“Las hernias”

de Damián Tabarovsky

 

Por Paula Jiménez

Uno se sienta y lee Las hernias en cuatro horas, si quiere. Sólo basta no tener nada que hacer en el día para dejarse caer por el tobogán de una trama mínima y desopilante, que explica los desmanes producidos por las empresas privadas durante el menemismo. Una chica que sufre permanentes digresiones y un muchacho disléxico, los dos argentinos y profesores de español en París, mantienen un diálogo imposible pero efectivo – el lenguaje lo es siempre, parece –, en él planean mejorar sus vidas plagadas de todos los males de la época, a saber: ansiedad, aburrimiento, abulia. Estos chicos son el ojo del huracán, el mal mayor, lugar donde va a parar todo lo que los ejecutivos europeos – sus alumnos de español – y la clase política, le roban a una Argentina devastada. ¿Cómo lo consiguen? Fácilmente: mensajes subliminales, ósmosis. Tabarovsky logra hacer de los males antes mencionados, de esa planicie angustiosa donde sólo se suceden paquetes con comida y saltos de zapping, el estado de ánimo ideal para hacer surgir la genialidad. De algo servían finalmente, no eran simples consecuencias del modo de vida que la sociedad empezó a adquirir durante aquellos años, sino más que eso. En un párrafo glorioso el autor nos explica el punto en el cuál fracasó el marxismo: si el aburrimiento es aquella sensación por la cual todos los elementos tienen el mismo valor, al socialismo le faltó exasperar tal indiscriminación para seguir funcionando como sistema. En cuanto se cuela algo del deseo, un elemento diferencial, la pared empieza a agrietarse y el bloque se desmoronará algún día. En el ’89. No olvidemos que la trama comienza a desarrollarse en Europa, ni que ese año asumió Menem.  Pero este libro fue publicado en el 2002 cuando la decadencia social ya había tomado una forma aparentemente fija y Tabarovsky podía mirar el fenómeno de la individualidad noventista como un prototipo, lejana a su proceso de gestación durante la Perestroyka. Esta mirada sobre el ser actual, ya sea profesor/a de español, o directivo de la Telefónica, es ríspida y humorística, no da respiro, acompaña el ritmo vertiginoso del consumismo en la era de la globalización. Y aunque sea una frase hecha - lo es -, esta novela refleja la sociedad en la que vivimos y el espejo que crea es demasiado evidente para dejar de mencionarlo.    

Con Las Hernias, de Damián Tabarovsky, uno no puede dejar de pensar que está frente a un hallazgo. Y cómo sucede siempre que uno descubre algo, al poco tiempo nos encontramos con que a muchos les pasó lo mismo y que aquella obra ya estaba destinada a ser de culto. Lo mismo ocurrió con César Aira – se intuye su influencia en Tabarovsky - cuando leíamos sus primeros libros. Pero, ¿qué es una obra de culto? Si le agrego una “o” al comienzo de la palabra empiezo a entender. Pieza valiosa, “oculta” al escenario masivo, que nos resulta lo suficientemente familiar como para que terminemos diciendo: yo hubiera querido escribir esto. Así, el artista de culto entra en nuestro universo psicológico como un elemento que nos pertenece, forma parte de una íntima metonimia, y nos hace experimentar la ambigüedad de sentirnos únicos y otro, al mismo tiempo.

¿Y porqué se llama “Las hernias”? Léanlo, un buen consejo.