Sobre Entre hombres de Germán Maggiori

 

Escupir soltar el tajo
la herida que hable por su nombre


María Rosa Mó

 

 

 

 

“Porque una historia sin final es como la impotencia de un rengo para correr o de un mudo para gritar cuando una bomba está por explotar: una historia siempre se construye como una bomba, para que estalle en algún momento”, dice uno de los dos narradores de la novela de Maggiori. Y, justamente, siguiendo este concepto al pie de la letra es como se construye Entre hombres. Los hechos se van imbricando de a poco, con el cuidado extremo del que sabe que cualquier movimiento en falso, cualquier error, lleva irremediablemente al infortunio, o a lo que todavía es peor: la desintegración de la intriga. La bomba, en este caso, estalla pero se lleva consigo las manos temblorosas de quien aún está urdiendo en sus entrañas; desfigura para siempre el rostro febril del hacedor incompetente. Los narradores de Entre hombres, sin embargo, despliegan la trama con la serenidad del que fuma después del sexo. Hay un aire lúbrico, ácido, una cadencia despreocupada que rige las voces que entonan ese himno ronco que por momentos se emparenta con el policial negro, al más puro estilo de Raymond Chandler, y por otros, a las series policiales de TV de fines de los setenta.

El discurso, en todo momento durante las cuatro partes de la novela, es seco, percutivo, ferozmente coloquial. El resultado que se busca, se logra: cada palabra está como engrampada con lo que cuenta, es puro testimonio –dinámico, preciso, desaforado- de una realidad a la que las crónicas policiales llegan tartamudeando. Nada, por más despiadado o íntimo que resulte, queda fuera del foco de los narradores, ya sea porque se eche mano a la omnisciencia, porque se emplee la primera persona, porque se lea con los ojos de los personajes, o porque se rescate el sentido íntimo de sus propias voces, de sus códigos extremos, animados por poco más que el instinto, siempre crudos, empapados en sangre.

Hay cuatro líneas argumentales que serpentean a lo largo de la novela: la primera tiene que ver con una orgía de sexo y drogas en la que participan poderosos que procuran guardar su buen nombre y que termina con una muerte; la segunda trata de un par de policías intoxicados que deambulan investigando entre el insomnio y la violencia; en la tercera se cuenta sobre un grupo de amigos plateados de cocaína e inercia que se reúnen en el Club Amigos de Fernet y que reciben un cadáver como una flecha en el pecho; la cuarta clava la vista en la vida, en los proyectos, de dos ladrones que se van hundiendo en un pantano de excesos, en un marasmo de enfermedad y delirio.

Cada línea argumental –recordemos la imagen de la bomba- es un cable con un recorrido preciso que a medida que progresa va echando luz, cargando de sentido, a episodios narrados con antelación, empleando una técnica parecida a la que Tarantino usa en Pulp Ficcion. Fiel a la lógica implacable que rige al policial, cada detalle dentro del texto, por pequeño que parezca, por lateral que resulte, cumple una función precisa, es –si hay voluntad y atención en la lectura- una pista eventual, un engranaje indispensable. O por lo menos la tensión con la que se narra logra disparar este razonamiento paranoico propio del género. Ahora bien, Maggiori, con sus dedos insumisos, con su voluntad ominosa, va un poco más allá. Maggiori incorpora el azar, el voluptuoso azar como un eje fosforescente que ayuda a ordenar los naipes dispersos de la novela. Todo sucede en unos pocos días. Como no podía ser de otra manera, existen marcas cronológicas precisas: la acción comienza el sábado 2 de marzo y se cierra el martes 30 de abril, pero el final no es categórico, quizás un término sólo combinable con la muerte, sino que todo se esfuma, como si una niebla fuera deshilachando los bordes de una última imagen.

Para decirlo de una vez: Entre hombres es una novela de una intensidad poco convencional, no da tregua, golpea hasta que ya no queda una sola gota de aire. Una imagen precisa para describirla podría ser la siguiente: una pelea de peso pesado en la que se disputa un título mundial. Se agota el tiempo: faltan unos pocos rounds para definirla y la paridad de puntos se impone. Ya los combatientes olvidaron los movimientos lerdos que ahorran energía, ahora se lanzan agitados por la desesperación. Golpean. Ciegos, ajenos a la técnica, golpean. Huelen sólo la sangre del adversario, advierten la resistencia de sus huesos, la elasticidad de los músculos. Todos, público y combatientes, sudan con la única certeza de la que la suerte está echada, de que la derrota jamás es ajena. Y, por esta razón, arruinados, necios, solos en el mundo, siguen en la batalla porque nada es distinto, con la vaga esperanza de captar un destello, quizás alertas a una extraordinaria salvación.

Maggiori, no obstante, dúctil y riguroso como el Mc Bain de La escena final, va cargando, cauteloso, la narración con una efervescencia hasta que llega un punto en que el climax –y el remate, en consecuencia- se torna inevitable y en ese momento preciso procede como la haría uno de sus personajes: “Y Kingo paraba en la mejor parte de la historia, cuando estaba todo a punto de volar al carajo, zas, escupía la mecha de su bomba, la apagaba por un ratito porque él sabe cómo hay que contar las cosas”.

El lector, entonces, se entera de las consecuencias por voces tardías, siempre casuales, arbitrarias, como si la verdadera entraña del asunto no admitiera demasiadas variantes, como si la inferencia estuviera al alcance de cualquiera. La trama avanza a fuerza de nudos, nudos que cercan a los personajes demostrándoles que por más esfuerzos que hagan no podrán escapar a sus destinos, que están presos de sus propios carácteres. Si hay algo durante el texto que parece estar sujeto a un fidelidad inquebrantable es, definitivamente, la fe poderosa en la propia destrucción, el lírico ardor de saberse último, de verse con aire calmo fumando un cuarto de tuca al costado del camino.

Jorge Consiglio, febrero de 2005.


 

 

 

 


Germán Maggiori (Buenos Aires, 1971) aunque es odontólogo de profesión y docente de la Facultad de Odontología de la Universidad, siempre sintió inclinación por la literatura. En 1997 ganó el segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuentos. Su relato "De revolutionibus Orbium Caelestrium" está incluido en el libro Las fieras. Antología del género policial en la Argentina, publicado en 1999 por Alfaguara y seleccionado y prolongado por Ricardo Piglia.
Entre hombres, novela (América Latina: Alfaguara, 2001 / Portugal: Temas & debates)