Graciela Fernández Alaimo

EFICIENCIA

a Cristina y a Noel

"Ayer, se denunciaron 57 robos en Provincia y 33 en Capital, 40 fueron a mano armada y 10 terminaron en crímenes".

Amanda apagó el televisor, era imposible mirar los noticieros. Daba mucho miedo vivir en este país, por eso, a pesar de extrañarlos tanto, se alegraba que Lucas Y Mariana hubieran decidido buscar suerte en España, por mas difícil que se les hiciera la vida allá, siempre sería mejor. Colocó un cassette de arias de ópera y fue en busca de su tejido. Sentarse en su sillón junto a la ventana para tejer le producía un deleite incomparable. "La donnae mobile...". Las agujas parecían flotar en el espacio moviéndose alegremente al compás y la trama aumentaba apretada y pareja. La espalda del grueso sacón estaba tomando forma. "Creo que lo terminaré a tiempo", pensaba,"mañana por la tarde lo entrego y luego voy a tejer dos pulóveres para Lucas y un conjunto para Mariana, dicen que el invierno va a ser muy frío en Europa". El teléfono sonó varias veces antes que Amanda saliera de su ensimismamiento para atenderlo. Era Carola, su hermana.

— Venite a almorzar, Ami, Julio tiene que hacer unos trámites en La Plata por su jubilación, así que estaremos solas. ¿SÍ?

— No Carola, tengo una entrega mañana...

—Vamos,— la interrumpió Carola — podes tejer acá. Te voy a cocinar tu comida favorita.

— Sabes lo que pasa hermana, cada vez me da más miedo salir. Estoy obsesionada con la inseguridad.

— Amanda, siempre fuiste miedosa pero pensé que ya estaba superado. ¿Por eso hace como dos meses que no venís a visitarnos? Si no fuera por mis gastadas rodillas me verías en tu casa casi todos los días.

"Pobre Carola, es verdad que la tengo abandonada", se reprochó, "pero me da tanto miedo, creo que sería capaz de pasar aquí encerrada el resto de mi vida".

—Perdóname Carola, soy una egoísta. Más o menos a la una estaré por ahí.

— Así me gusta. Te espero.

Decidió llevar una cartera negra chiquita, a la que podía colgar en bandolera. Guardó el mínimo indispensable de dinero junto con la cédula, asió la bolsa con el tejido y salió.

El día era espléndido, una brisa fresca le acarició la cara y el sol sin nubes la envolvió con tibieza. Tenía que caminar seis cuadras hasta la parada del colectivo o tomar un taxi hasta la estación. El tren era más rápido pero subir a un taxi lo consideró muy peligroso.¿Si el taxista la raptaba? Como a esa hora andaba mucha gente por el barrio, decidió caminar. Con paso rápido «"recorrió la avenida. De tanto en tanto miraba para atrás. Nadie la seguía, sin novedad llegó a destino. Varias personas esperaban, las observó con detenimiento, ninguna tenía cara de delincuente pero, vaya uno a saber.

El colectivo llegó repleto, prefirió esperar, el otro también estaba lleno. No tuvo más remedio que subir. Después de algunas cuadras pudo acomodarse cerca de un asiento para agarrar con su mano derecha el pasamanos y colgar en su izquierda la bolsa del tejido.

Un hombre de traje, grandote y, según ella, con cara de mafioso, empujando con ahínco logró acomodarse a su lado y un muchacho de pelo largo y una remera mugrienta se le puso por detrás. Amanda sintió su corazón latiendo con fuerza, galopaba dentro del pecho. "Quieren robarme, seguro", se convenció. El gordo se arrimaba más y más. Luego de algunas cuadras, el chofer frenó de golpe. El de pelo largo la empujó hacia adelante y el otro se le fue encima. Sabiendo que esa era la modalidad de los punguistas para birlar las billeteras (lo había visto en la tele), soltó el pasamanos abrazando la cartera. Triunfante sintió que ambos tipos aflojaban el apretón. "No pudieron los malditos", pensó con furia. El mugriento se corrió hacia el fondo pero el grandote se quedó a su lado. ¡Otra vez el freno! Apretó la cartera y abrió las piernas para no perder el equilibrio pero no pudo evitar empujar a su vecino. Sintió un roce en su brazo izquierdo, el que sostenía la bolsa y miró de reojo. ¡No podía ser! No tenía el reloj. Ese precioso reloj de hombre que no se sacaba de la muñeca como recuerdo de su difunto marido. Ella se lo había regalado cuando cumplieron treinta años de casados y él lo usó hasta el día de su muerte. Ahora ese ladrón de poca monta se lo quería apropiar. “No lo voy a permitir”, se dijo, “no lo voy a dejar salirse con la suya”. El tipo intentaba a paso para bajar. Amanda sintió que la bronca la dominaba. Ciega de ira tomó las agujas y acercándose al vientre del punga, se las apoyó murmurando: “Dame el reloj o te reviento.”. El hombre empalideció. Ella apretó más las agujas sobre la panza, el gordo hizo un movimiento con los brazos y se escuchó algo cayendo dentro de la bolsa. Cedió la presión de las agujas y dejó que el tipo se bajara. Todo había sucedido con tal rapidez que nadie advirtió nada. Cuando el colectivo arrancó pudo ver la mirada de odio que el hombre le lanzó desde la vereda. En ese momento Amanda tomó conciencia de lo que había hecho y sintió que las piernas se le aflojaban. Se acordó que el otro aún estaba en el colectivo y el miedo se transformó en terror. Bajarse enseguida significaba estar muy cerca del gordo y no hacerlo.., el flaco podía apuñalarla. Se arrimó a dos jovencitas que charlaban animadamente y les preguntó por una calle, mientras le contestaban observó de reojo al melenudo que disimulaba mirando el techo. Varias cuadras después tocó el timbre y bajo casi corriendo.

No se sentía bien, su cuerpo entero era un temblor. Miraba hacia todos la dos temiendo ver aparecer la enorme figura del ladrón. Se apoyó contra un poste, tuvo un vahído y creyó desmayar. Unos brazos fuertes la sostuvieron:

— Señora, ¿Puedo ayudarla?— preguntó el policía — Está muy pálida.

— ¡Ay, agente!, Dios me lo mandó. Estoy aterrorizada. —contestó y sin poder contener las lágrimas se abrazó al duro chaleco antibalas. Hipando, con la mejilla izquierda colorada por el raspón que le había producido la tela basta del chaleco, le contó lo del robo del reloj y cómo ella espantó al ladrón.

—Ahora me van a perseguir para matarme. Usted no sabe con la cara de odio que me miró el que se bajó.

— Tranquilícese, yo la acompañaré hasta su casa. Admiro su valentía. ¿Vive lejos?

— Estamos como a veinte cuadras.

— No se preocupe, llamaré a un patrullero para que la busque.
Ella quería hacer la denuncia pero el policía le dijo que si ya había recuperado el reloj no se la aceptarían.

El patrullero la dejó en la puerta y esperó que encontrara las llaves. Todavía las manos le temblaban, le costaba embocar la cerradura. El encargado le abrió.

— Señora Amanda, ¿qué le pasó? ¿Tuvo un accidente?

— Accidente no. Me robaron en el colectivo —le contó con lujo de detalles cómo había sucedido.

— ¡Muy bien! La felicito. Lástima que no se las clavó al hijo de su madre.

— Lo que le voy a pedir Oscar, es que tenga mucho cuidado cuando esta con la puerta abierta que no entre alguien desconocido y por favor, avise en todos los departamentos para que no vayan a caer en una trampa y con el asunto de que son del cable o del teléfono le vayan a abrir a cualquiera.

— Pero señora, usted vino con la policía no creo que se animen.

—Mire Oscar, ese gordo facineroso tenía cara de no amedrentarse por nada y el flaco mugriento, peor. Estoy segura que me siguieron.

—Está bien, no se preocupe, ya voy a avisar y usted descanse que le hace falta. Cualquier cosa me llama.

Lo primero que hizo fue preparar un té de tilo. Mientras lo bebía llamó a su hermana. Se le cortaba la voz y por momentos daba la sensación de que no podía respirar. Trató de hacerle un relato minucioso de lo que había sucedido.

— Yo sabia, yo sabia —reiteraba como latiguillo—, ya no se puede salir a la calle.

— Ahora acostate un rato para relajarte y no le abras a nadie. —le recomendó Carola sintiéndose culpable— Yo voy a llamar al comisario Lozo que es amigo de Julio para pedirle que el patrullero pase más seguido por tu calle y coloquen un policía en la puerta por algunos días.

Daba vueltas en la cama. La imagen de la cara de odio del gordo no la dejaba en paz. ¿Y la reacción? cómo ELLA había podido amenazar a un malviviente de esa manera. No se reconocía. Pensaba en la sensación de empujar las agujas sobre la carne fofa y, para qué negarlo, hasta le proporcionaba cierto placer. Tampoco esto la dejaba conciliar el sueño. Sentir placer por clavar algo en la carne humana... La horrorizaba. Decidió tomar la pastilla para el insomnio y no pensar más. Por si acaso tomó dos y se dejó llevar por la maravillosa somnolencia previa al sueño profundo inducida por el Valium.

Sonaba el timbre. Sí, era el timbre de la puerta y golpeaban con fuerza. Tambi6n gritaban algo. Semidormida, se levantó con torpeza. Miró la hora, eran las siete de la mañana.
— ¡Ya va! ¡Ya va! —exclamó. Confundida aún, recordó todo: el colectivo, el ladrón, las recomendaciones de Carola. Se estremeció. Por la mirilla no le era posible observar. La mínima lente apenas rozaba su pelo. ¿Harían casting para que los diseñadores de puertas midieran más de 1 ,90?

— ¿Quién es? —preguntó con un hilo de voz.

— ¡Abra de una vez! ¡Policía!.

— ¿Quien?

—No se haga la idiota. ¡La policía! Abra o tiramos la puerta abajo.

— Abra señora Amanda, es de verdad la policía.—Reconoció la voz del encargado y abrió tímidamente pero el empujón que le dieron a la puerta la tiró hacia atrás. Eran tres. Uno de ellos, el que había sido tan amable en la calle, le gritó:

— ¡Con las manos en alto, apoye las palmas contra la pared!

— Pero agente, yo… ¿Qué pasa? ¡Por Dios!

— ¡Manos en la pared, dije!—Cuando las apoyó una mujer policía la palpó de armas.

— Si estoy en camisón, dónde quiere que esconda un arma.

— Está limpia— confirmó la mujer.

Entonces el otro policía, al parecer el jefe, le mostró una orden de allanamiento a ella y al encargado a quien habían tomado como testigo.

— Recibirnos la denuncia del señor Rodríguez Pedro, primo de su señoría el juez Jacinto Rodríguez Luro, sobre el robo a mano armada de un reloj propiedad del nombrado en primer término, acaecido ayer por la mañana en el interno 42 de la línea 126, ejecutado por una femenina mayor de edad que disimulaba el arma, al parecer un cuchillo de punta afilada, dentro de una bolsa con un tejido color marrón.

— ¡Qué infamia! Es a mí a quien robaron. Sáqueme las esposas que me están haciendo daño y le explicaré...

— La explicación se la dará al señor Juez. Ahora allanaremos su vivienda para ver si encontramos el cuerpo del delito.

— Pero, agente— Amalia recurrió al que ella conocía— dígale que usted me encontró en la calle y yo le contó que me habían robado. Dígale por favor.

— Señora, ya hice las declaraciones del caso. Que usted me haya dicho que le robaron, no significa nada. Al verme, temiendo que yo la descubriera, pudo haber inventado la historia con una muy buena actuación, por cierto. Además, el denunciante es primo del señor Juez. Y ahora, con permiso, debemos allanar.

— ¡Ay, Oscar!, dígales quién soy, cuántos años hace que me conoce.

—Ya me preguntaron todo eso señora Amanda, pero me dijeron que están buscando desde hace mucho tiempo una punguista muy escurridiza a la que llaman “Juanita Siete Cuchillos” y que según descripciones de damnificados, tiene un aspecto parecido al suyo y para robar amenaza con un cuchillo.

— ¡Juanita Siete Cuchillos! ¿Yo? ¿Qué tengo de Juanita Siete Cuchillos?

— ¡Aquí están! — gritó uno de los policías— Acérquese señor testigo a la cocina. Fíjese en este cajón, aquí están los siete cuchillos.

— Uno, dos, tres... Sí, aquí hay siete pero son para comer, los que tienen serruchito...

— Usted no tiene idea— contestó el jefe— los crímenes que se han cometido con esos.

Desesperada Amanda explicó que el hecho de tener siete cuchillos se debía a que el juego era de ocho y uno se le había ido a la basura sin darse cuenta, pero el uniformado no estaba dispuesto a escuchar razones. De pronto se acordó que Carola le había dicho que llamaría al comisario Lozo. Tímidamente preguntó si podía hacer una llamada. “ Está en su derecho”, le contestaron. La mujer policía marcó el número que ella le indicó. Pero al preguntarle a Carola por el comisario ésta le respondió que ya no era más comisario: “Lo obligaron a renunciar por coimero”, dijo, “pero no te desanimes, ya mismo hablo con el abogado de Julio.”

— Sargento, mire, encontré un reloj de hombre.

—Ese es mi reloj— reconoció Amanda— desde que falleció mi marido lo uso yo. Le dije que el ladrón asustado lo tiró dentro de la bolsa del tejido.

En ese momento apareció la mujer policía con otro reloj de hombre:

—Aquí está, jefe, el cuerpo del delito, acabo de encontrarlo...

—No— protestó Amanda— ése nunca lo vi, no es mío.

— Se dan cuenta— alerté el jefe— la rea acepta que no es suyo...

— Vaya a insultar a su abuela, mal educado, yo soy una mujer decente, nunca toqué a otro hombre que no fuera mi marido, no soy ninguna rea.

— ¡Cállese la boca! Ya bastante va a tener que hablar frente al señor Juez. Dígame agente, ¿dónde encontró el reloj que la r..., que la señora niega conocer?

—En la bolsa del tejido donde la víctima contó que lo había tirado.

—No puede ser. Ustedes quieren sembrar pruebas, los denunciaré por corruptos y malos policías. Es mi reloj el que estaba dentro de la bolsa que yo ayer, de tan nerviosa, tiré en el piso del living y allí la dejé.

— Primero; no está en situación de amenazar. Segundo; la agente encontró el reloj que usted indica como de su propiedad, en la cocina, sobre la heladera— acoté el jefe impaciente.

Amanda empalideció.

— ¡Ay! Dígame que me está haciendo una broma. ¿Dónde lo encontró?

— Sobre la heladera.

— ¡Dios mío! Ahora recuerdo. Me había ensuciado las manos y para lavármelas en la pileta de la cocina me saqué el reloj y lo apoyé sobre la heladera, luego salí y lo olvidé. Entonces… a quien amenacé era el dueño... Yo le robé...

Victorioso el sargento se hizo comunicar con el juez.

— Su Señoría, habla el sargento Gómez. El caso del reloj de su primo, está resuelto. Rescatamos el objeto y detuvimos a la femenina apodada Juanita Siete Cuchillos, con las pruebas vistas por testigo y confesión de la rea.

Satisfecho se froté las manos pensando en su segurísimo próximo ascenso y exclamó:

— Vamos, todos a declarar a la comisaría que el señor Juez estará esperando. Que digan después que los guardianes del orden no somos eficientes.

Graciela Fernández Alaimo