EL GUSANO MÁXIMO DE LA VIDA MISMA

 de Alberto Laiseca

Tusquets, Buenos Aires, 1999

 

Por Mariana Docampo

Transcribo el principio del primer párrafo de El gusano máximo de la vida misma:

“Ella era gordita, petisa, tetona y vivía en Nueva York. Además era terriblemente distraída. Noten esto porque es importante para la historia. Hacía un calor espantoso y húmedo. La petisa trotaba por las calles sin bombacha. Pero no por puta sino por acalorada. Olvidé decir que tenía un culo de ésos. Sus glúteos, sin el vínculo férreo, sin el dique del calzón, anadeaban que era un gusto. Ver un culo así, de lo más respingón y que no es de uno, causa desazón en el espíritu. Era como el culo movedizo del Tandil”.

Esto es Laiseca. Así comienza un libro todo escrito así, de principio a fin. Entonces, si leés este párrafo y te gusta, te gusta el resto, porque viene todo junto. Como arrastrado. Si no te gusta, mejor dejarlo ahí. Porque es así. Todo así. El personaje principal de esta novela es el gusano máximo de la vida misma, que es nada más y nada menos que un gusano semi-personificado que anda por las cloacas de Nueva York (o Buenos Aires “porque la novela está tan mal escrita que ya ni sé”), y que si nos ponemos a simbolizar, podría representar lo peor de nosotros mismos, o lo más sórdido y revulsivo de nuestra sociedad, o podría también no representar nada y ser un simple e inmundo gusano literario, escrito porque sí, por puro capricho y regocijo del autor. Pero lo interesante de todo esto para mí es que el gusano más que un personaje es la excusa de una voz narrativa. Y la trama de la novela más que una trama es el deambular disparatado de esta voz narrativa, que junto con el gusano va de aquí para allá, transitando no solo espacios físicos (cloacas, barrios bajos, barrios “conchetos”, etc.) sino espacios pura y exclusivamente literarios. La voz narrativa va y viene en el relato, sale y entra de la ficción, cuenta lo que le pasa al gusano, hace aclaraciones, se interrumpe, cambia de personaje, cuenta un pedazo de la infancia del propio Laiseca y se la achaca a la biografía del gusano, y después trata de ordenar un poco la historia, va para atrás, vuelve, y la novela se transforma de esta manera en un puro relato de cuyo proceso de creación el autor nos ha hecho cómplices a nosotros, sus lectores. Pareciera ser incluso que toda la novela trata de esto, de las posibilidades de la narración, del arte de narrar. Por mi parte leí el primer párrafo de este libro en una librería y me gustó. Lo compré. Leí el resto rápidamente, ávidamente, en el subte, en el colectivo, en el banco de una plaza de Once. Me reí mucho. Me encantó. Lo disfruté. Porque si hay algo que tiene Laiseca es que (¡por fin!) hace de la literatura pura literatura.