volver

Federico Jeanmaire

 

Nacido en Baradero en 1957, Federico Jeanmaire recibió el título de Licenciado en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ámbito en el que ejerció tiempo después como Profesor de Literatura Argentina. En 1990 recibió una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores de España con el objeto de realizar estudios en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid. Sumado a su actividad de escritor y ensayista, actualmente colabora como periodista cultural en diversos medios de Buenos Aires como el diario Clarín y la revista Inrockuptibles.

Entre sus novelas publicadas se destacan Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos (1986), Los zumitas (1999) y Una virgen peronista (2001). Por su parte, su novela todavía inédita Países Bajos fue galardonada con una Mención Especial del Jurado del Premio Clarín Novela 1998.

 


Países bajos


 

Estoy sin trabajo, te dije, además de solo y completamente perdido y afligido y apenado y angustiado y extrañando y con ganas de tomar mate que es una infusión tradicional del país de donde vengo. Una bebida, por lo demás, bastante modesta y verde que nunca me gustó demasiado.
Lo del tango no te lo dije porque me pareció un exceso. Aunque te amara desesperadamente, vos seguías siendo casi una perfecta desconocida para mí. A decir verdad, no hacía más de seis minutos que te habías acercado empuñando un vaso larguísimo de cerveza, me habías jurado solemnemente que mi nombre estaba escrito en ese vaso y en todos los vasos de ese bar y de esa noche y, ante mi más completa perplejidad provinciana, me habías preguntado por qué motivo llevaba yo esa cara tan triste si mi nombre aparecía escrito en cada uno de los infinitos y larguísimos vasos de cerveza que poblaban el nocturno aburrimiento de La Haya y zonas aledañas.
Entonces.
Se armó, justo ahí, en el centro mismo de la escena, un confuso silencio que me apuré a querer cancelar para siempre contándote también aquello que no había querido contarte antes sobre el tango. Pero vos me pediste que no, que por favor no, que había hecho muy bien en no excederme anteriormente con eso del tango y que lo único que en realidad pretendías saber era de dónde había sacado yo una lengua tan universal aunque, y esto lo agregaste dibujando una sonrisa absolutamente universal en tu boca absoluta, un poco difícil de desentrañar para las desdichadas personas que se acercaban inocentemente hasta mí empuñando larguísimos vasos de cerveza.
Eso se llevaría toda la noche en explicaciones, te expliqué a modo de disculpa retórica pero con unas ganas bárbaras de comenzar cuanto antes a contarte con lujo de detalles el origen de esa tan extraña, para vos, lengua personal o universal. Pero creo que no entendiste del todo bien mi disculpa retórica o la entendiste en forma muy literal porque, inmediatamente, te fuiste con una amiga justo al otro extremo del pub que compartíamos con alguna otra gente que, por lo menos en lo que a mí respecta, no me importaba en lo más mínimo.
Me quedé solo.
Otra vez.
Solo y completamente perdido y afligido y apenado y angustiado y extrañando.
Encima, y como si fuera poco todo lo que de por sí ya extrañaba, en ese preciso momento me di cuenta de que también empezaba a extrañarte a vos. Con mi cara de tristeza y mi perplejidad. Y con un vaso larguísimo de cerveza en el que no pude, por más que lo intenté repetidamente, lo juro, encontrar escrito nada que se pareciera a mi nombre.
Pasó un siglo o dos hasta que volviste y me informaste que creías haber hallado la solución a todos mis conflictos. Salvo, me aclaraste, la solución a aquella región de mis conflictos que tenía que ver con un patriótico brebaje verdoso para vos desconocido y con una singular música melancólica a la que yo, inteligentemente, no había querido hacer alusión durante nuestro primer encuentro.
Deduje de tus palabras, erróneamente lo reconozco, que considerabas que éste constituía ya un segundo encuentro y entonces me animé a confesarte que te amaba desesperadamente desde nuestra primera aproximación de vaso larguísimo de cerveza. Pero vos me contestaste de una manera bastante salvaje que, a tu criterio, criterio que por supuesto yo no tenía por qué compartir, siete minutos más tres minutos y medio no hacían dos encuentros sino sólo, y con exactitud, apenas unos precarios seiscientos treinta segundos; que no me conocías y que considerabas que dentro del posible contrato de solución que venías a proponerme, a todos mis conflictos menos dos, volviste a aclarar con alguna redundancia, entraba de suyo y como contrapartida que durante el exceso de tiempo libre del que iba a disponer a partir de tu solución, me resultaría definitivamente sencillo responder, en extenso y por escrito, a la ingenua pregunta que me habías formulado en el séptimo minuto de nuestra vida en común, o, lo que era casi lo mismo, a la estúpida pregunta que me habías hecho casi al final de lo que fuera, según mi bárbaro entender, nuestro primer encuentro.
Te contesté que sí.
Aunque no sabía muy bien a qué cosa te estaba contestando tan entusiastamente que sí.
Entonces te acercaste, me aplastaste contra la barra del pub de un beso gigante y me pediste por favor al oído que no perdiera más el tiempo buscando mi nombre en los larguísimos vasos de cerveza, que solamente se trataba de un viejísimo truco holandés para conseguir que un hermoso muchacho con la cara tremendamente triste se enamorara hasta la desesperación de una muchacha rubia de origen, aunque en los últimos tiempos teñida de pelirrojo y por lo demás bastante tonta, en menos de un cuarto de hora.
Enseguida me pasaste un papelito medio arrugado, me ordenaste desde tu sonrisa absoluta que te llamara al otro día por la mañana y te fuiste.
Doeg.
Chau.
Así nomás, te fuiste.
Y a mí, y eso es lo que no me dejaste contarte después de aquel confuso silencio que se armó justo en el centro de los siete minutos que duró nuestra primera eternidad, me pareció escuchar que sonaba el mismo tango cantado por el polaco Goyeneche en los parlantes del bar. Todo el tiempo. Exactamente desde el momento en que vi que te acercabas a mí con aquel vaso larguísimo de cerveza en una de tus manos, creo que era la derecha, hasta el preciso instante en que dijiste Doeg, te diste la vuelta y te fuiste.
Pero lo del tango no debe haber sido verdad.
Seguramente lo imaginé, Roja.