Fragmento de Desnudo en la batalla de Mauro Peverelli

Danak

Ahora el hombre que escribe deja la birome sobre la mesa y también mira hacia la calle, se distrae observando la cara de una mujer que se niega, con el gesto, con un silencio definitivo, al manojo de súplicas con que un sujeto la agobia del otro lado de la ventana. La mujer es alta y rubia, lleva puesto un sombrero que da cierto aire infantil a los gestos con que acentúa su negación indeclinable, definitiva. Ahora el hombre cruza la calle y ella lo ve alejarse, casi indiferente, dejando caer una lástima que está más allá de ella y de él, de esta mañana de lluvia y viento, una lástima que viene de otro tiempo, uno donde, seguramente, ella pudo sentir algo distinto, mucho más fuerte y halagador por el sujeto que se pierde del otro lado de la calle. El hombre que escribe está sentado y fuma; mira hacia el rincón donde hay una planta y parece buscar allí sus palabras, el manojo de sílabas con que, a cada rato, vuelve a su cuaderno tapa azul, al repetido abandono del cigarrillo que acumula ceniza, olvidado, en el cenicero. Ahora entra un hombre y se sienta en su mesa; él lo saluda casi sin mirarlo y anota algo en el cuaderno, después le da la última pitada al cigarrillo y lo aplasta en el cenicero. Escucho que alguno de los dos dice, Pavese, y recuerdo haber leído, hace tiempo, un libro de ese escritor; una historia simple, de jóvenes, no decía mucho, y sin embargo recuerdo haberme conmovido enormemente. El hombre que escribe trata de explicarle algo que no alcanzo a escuchar; el otro lo mira con atención y después pregunta, con toda la cara, por una fecha o un plazo, él le responde que sí y el otro parece, ahora, aliviado.
Busco en el bolsillo del pantalón los billetes que Conni me dio ayer en la pieza y llamo al mozo.