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Raúl Oscar Vieytes, nació el 1 de marzo de 1961, en el barrio de San Telmo.

Estudió bellas artes en la escuela Manuel Belgrano de Barracas; teatro con Norman Briski, en San Cristóbal; dramaturgia en la E.N.A.D. Cunil Cabanillas, de Palermo; idioma holandés, en la Volksuniversiteit de Amsterdam.

Trabajó como humorista gráfico en Satiricón, Eroticón, Canta Rock, La Cotorra, etc.; colaboró en la revista Humor; en efectos especiales, storie-board e ideas creativas en publicidad; en escenografías y ambientaciones de eventos; como traductor, redactor, diagramador, ilustrador, etc., para diversos medios, agencias, discotecas, clientes particulares.

En música hizo textos y voz en la banda de rock "El Prosexo"; compuso letras de algunas canciones de "Las Blacanblús" y de Mona Fraiman como solista.

Tiene obras de teatro escritas y puestas en escena en el circuito independiente: Conmutador, pieza escrita con Ivana Steinberg; La idea básica, pieza escrita con Hernán Varela; Semana Santa, la casa está en orden; Normita y la Tortuga Gigante; La Kalesutra, estrenada en 2003 en "La Barraca" de Rúbens Correa.

Escribió la novela Kelper, Primera Mención Premio Clarín de Novela 1999, editada por Clarín-Aguilar y tiene otras novelas inéditas: El Río de la Peste, Telenovela 2168, La ecuación límite. Actualmente prepara una novela de tema histórico. 

  

El economista


Yo no soñaba nunca. Pero el día que anunciaron que yo era el candidato para reemplazar al actual Ministro, estaba cabeceando una siesta en mi despacho y tuve una pesadilla fruto de la indigestión y el stress. Allí, mi mujer estaba todavía embarazada y tenía contracciones. Entonces, súbitamente, sin esfuerzo ni dolor, sin exhibir señal alguna de cansancio, sin máculas de sangre ni de líquido amniótico, emergía de entre sus piernas nuestro único hijo, Tobías. En mi sueño, el pequeñín ya estaba vestido: lucía un elegante traje gris, camisa almidonada, gemelos en los puños; corbata con traba, medias azules, zapatos negros y Rolex de oro; estaba peinado con gomina y, en vez de apestar a meconio, despedía la inconfundible fragancia del Armani Manía. Me despertó mi secretaria, en el momento en que yo le cantaba el arrorró a mi pequeño ejecutivo.
Llamé a casa, quería hablar con Tobías. Como esa tarde me esperaba una cabalgata de compromisos importantes, le expliqué a mi chiquitín en un léxico adecuado a sus tres semanas de edad lo ocupado que yo iba a estar; le dije que, recién llegado de su gira por Europa, papi hoy debería ser agradable con los funcionarios del FMI.
-¡Tengo que cortar, m'hijito! ¡Me llaman a reunión!
Yo podía considerarme un modelo de ejecutivo libre, ágil y dinámico, que andaba sin portafolio ni agenda, con las manos libres. Enfrenté a los jerarcas de la Banca Mundial. Temas: bono atado al crecimiento, grupos de acreedores, bono a la par. Un economista no debía sonreír, lo suyo era grave y substancial. Yo era partidario del minimalismo ideológico, una visión del mundo que comenzaba y terminaba en mí mismo. Por eso, para expresarme durante mis alocuciones, utilizaba una mínima escala tritónica de propia invención, compuesta por tres notas únicas en tresillo que excluían al resto del espectro melódico: éstas eran las notas Do, Ba y Bu.
-"Do, Ba, Bu" -respondía yo a cualquier pregunta, en un tono neutro.
Los del Fondo se emperraban en hablar de los bonos que compraron a 25 creyendo que valían 100, y que pretendemos pagarles con otro bono que vale 10. Tres por siete, veintiuno, por cuatro, ochenticuatro, por mil millones de dólares, más el 15 por ciento trazando una línea de pura liquidación, canjeado el 99,6% menos el 72,5% de quita, redondeábamos en 24.750 millones, no arriesgábamos nada y podíamos consolidar nuestro ofrecimiento. Para mi sorpresa, vi a mi hijo con su traje gris, grande como de tres años, entre los funcionarios extranjeros. ¿Una alucinación? Yo estaba con retortijones de barriga, así que hice un gesto a mis asesores para que pusieran en práctica nuestro plan: éste consistía en esbozar unas fórmulas protocolares y dedicarnos a hacer comentarios sobre fútbol, y así abordar una temática menos compleja.
-"Do, Ba, Bu" -susurré en registro de barítono, cuando solicitaron mi opinión.
Aprovechando el estupor de los forasteros, nos despedimos en óptimos términos y yo me retiré al baño, sin profundizar acerca del default, la política impositiva, ni las exigencias de un mayor ajuste. Sentado en el trono, recibí una llamada del gerente de mi empresa, por otro asunto. No logró contagiarme sus nervios, su exagerado tono de alarma. Le corté en forma abrupta y llamé enseguida a mi amiga invisible. Más aliviado de los intestinos, bajé al parking y entré a mi coche. Los minutos eran eternos, cuando uno estaba a la espera de una designación desde las altas esferas. Mi amiga invisible llegó por la explanada. Arranqué, una vez en la autopista puse la cuarta, la quinta, lo levanté a ciento cuarenta. Con el aire acondicionado, el verano se llamaba paraíso; y junto a mi amiga invisible, esto era el paraíso elevado a la enésima potencia. Ella me hizo un trabajito a toda velocidad, yo le di trescientos dólares para sus gastos chicos; después hice un alto para que bajase del coche y seguí camino.
Algunos kilómetros más allá, mi esposa aguardaba en una limusina, íbamos a cenar en zona norte. Cambié de coche en dos saltos, el chofer conectó la videoconferencia con los negociadores del Mercosur. Yo no sudaba. ¿Querían fortalecer las economías regionales por medio de una alianza eficiente? "Do, Ba, Bu". ¿Querían hacer algo por los pobres de la región? "Do, Ba, Bu". ¿Unificar la moneda? "Do, Ba, Bu". Mi programa no hacía foco en el pasado sino en el futuro; allí tenía sentido positivo un default para el crecimiento industrial. La cara seria de mi hijo Tobías, ya un chico de nueve años, apareció en pantalla con el ceño arrugado.
En el restaurante aguardaban los empresarios del frente interno. Doscientos años de finanzas argentinas eran equivalentes a la evolución de un bebé recién nacido, pura dependencia. Si no había funcionado un Chupete para que dejara de llorar, ¿podría encontrársele un ama de leche a nuestra economía republicana, al costo de una relación umbilical que uniese los destinos del país a una madre patria ficticia, ilusoria? Ahí tenía yo al cronista de Ambito Financiero, colaborando para dar un panorama exacto de la marcha de mi proyecto. Si algún día yo resultaba electo Presidente, recompensaría la fidelidad de este diario. Imaginé la banda celeste y blanca cruzándome el pecho, fotos en diccionarios y libros de lectura de las próximas generaciones.
Aparte, el gerente de mi empresa insistía en llamare a cada rato, decía que quienes financiaban mi carrera política habían lanzado una amenaza. ¿Amenazas, a mí? Corté y desconecté el celular. Suspiré un "Do, Ba, Bu" algo agitado. Me froté los ojos: había visto a mi hijo, de traje pero algo despeinado y como de quince años de edad, salir relamiéndose de abajo de la silla de mi mujer. Tuve un ligero desmayo, a causa del surmenage. Me atendió un galeno idéntico a Tobías, me sugirió cerrar los párpados y probó hipnotizarme con un cuento sobre el fantasma del Patio Bullrich, que no era sino mi hijo de traje blanco y cirugía estética en la nariz. Pronto me sentí mejor. Despaché a mi mujer al country, y volví al Centro en helicóptero.
¿Una discoteca? ¿Quién podía ser el idiota que había concebido una reunión de equipo en una discoteca? El volumen de la música era demasiado alto, la iluminación poco apropiada. ¡Y a mí no me gustaba bailar! ¡La indumentaria de los economistas estaba confeccionada como para mínimos movimientos, limitados y gentiles! En cuanto uno levantaba los brazos o las piernas, asomaban antiestéticos puños de camisa y zoquetes fruncidos. De pronto, llegó el gerente de mi empresa a informarme que, puesto que yo no contestaba sus llamadas, había preparado sus valijas y se iba del país. "Do, Ba, Bu". Personajes como él eran lo último que yo necesitaba en mi entorno. Pedí un remise.
-¿Usted no es el futuro Ministro de Economía? -preguntó el remisero.
-¿Eh...? ¡Oh...! ¿Me veo parecido? -exageré yo el acento de nuestra diferencia de clase-¡Qué cosa horrorosa, parecerse a un político!
-¡En serio, don! ¿No se lo dijeron antes?
Miré hacia el espejo retrovisor, eran los ojos de mi hijo Tobías.
-Y bueh... "Do, Ba, Bu".
Llegué a las tres a mi departamento de Recoleta, deambulé por el living lleno de regalos de gente agradecida por mi hipotética gestión en el porvenir: es decir, mi familia, mis amigos, mis vecinos y otros interesados en obtener algún favor ministerial. ¿Me fui a dormir? ¡No! ¡Yo evitaría el despilfarro en horas de descanso! ¡Cómo dormir, cuando en las bolsas de Tokio, Hong Kong y Singapur estaban a full, y yo tenía un desayuno con inversionistas asiáticos a las ocho y media! Un economista modelo debía mantener los ojos abiertos las veinticuatro horas, su cama era de clavos, su colchón una nube imaginaria rellena de dinero líquido, de flujos renovables de efectivo. ¡Nada de holgazanería! Me conecté a la banda ancha utilizando el seudónimo de "Fígaro", y un ramillete de tentáculos brotó de mi columna vertebral para enchufarse a las cuentas bancarias de los clientes del Estado. Cuando terminé de hackearlas, envié un spam reclutando interesados en una de mis ideas dantescas: blanqueo y licitación del negocio de cartoneo en gran escala, facilitando los detalles del pliego a los socios de nuestro holding. Leí escuetamente las noticias, algunas voces se oponían a mi designación en la cartera de Economía. Do, Ba, Bu. Las principales declaraciones en mi contra eran atribuidas por la prensa a mi hijo Tobías: una foto lo mostraba con bigotito y aspecto universitario. Hice click, click, click para deshacerme de esa imagen perturbadora. Luego me colgué con un videogame para economistas: el objetivo del juego era eliminar a la competencia, trepar en el escalafón y, al mismo tiempo, conseguir créditos por millones de dólares, elucubrando pretextos para dilatar los plazos de vencimiento, ambaucar a nuevos ahorristas y evadir la acción de la justicia. A las seis menos cuarto hice una fila de frasquitos encima el escritorio y chequeé la receta del clínico. Ingerí los remedios en la secuencia indicada. Después me bañé, me vestí, me peiné y encaré el nuevo día.
A eso de las siete y media, saludé al sereno del edificio y salí. El punto de reunión quedaba cerca, preferí ir caminando para despejarme. Tiré el teléfono celular al medio de la calle para que lo aplastara un colectivo, porque no quería recibir ninguna mala noticia durante el meeting. Ahí nuestro equipo expuso los argumentos que habíamos discutido la noche anterior. ¿Para qué abastecer al mercado con seiscientos billones de limpiaparabrisas, cuando no existía en el mundo un número semejante de parabrisas? En vez de la cantidad, era más conveniente un descuartizamiento productivo. Teníamos una chance de presentar ochenta mil proyectos y que fuesen los ochenta mil igualmente descartables, si el parámetro de evaluación se obtenía en función del desperdicio. Nuestros interlocutores quedaron asombrados.
Conseguí que me prestaran un teléfono, y llamé a mi mujer. Me atendió la mucama.
-¡La señora y el niño no están!
-A, bueh... No importa.
-¡Pero, señor! ¡Llamaron unos hombres, dijeron que...!
-Ahora "Do, Ba, Bu", Ramona -le corté.
Mi secretaria se había ausentado sin aviso, en vez de ella se presentó mi hijo Tobías maquillado: su atuendo se componía de una falda chanel y camisa con puntillas: aflautando la voz, insistió sobre la importancia de la siguiente entrevista en mi despacho, a la que asistirían los diplomáticos de Centroamérica Unida, destinados a las búsqueda de conciliaciones comerciales con el MERCOSUR: me calcé los anteojos, leí los enunciados básicos. Panamá, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, Puerto Rico, Honduras y Belice necesitaban una ratificación de nuestra solidaridad en la formación de un parámetro identificatorio propio de la región, envarada entre discursos enrevesados y confusos. "Do, Ba, Bu". Yo hacía como que tomaba notas, mientras rellenaba otro crucigrama.
-Siga, doctor. Siga.
No quise continuar, les pedí que por favor se retirasen y me encerré bajo llave, a tomar mis pastillas: en cinco minutos terminé el cuarto capítulo de mi libro Candidez y Capital, tolerancia religiosa en el trato cambiario. La presión y los golpes en la puerta me obligaron a abrir el recinto, los periodistas se abalanzaron como lava volcánica. Un poco más de "Do, Ba, Bu" en conferencia de prensa: todos estos corresponsales se asemejaban a mi hijo Tobías. Yo no perdí el control. Manejarse con información de primera era insuficiente, se necesitaba creatividad para fraguar la noticia de manera verosímil. Si las reservas del Central habían bajado, éste era un efecto transitorio del pago de la última cuota; si sumábamos a favor un dólar estable, un índice de acciones líderes en suba, y el hecho de que nos reembolsarían, a través de derechos especiales de giro, el monto cancelado una vez que el directorio del Fondo aprobase la segunda revisión del acuerdo, no había por qué preocuparse. La Bolsa volvió a subir en cuanto terminé de decir "Do, Ba, Bu". Mis asesores me felicitaron, yo insistí con otro "Do, Ba, Bu" más enfático; la clave de mi éxito consistía en la entonación de estas tres notas mágicas. Nuestros triunfos se sucedían a un ritmo vertiginoso. Clap, clap, clap. Nada falló. Clap, clap, clap, seguían aplaudiéndome. Paradojas de la lealtad entre el expositor y su público, sólo importaba que uno dijese lo que tenían ganas de escuchar; pero, como la mayoría no sabía exactamente qué quería escuchar, entonces lo que yo decía daba lo mismo. Me quedé en silencio, pues, con los anteojos empañados de emoción, mientras destellaba una salva de flashes de los reporteros gráficos.
-¡"Do, Ba, Bu"! -golpeé enérgicamente con el puño la superficie del estrado .
Concluí la exposición. Clap, clap, clap. Cuando todavía resonaban los ecos de mi último "Do, Ba, Bu", los noticieros ya ardían en rumores de destitución del actual Ministro.
-Estoy ganando -pensé.
Para salir del edificio, me caractericé de mendigo, con un sobretodo viejo y un paraguas roto. Dentro de la limusina, me despojé de estos atavíos indignos y los tiré por la ventanilla. Mi hijo-secretaria encendió la tele, puso un DVD, y en dos minutos me empapé del asunto agendado para la clase de esta noche en la UADE: "¿Cuánto sabía un mánager argentino de la cara oscura del gasto energético?" Llegamos a otro restaurant, el mâitre y el mozo tenían edades diferentes, pero la misma cara de mi hijo Tobías. Allí afrontaríamos un banquete con los empresarios australianos, recién aterrizados desde Santiago de Chile, que hacían una visita relámpago a Buenos Aires y seguían viaje. Para mí, ratificar un vínculo firme con Oceanía era otra pieza básica del rompecabezas global. Tracé mentalmente las líneas del paquete que abarcaría Australia, Nueva Zelandia y Nueva Guinea, como parte de un paraíso transoceánico. Sobre nuestra mesa reservada, ví que había una cantidad de papeles para firmar. Alguien susurró algo en mi oído, esta vez presté un poco de atención.
-¿Qué tiempo tenemos para este almuerzo?
-Veintidós minutos, veintidós segundos, veintidós centésimos.
-No voy a firmar nada en estas condiciones.
-¿Qué? -los asistentes al ágape no podían creer lo que oían.
-Que voy a decir solamente tres palabras, para terminar: "Do, Ba, Bu".
Yo daba la vuelta ciento ochenta grados, con toda tranquilidad, y observaba el paisaje a mis espaldas: ¿concurso, quiebra de mi empresa particular y convocatoria de acreedores, bancarrota y divorcio, secuestro del niño y pedido de rescate? Dobabuberías. Me puse de pie y avancé hacia la puerta, con ánimo de retirarme.
-¡Vamos a la ambulancia!
-¿Do? ¿Ba? ¿Bu? -pregunté aturdido.
Dos fornidos Tobías me agarraron de los brazos. Dentro del blanco vehículo, me quité la ropa y vestí con un camisón a rayas, que otro Tobías disfrazado de enfermera había dispuesto para mí. Los dos Tobías gorilas me ataron a la camilla, y me inyectaron algo. Me concentré en un plan a corto plazo. Yo tenía a favor, mínimo, un 99,9%; nuestro eje táctico sería flexible, se embarcaría en la dinámica del movimiento fluctuante del capital, y lo puntual no consistiría en un simple punto, ni los planos serían simplemente planos. ¡A mí me respaldaba el Congreso! Yo escuchaba la ovación dentro de mi cráneo, clap, clap, clap, los berridos de mi crío de tres semanas al intentar ajustarle el nudo de la corbata; el "Do, Ba, Bu" de mi discurso de la semana próxima, cuando expondría el punto nodal de mi teoría y verían con sus propios ojos el fundamento tangible de mis predicciones: que los paralelos del mundo dejarían de ser paralelos, que al estar en movimiento orbitarían en el espacio interestelar. Otro Tobías, treintañero y de lentes oscuros, me rellenó la boca de estopa y precintó con papel engomado. Si tenía que hablar por las orejas, yo lo haría. Economía igual clap, clap, clap igual "Do, Ba, Bu" igual solvencia automática del patrimonio invertido, con reversión del interés a cuatrocientos años. Yo analizaba mis probabilidades en la Bolsa de Canadá. Yo promovería a mi hijo para jefe de marketing de la SIDE. ¿Por quién sonaban las sirenas? ¿Por qué abrían la puerta de la ambulancia y empujaban la camilla por un camino de tierra, en aquella pampa calma y argentina?
Escuché unos sonidos: "¡pam, pam, pam!"
Caí de rodillas, gimiendo un postrer "Do, Ba, Bu".
Y, después, ya no escuché más nada.