“Desnudo en la batalla” de Mauro Peverelli

Ediciones Simurg, Buenos Aires, 2002

Quizá nadie resuelva un destino estrictamente privado.
Quizás la marea histórica lo resuelva por uno y por todos.
J. Giannuzzi

Por Jorge Consiglio

un fragmento del libro

El narrador de “Desnudo en la batalla” escribe, con el sólido amparo de saberse libre, un diario de contenido heterogéneo, minucioso. El 23 de mayo habla de Musil, es una excusa, podría no haber dado un nombre o podría haber dado cualquier nombre, en todo caso lo que pesa es el ejercicio de relacionar conceptos, el artefacto intelectual que se fabrica con aquello que se tiene a mano. Dice, refiriéndose al autor francés, que “escribe como si el sujeto-narrador no existiera, como si las historias se contaran solas, o, lo que resulta más interesante, como si pretendiera hacer una escritura del anonimato, como si se tratara de un discurso del estado, palabras para borrar el sujeto”. Sirve esta reflexión como punto de partida para pensar un aspecto del texto que nos ocupa: el autor hace progresar la trama mediante repetidos desafíos a las teorizaciones de su narrador, esto es, trabaja con maestría en el armado de una sucesión de planos con el fin de dar entidad a ese narrador, para arrancarle, hasta donde le resulte posible, todo anonimato, para introducirlo, en suma, en el centro de la trama y convertirlo en el personaje principal de la novela.

Lo lleva a cabo con un tono certero; sin embargo, la trama apuesta, en apariencia, a la fragmentariedad, a la ruptura, a la dispersión. Los capítulos tienen tres nombres posibles: Danak, El diario y El escritor. En una primera lectura, el devenir de los acontecimientos que se cuentan lleva a pensar en una escritura del balbuceo, en una retórica de la dislexia que carga de sentido no solo lo que se nombra sino también lo callado. Pero los cuadros se suceden con velocidad y en ella hay un esmalte emparentado con el vértigo que permite distinguir, casi sorpresivamente, una estructura en la que cada parte –o debería decir, cada engranaje- se acomoda, precisa, en el contexto, un poco al modo de lo que sucede cuando se mira por el visor de un calidoscopio. E igual que sucede con este objeto, cualquier giro, por más pequeño que sea, produce un cambio que afecta a la figura toda.

La trama de la novela, entonces, resulta clara: un escritor que tiene que cumplir con un compromiso editorial, que tiene frecuentes reuniones en “Los galgos” con Vucay, el vocero de su editor –un tal Parsa, personaje onettiano hasta el paroxismo-, a quien escucha reflexionar casi en silencio sobre la Revolución de Mayo; un escritor que vela junto a Julia, su ex mujer recién llegada de Dinamarca, la carne oscurecida del amor que alguna vez los unió; un escritor, por sobre todas las cosas, que deambula por su ficción en busca de su propia subjetividad. El narrador/escritor urde una historia en la que Danak, su personaje, cambia de identidad y de contexto histórico: hay momentos en los que es un hombre sin pasado, que vive en una pensión cerca de Congreso y que tiene como único afecto a una prostituta de millonarios llamada Conni; hay otros, en los que es una figura clave, junto a Soler, en una operación de espionaje que termina con la caída del Virreynato del Río de la Plata. A medida que la acción progresa, se vuelve más compleja la narración: los planos se mezclan, la “realidad” – empleo este término para referirme al universo en el que tiene lugar el personaje del escritor- alimenta a la “ficción”-lugar de Danak- y en la “ficción” se abre juicios, se plantea hipótesis sobre lo “real”. Tanto este recurso como los múltiples rostros que adopta el personaje de Danak, que justifica la reflexión de la ficción dentro de la ficción, podrían atentar contra la verosimilitud; no obstante, la estructura de la obra es tan sólida y la retórica mediante la que se ilustran las pasiones tan intensa que en le mapa del texto pueden convivir en armonía el artificio y su explicitación.

El narrador de “Desnudo en la batalla”, a la manera de Onetti en “Para una tumba sin nombre”, inventa una matriz en la que se articula la historia de Danak en varias versiones, todas posibles, una sobre otra, legítimas, inalterables. Lo hace con una prosa certera que sostiene lo que se le antoja, una prosa que se detiene en detalles y que tiene un instinto infalible para guiarse entre los elementos de su propia poética. Hay una búsqueda de hondura: la escritura se plantea como un “tornillo de palabras” que se mete y se mete con la intención de buscar un sustrato escondido, de buscar, quizás, para nombrarlo de alguna forma, la otredad.

Raúl Zoppi comenta que la sociedad burguesa edifica un pulido armazón con todos los elementos cotidianos –el gas de las hornallas, el agua de la ducha, el transporte público, el lugar preciso detrás de un escritorio, la rutilante actividad que depara lo laboral- algo similar a lo que Heidegger denomina Gestellt y cuya función es contribuir a una constante recreación de la idea de permanencia, de perennidad, en el ánimo de los individuos que la forman. La Gestellt, en pocas palabras, busca obturar los planteos que depara la incertidumbre, la angustia que deviene de la finitud y de esta forma conservar inalterable el statu quo que la sociedad necesita. Peverelli, en cambio, en “Desnudo en la batalla”, parece proponerse justamente todo lo contrario que lo que se logra con la Gestellt: trabaja con madurez en el diagrama de una tragedia siguiendo una lógica implacable, criminal y suburbana que termina por ubicar al lector frente a la desnuda condición del hombre, frente al sinsentido, frente al heroísmo de la creación, frente a la nada.

Jorge Consiglio, Octubre 2004