A colación:

De periodismo cultural y remilgos

Algunas veces los periodistas culturales son tan grandilocuentes que pareciera que reemplazan las plumas y la purpurina de las vedettes por palabras y fraseos pomposos.

Tomando a Andrés Rivera como objeto para poder lucirse se escucha a conductores de televisión diciéndole “maestro” aclarando antes que si hay algo que el maestro detesta es que le digan maestro.

Periodistas de suplementos culturales en lugar de decir que Andrés Rivera es un cascarrabias inabordable o un viejo gruñón que ladra pero no muerde, se esmeran con descripciones del tipo: “el hombre mayor de gesto severo”. Para dejar claro que el maestro que no quiere que lo llamen así es de izquierda pronuncian: “con impecable desdén militante”.

Rivera afirma que vive en un barrio pobre de Córdoba, sin embargo los periodistas insisten en que “su austera vivienda está en el proletario y marginal barrio de Bella Vista”. Para algunos “el erotismo de su prosa es sombrío y la cadencia de su narrativa sugerente”. En un reportaje puede leerse que la periodista le pregunta si con la heroína de uno de sus últimos cuentos, que es concretamente una “perra” y como tal seduce al adolescente, pretendió “buscar una forma de belleza aunque sea áspera”.  Rivera contestó que le encanta la literatura norteamericana y la periodista creyó que aquel cuento era una metáfora de la áspera y bella narrativa del Norte. Peor aún: en la reseña minuciosa sobre uno de sus libros menudo especialista destacó: “Todo en movimiento hasta alcanzar en algunos momentos el gusto cierto de una misteriosa poesía”. También está el cronista al que  Rivera le pareció: “un hombre enojado, con un rostro que guarda los ecos de sus invectivas contra una realidad que ante él se presenta como el revés de un sueño”. ¿Por qué no se limitó a decir que el viejo gruñón tiene motivos para ser así?

Otras veces las entrevistas terminan convirtiéndose en un duelo de citas de grandes pensadores universales. Entonces, si Rivera recurre a aquella frase de Borges, el periodista se siente obligado a responderle con ese otro pensamiento de Poe. Al rato el narrador intentará explicarse a través de una expresión fantástica que recuerda de William Faulkner y el periodista no tolerará el desafío y responderá con una cita no menos fantástica, pero de Focault. Por momentos uno se pierde en los laberintos de la intelectualidad y no sabe si la nota era a Rivera o a Borges; y si se la estaba haciendo

Focault, Cortázar o Sor Juana Inés de la Cruz.

Sin embargo, Rivera no necesita de poses académicas, ni oraciones complicadas. Él dice sencillamente que sus novelas “no son gordas, apenas si raspan las cien páginas” para que le repliquen: “Lo que cree advertirse con pasmosa objetividad es su economía del lenguaje” cuando para explicar lo mismo el escritor de gesto severo y mirada adusta se apoya en un sencillo enunciado: “Lo que se puede escribir en dos palabras, no se debe escribir en diez”.

Un inteligentísimo hombre de prensa necesitó la siguiente oración para explicar que “Tierra de exilio” era una novela corta y autobiográfica: “Es posible advertir que su última nouvelle se repliega al mundo de lo privado”. Y su amigo, también novelista, para expresar lo inmenso que puede resultar Rivera como amigote escribió en el diario de mayor circulación: “Toda amistad supone la acuñación de un puñado de sobreentendidos, pero Andrés Rivera hace de lo implícito una riqueza infinita”. No por no ser amigo, aquel crítico fue a menos de modo que resumió la obra de Rivera: “Dueño de un estilo muy personal, concentra los recursos narrativos de la novela para provocar en el lector un impacto desde la austeridad”. El de la competencia, también narrador, agregó: “Rivera no escribe para ser verosímil. Escribe para encontrar una verdad". Ahí todos pensamos que nos habíamos equivocado de Rivera, de Andrés, de diario y de género literario. Aunque también el mismísimo Rivera se confunde a veces con profesionales que tienen miedo de pasar por frívolos, parecer poco entendidos, de no haber leído lo suficiente y hacen cada pregunta que ¡mamita querida! (Con perdón del exceso coloquial): “¿Lo suyo tiene que ver con un déficit de la palabra frente a la acción en la política?”  Fue ese el día en que a Rivera no le quedó otra que refugiarse en los santos evangelios.

 

Ingrid Proietto