y el debate acerca de la lengua

  2. La participación del público asistente

  3. El respaldo del pueblo rosarino

  4. El homenaje a Ernesto Sabato

  5. El discurso de apertura de Carlos Fuentes

  6. La presencia del premio Nobel José Saramago

  7. La organización general del Congreso

  8. La ponencia de Roberto Fontanarrosa


  1. ¿Qué debate? No hubo debate alguno y muy pocas las ponencias que intentaron algo más que dar cátedra en un Teatro de lujo.

  2. El público no participó: llenó asientos cuando los invitados oficiales (empresarios, auspiciantes, intelectuales, disertantes y acompañantes) preferían pasear Rosario a hundir sus traseros en las recicladas butacas del Teatro del Círculo, pocas veces se les dio la palabra y ninguna de las posturas planteadas por quienes milagrosamente lograron expresarse fueron tenidas en cuenta en las conclusiones. Una mujer logró preguntar por qué había tan pocas participantes femeninas. Sin embargo, nadie le respondió. Otra se animó a enfrentar al presidente de Telefónica, pero descartaron su cuestionamiento por estar fuera del ámbito indicado.

  3. ¿El pueblo rosarino respaldó o no le quedó otra? Había gente contenta, feliz de las fachadas recién pintadas, la basura barrida debajo de la alfombra (la alfombra roja que piso la reina), dichosa por centenares de turistas portando maletines azules que consumieron café a toda hora y alfajores para el viaje. También vimos comerciantes que debieron cerrar sus locales para dar paso a los reyes magos que no parecían muy contentos que digamos. Los jóvenes o bien no son considerados parte de Rosario o tienen una manera muy contradictoria de manifestar su apoyo: fueron muchos los que participaron del contra congreso.

  4. Si el homenaje a Sábato figura como opción de las posibilidades de lo que se puede considerar más importante de un congreso que pretendía debatir políticas globales para defender nuestro idioma, creo que estábamos mirando otro canal o meando fuera del tarro, como quien dice.

  5. Las palabras del mexicano fueron interesantes y deslizaron la ingenua ilusión de que el congreso profundizaría sobre los temas que Fuentes enunció. Si la enunciación se convierte en lo mejor, es que la cosa no anduvo demasiado bien o no llegó ni siquiera al principio del fondo.

  6. La presencia de José Saramago fue impactante, parecía que había llegado Alejandro Sanz. Llenó teatros y estampó autógrafos a granel. Entregó premios y homenajes. Concedió entrevistas y conferencia de prensa. Fue de los pocos que se pusieron a disposición. Pero Saramago se llegó hasta Rosario para decir unas palabras en honor de Ernesto Sábato… ¿Debe ser lo mejor del congreso?

  7. La organización general del congreso no fue mala, si vamos a la organización particular dejó bastante que desear. Prensa no entregó material digitalizado de las ponencias, ni supo conseguir más que dos conferencias para periodistas (a Ernesto Cardenal y José Saramago), cuando la fotocopiadora funcionaba entregaba alguna que otra ponencia, jamás estuvo a disposición de los periodistas sino de los detalles que gobierno y patrocinadores necesitaban detallar. Los congresistas no sabían cuál era su rol, ni tuvieron micrófono (literal o metafórico) en ningún momento, la puntualidad se pasó de rigurosa: jamás hubo tiempo para las preguntas. Faltaron micrófonos en el Parque España, había uno cada siete disertantes quienes debían pasarlo de mano en mano. Nada, de todas maneras, que no haya sucedido en Zacatecas y Villadolil o que no vaya a pasar en el próximo congreso. Los congresos son, por definición, desorganizados, no serían tales si los micrófonos funcionaran y los participantes hablaran de lo que tienen que hablar. Si los congresos sirvieran para algo, no se haría tanto congreso en el mundo.

  8. La ponencia de Fontanarrosa, él mismo la pensó así, fue hecha para relajar, distender, provocar carcajadas y, de paso, difundir la imagen simpática del negro por toda España, dónde en unos días presentará su obra. Es insólito que se haya convertido en la ponencia más relevante del congreso y que haya sido el elegido para reemplazar a Juan José Saer, ausente con aviso, en la lección final. ¿Si gana la encuesta, cosa que la boca de urna pareciera confirmar, hablaría bien del Tercer Congreso Internacional de la Lengua? ¿Si es así no deberíamos ir convocando a Jorge Corona para la próxima emisión?