HASTA LO MÁS PROFUNDO DEL HUESO

 

 

 

 

AUTOR: Gerónimo Grillo

 

 

 

 

 

 

                     ESCENA I

 

 

Una plaza con árboles desnudos y raquíticos está cubierta por matas de yuyos desparramadas en grandes lamparones de color verde amarronado. Hay latas de gaseosas, botellas vacías y desechos de diferentes tamaños tirados en el piso. Un canasto de basura tumbado al lado de un banco de madera con la pintura descascarada. Algunos listones  están rotos y otros arrancados de la base de hierro. Una bruma desdibuja la plaza con un color gris verdoso. Acostada sobre unos cartones que están en el piso y cubierta con una bolsa de arpillera una mujer permanece con los ojos cerrados. Su rostro, surcado por arrugas, tiene profundas ojeras. Lleva una ropa harapienta y el cabello estirado hacia atrás preso por una vincha de plástico amarillo con aplicaciones de perlitas brillantes. Los labios están pintados de color rojo vivo y tiene el contorno de los ojos marcados con delineador negro. Los párpados presentan un tono azul fuerte que se esfuma hacia la ceja. Entra un hombre con el rostro arrugado y la barba rala. Lleva una boina en la cabeza, un sobretodo raído color negro, zapatos gastados y una bufanda con agujeros. Empuja un carrito de supermercado  lleno de diarios, revistas, cajas de madera, cartones y un balde. El hombre se acerca a la mujer y la sacude.

 

POLONIO: Ramona… Ramona…

 

RAMONA: ¡Qué! ¡Qué!

 

POLONIO: Acostáte en el banco.

 

RAMONA: Dejáme dormir.

 

POLONIO: Aprovechá que Euralio ya se fue a hacer la ronda de la mañana.  

 

RAMONA: ¿Quién?

 

POLONIO: Euralio.

 

RAMONA: Ah, Euralio. No… no, mejor me quedo aquí. Hay menos corriente de aire y caliento mejor los pies.

 

POLONIO: Está haciendo un frío de perros hoy.

 

RAMONA: En esta tierra o te calcina el calor o te entumece el frío. No hay término medio.

 

Polonio saca del carrito una medialuna cortada por la mitad.

 

POLONIO: Te traje algo para el desayuno. Fue lo único que encontré en el tacho de la panadería.

 

RAMONA: ¿Qué es?

 

POLONIO: Una medialuna…  Bueno no. Media medialuna.

 

Polonio se la da y ella la examina.

 

RAMONA: Es de grasa, Polonio.

 

POLONIO: ¿Y qué?

 

RAMONA: Las de grasa me dan acidez.

 

Tira la medialuna,  Polonio la recoge, la limpia y la guarda con cuidado en una caja dentro del carrito.

 

POLONIO: Llegué tarde para el reparto porque me demoré en el Ritz. 

 

RAMONA: Si hubiera ido Euralio eso no habría pasado.

 

Polonio suspira y se sienta en el banco.

 

POLONIO: Euralio… Euralio…

 

RAMONA: Siempre trae medialunas de manteca.

 

POLONIO: Sí señor,  medialuna mantecada de manteca.

 

Polonio revisa el carrito, saca un pedazo de diario arrugado, lo abre y hay pochoclos. Come.

 

RAMONA: ¿Qué estás comiendo?

 

POLONIO: Pochoclos del cine Astor. Son de la matiné.

 

RAMONA: ¿Dulces o salados?

 

POLONIO: Dulces.

 

RAMONA: Los pochoclos dulces me estriñen.

 

POLONIO: Siempre con tus ideas. Lo que pasa es que comés con la cabeza, Ramona. Esto me hace mal al hígado. Aquello me hace mal al estómago. Tenés que hacer como yo. Me meto la comida en la boca y la trago sin pensar en nada.

 

RAMONA: Euralio dice que hay que analizar la composición química de los alimentos antes de llevárselos a la boca.

 

POLONIO: ¡Ah, sí! Porque el señor es un doctor.

 

RAMONA: Sí, y recibido en la universidad de Praga.

 

POLONIO: Bah, Universidad de mierda…

 

RAMONA: No es como algunos que ni siquiera saben escribir el nombre. ¡Me despabilé! Ves lo que me hiciste, ahora voy a estar todo el día como una marmota.

 

POLONIO: Seguro que Euralio ordenó cuantas horas se debe dormir.

 

RAMONA: Sugirió. Euralio sugirió.

 

POLONIO: ¡Ja!

 

Ramona toma la bolsa de arpillera y la dobla cuidadosamente guardándola en un bolso que está al lado del banco. Polonio come pochoclos y escupe algunos en el piso.

 

RAMONA: Sos un chancho, Polonio. Nunca conseguiste aprender modales.

 

POLONIO: Solo dejan los duros estos hijos de puta.

 

RAMONA: Hacé como Euralio. Él separa los duros de los infladitos y después se los come.

 

POLONIO: ¿Mira vos? Yo me meto todo en la boca y escupo lo que no sirve.

 

RAMONA: Y así te fue. Tenés todos los dientes podridos.

 

Ramona se acerca al bolso, saca un pedazo de papel de diario, un vaso de cartón, un estuche de maquillaje y se dirige a un balde oculto detrás del banco. Toma el balde, lo coloca frente al banco y se sienta al lado de Polonio. Polonio la mira, mira para abajo y bufa. Ramona moja las manos en el balde y se aplica agua en el rostro.

 

RAMONA: Sabías que el agua helada tensa los músculos de la cara evitando que se aflojen.

 

Polonio escupe un pochoclo.

 

RAMONA: Los vasos sanguíneos se contraen y los poros de la piel se cierran.

 

POLONIO: Después de los treinta la carne se pone vieja… Vieja y rancia.

 

Ramona se seca con el pedazo de diario, lo dobla cuidadosamente y lo coloca a su lado. Toma el vaso de cartón que llena con agua del balde, introduce el dedo índice en el vaso y se masajea los dientes y la encía.

 

RAMONA: Cinco minutos de masajes evitan la piorrea. 

 

Polonio escupe un pochoclo.

 

RAMONA: Los dientes quedan más claros y brillantes.

 

POLONIO: ¿Los de la dentadura postiza?

 

RAMONA: ¿Qué dentadura postiza?

 

POLONIO: La que tenés adentro de la boca.

 

RAMONA: ¿De dónde sacaste semejante estupidez?

 

POLONIO: Euralio me lo contó.

 

RAMONA: ¿Euralio?

 

POLONIO: Me cuenta todo…

 

RAMONA: ¿Euralio?

 

POLONIO: Todo…

 

Ramona toma el pedazo de diario que tiene a un costado y lo golpea a Polonio.

 

RAMONA: ¡Mentira! Lo estás inventando. Él ya me dijo que sos un embaucador nato.

 

Polonio levanta los brazos y extiende las manos desparramando los pochoclos en el suelo.

 

POLONIO: Mis pochoclos… Mis pochoclos del cine Astor.

 

Polonio se agacha, los recoge y guarda en el papel de diario.

 

RAMONA: ¡Sí! Juntálos uno a uno del piso y comételos llenos de basura. Así es cómo debe ser. Un cerdo comiendo comida de cerdo.

 

Polonio se inclina y lleva una mano al costado haciendo una reverencia.

 

POLONIO: Habló la madame.  

 

Ramona toma el estuche de maquillaje, lo abre y se pinta los ojos.

 

RAMONA: La sombra verde resalta mis ojos. ¿Lo sabías? 

 

POLONIO: Llenate bien la cara de emplasto.

 

RAMONA: A Euralio le gusta.

 

POLONIO: A mí me dijo que pareces una buscona.

 

RAMONA: ¡Ay! Lo que te hacen decir los celos, Polonio. Los celos y la envidia.

 

POLONIO: ¿Celos?

 

RAMONA: Desde que te conozco.

 

POLONIO: Por mí, embadurnate la cara, pero después no me vengas a decir que no te avisé.

 

Polonio le muestra el papel de diario con pochoclos a Ramona.

 

POLONIO: ¿No querés uno? Vamos… Si los pochoclos del Astor son tus preferidos.

 

RAMONA: Ya te dije que me estriñen.

 

POLONIO: Son salados.

 

RAMONA: ¿Salados? ¡Me dijiste que eran dulces, Polonio!

 

POLONIO: No, te dije bien clarito. Salados. Sa-la-dos. Siempre te despertás dormida… Dormida y de mal humor. No sé cómo Euralio te aguanta.

 

RAMONA: Me aguanta de la misma forma que yo te tengo que aguantar a vos.

 

POLONIO: Lástima que todos los bancos están llenos, sino ya me hubiera mudado.

 

Ramona cierra el estuche de maquillaje y lo guarda en el bolso.

 

RAMONA: Por mí podés llevarte todas tus porquerías y buscarte otro inquilino. Aquí se firmó un contrato Polonio y vos rompiste las reglas que se habían establecido.

 

POLONIO: Yo no establecí ninguna. Fue Euralio el que las impuso ejerciendo su dominio supremo.

 

RAMONA: El dominio que le dieron todos los inquilinos.

 

POLONIO: Yo no le di ninguno.

 

RAMONA: Para tu conocimiento, tiene mayoría absoluta.

 

POLONIO: ¡Yo no lo voté!

 

RAMONA: Fuiste el único y para darle la contra. ¿Qué hiciste cuando pidió que te cortaras el brazo, y pusieras vinagre para dejar la carne al rojo vivo? Nada… No hiciste nada. 

 

POLONIO: Ya te dije que no lo voté.

 

RAMONA: Era tan solo un pequeño sacrificio para el bien común.

 

POLONIO: ¿El bien común?

 

RAMONA: Para la comunidad. Yo ya hice el mío cuando me abrí dos varices con ácido nítrico.

 

POLONIO: Que no te sirvió de nada.

 

RAMONA: Quince monedas me dieron… Acordate… Quince monedas…

 

POLONIO: En una semana… Euralio no quedó nada conforme con tu recaudación. ¡Dos miserables varices! ¿Quién puede dar lástima? ¡Nadie!

 

RAMONA: Por lo menos estoy en paz con mi conciencia. Hice mi sacrificio.

 

POLONIO: Sí, señor. La señora hizo su sacrificio. Se ha inmolado por el bien de los inquilinos que forman esta comunidad.

 

Ramona saca un cepillo roto del bolso. Se peina.

 

RAMONA: ¡Shu! ¡Shu! ¡Andáte! ¿No dijiste que te ibas? ¿Qué estás esperando?

 

Polonio se levanta, guarda los pochoclos en una caja y empuja el carrito.

 

POLONIO: Mirá que me voy, Ramona.

 

RAMONA: Te estoy viendo… Con mis dos ojos que te estoy viendo.

 

POLONIO: Me vas a extrañar.

 

RAMONA: Como los piojos que tengo encima y no me puedo sacar.

 

POLONIO: ¿Quién te hacía la suplencia en la escalinata de la biblioteca?

 

RAMONA: ¡Bah!

 

POLONIO: ¿Quién juntaba los cartones debajo de la lluvia con sabañones en las manos?

 

RAMONA: Siempre te lo agradecí.

 

POLONIO: ¿Quién le decía a Euralio que te habías ido a hacer la ronda de la tarde cuando en realidad…?

 

RAMONA: ¿Cuándo en realidad qué?

 

POLONIO: Te he visto saliendo, mujer. A escondidas. Burlando la vigilancia de Euralio.

 

RAMONA: ¿A escondidas?

 

POLONIO: Y te seguí.

 

RAMONA: ¿Me seguiste?

 

POLONIO: Hasta el edificio que queda al otro lado de la plaza…

 

RAMONA: Me estás espiando, Polonio.

 

POLONIO: …y te vi llorar también, escondida entre los matorrales.

 

RAMONA: ¡Ah! Ahora lo veo. Estas usando el chantaje. Puro y simple chantaje.

 

POLONIO: Igual que vos, cuando me amenazaste con decirle a Euralio que yo no lo había votado.

 

RAMONA: No fue una amenaza. Hasta hoy ese asunto me aprieta la garganta.

 

POLONIO: Espero que te ahogue.

 

RAMONA: Antes que eso lo vomito.

 

POLONIO: Tragátelo hasta que te reviente el hígado.

 

Ramona guarda el cepillo en el bolso. Polonio empuja el carrito y se sienta en el banco. Saca una botella y dos vasos de plástico de una de las cajas.

 

POLONIO: Vamos a hacer las paces, mujer.

 

RAMONA: No bebo a esta hora de la mañana.

 

Polonio sirve un poco de líquido color ámbar en los vasos.

 

POLONIO: Es caña quemada. Tu preferida.

 

RAMONA: Te dije que no, Polonio. Solo bebo champán.

 

POLONIO: Vamos… Vamos a brindar por los viejos tiempos.

 

Polonio le entrega un vaso a Ramona que lo toma dando un bufido. Polonio levanta el vaso y lo choca con el de Ramona.

 

POLONIO: Por la matiné del Astor.

 

RAMONA: Ay, la matiné del Astor.

 

Se toman el contenido del vaso de un solo trago. Oscuridad. Se oye el sonido de arrastre del carretel de una cinta. Una iluminación blanca y opaca cae sobre Polonio y Ramona. Se escucha la banda sonora de la película Psicosis. 

 

RAMONA: Se quedó sola, Polonio. Sola…

 

Secuencia de sonidos de la película: se oye la cadena del baño, el agua corriendo en un inodoro, una puerta que se cierra, el susurro de la cortina del baño que se corre y el sonido de la ducha.

 

RAMONA: La puerta se abrió, Polonio y apareció una sombra… Se tapa la cara con las manos. Ay Dios mío. No… no…

 

Susurro de la cortina que se descorre y sonido de chelos agudos, gritos de mujer y el ruido de un cuchillo clavándose en la carne.

 

RAMONA: Le está clavando el cuchillo, Polonio, la va a matar.

 

Ramona se estremece y Polonio queda duro en el banco. Se escucha el sonido de los ganchos de la cortina del baño desprendiéndose, el golpe de un cuerpo al desplomarse y el agua corriendo por el desagüe de la bañadera.

 

Polonio se pone de pie. Una luz con tonalidad azulada lo ilumina. La luz sobre Ramona se congela y queda estática.  El sonido de la cinta cesa. Polonio mira hacia adelante.

 

POLONIO: Véanla, sentada en el cine Astor mirando su película predilecta. Una de terror. Ella dice que las de terror le mueven la adrenalina y la hacen sentir viva. A mí no. A mí me producen pánico y me paralizan. Yo prefiero las comedias… las románticas. Esas sí que son películas. Fred Astaire bailando con Ginger Rogers, Rock Hudson besándose con Doris Day, Gene Kelly abrazándose con Debbie Reynolds

 

Mira hacía arriba, pausa, canta y da unos pasos de baile.

 

I’m singing in the rain

Just singing in the rain

What a glorious feeling

I’m happy again…

 

Se queda estático. Su rostro empalidece, mira para ambos lados y coloca una mano en el pecho. Se acomoda la ropa y camina hacia adelante contorsionando el cuerpo. Suspira.

 

¡Ay, las películas románticas! Todas terminan con un final feliz. No importa si a uno lo atropella un auto, si se cae de diez mil metros o si se ahoga en el mar Caspio. Siempre tienen un final feliz. Mira hacia el banco y mira hacia adelante. Pobre Ramona… Aquí en la comunidad la llamamos Ramona. Ustedes saben cómo es esto… ¿No? ¿No saben?… Aquí nadie se conoce con el verdadero nombre. Se ríe. El verdadero nombre… cómo si tener un nombre nos hiciera de verdad. A mí me dicen Polonio. El mismo que se escondía tras los tapices para desenmarañar la trama urdida por Hamlet… ¿Qué miran? ¿Pensaron que era un iletrado porque ella lo dijo? ¡Ay! Las apariencias, las apariencias. Mi querida Ramona vive de ellas. Pero yo sé que fue una bailarina exótica en un pueblucho de mala muerte. Bah, bailarina exótica es una forma de calificar lo incalificable. Hasta que la echaron del pueblo… Ella dice que tuvo un altercado… Un altercado… así de fácil. El cura párroco la exorcizó mientras subía al tren en la estación. Y se vino para la ciudad a trabajar de asistente administrativa. ¡Ja! Otra mentira.

 

Polonio se sienta al lado de Ramona. Una luz blanca y opaca cae sobre ambos y se escucha el sonido de arrastre del carretel de una cinta. Secuencia de sonidos de la película Psicosis: se oye el ruido de una puerta que se cierra y el retumbar de pasos sobre una superficie de madera. Ramona y Polonio hablan en voz baja.

 

RAMONA: Polonio, Polonio…

 

POLONIO: Sí, Ramona.

 

RAMONA: Hacen una linda pareja ¿no te parece?

 

POLONIO: ¿Quiénes?

 

RAMONA: La chica y el muchacho.

 

POLONIO: No, no me parece.

 

RAMONA: Sí, mirálos bien, ella rubia y él morocho, como nosotros.

 

Alguien dice: “Bates”. Se escucha el ruido de una puerta que se abre y  cierra, y el sonido de cajones moviéndose.

 

RAMONA: ¿Por qué están revisando la habitación?

 

POLONIO: Para ver si encuentran alguna pista.

 

RAMONA: ¿Estás seguro qué el hijo es el asesino?

 

POLONIO: Es lo que me contaron.

 

RAMONA: ¿Cómo qué te contaron? Las películas no se cuentan, menos las de terror.

 

POLONIO: Te digo que el hijo es el asesino.

 

RAMONA: Y dale con la insistencia.

 

POLONIO: Fuiste vos la que preguntaste. Dijiste que no aguantabas la intriga hasta el final.

 

RAMONA: ¿Qué te pensás qué soy, una ansiosa de mierda?

 

POLONIO: No empecemos de nuevo, Ramona.

 

Ramona se pone de pie y  una luz rojiza la ilumina. La luz sobre Polonio se congela y queda estático. El sonido de la película cesa. Ramona mira hacia adelante.

 

RAMONA: Ahí lo tienen, mirando su película preferida. Él dice que le gustan las románticas pero yo sé que es fanático por las de terror. Pobre, se quiere hacer el romántico para conquistarme. Lleva años persiguiéndome… Casi le inicio un juicio por acoso sexual. Pero estoy acostumbrada porque a mí los hombres siempre me persiguieron. No sé… Hay algo en mis ojos que los trastorna. Como un magnetismo. Como un cristal de cuarzo.

 

Agacha la cabeza. Pausa. Mira hacia delante.

 

Sus ojitos. ¿Cómo eran sus ojitos? Recuerdo haberlos visto pequeños, redondos y deslumbrantes. Igual que los míos cuando era joven, pero sin el terror que yo llevo adentro.

 

Agacha la cabeza, se pasa la mano por las caderas acariciándoselas y alza lentamente la cabeza.

 

Vean mi figura. Esbelta como en los años mozos.  Hasta tengo mi propia corte, sino mírenlo a Euralio. Le hago una caída de ojos y se desmaya. Es que… yo fui educada en los colegios más caros porque provengo de una familia de la alta aristocracia.  Pero aquí nadie lo sabe. Es un secreto… Para que no se aprovechen… Ya vieron cómo es la gente. Ven dinero, posición y alcurnia y se pegan igual que una estampilla para sacar algún rédito. Aquí en la comunidad me conocen por Ramona… Un nombre que adopte en honor a mi cocinera… Es que le tenía afecto… Mira hacia el banco y mira hacia adelante. ¡Ay! Polonio, Polonio… Nunca tuvo en que caerse muerto. Yo lo bauticé con ese nombre cuando llegó a la comunidad. Se la da de culto pero no sabe nada. Puro bla, bla, bla. Lengua de trapo como yo le digo. Se mandó una macana, de las feas, pero nadie sabe a ciencia cierta qué. Pero les puedo asegurar que en la comunidad lo detestan, especialmente Euralio. Mal contrincante eligió para la contienda.

 

Polonio está sentado con la cabeza caída hacia delante. Ramona se sienta a su lado y lo sacude. La plaza se ilumina con una tonalidad gris verdosa.

 

RAMONA: Polonio, Polonio…

 

Polonio abre los ojos y estira los brazos.

 

POLONIO: Eh, ¿qué pasó?

 

RAMONA: Estábamos hablando del cine Astor y te quedaste dormido.

 

POLONIO: ¿Dormido?

 

RAMONA: Hasta roncaste.

 

POLONIO: Yo no ronco.

 

RAMONA: Un día te voy a grabar, Polonio, y lo vas a tener que escuchar.

 

POLONIO: Te dije que no ronco.

 

RAMONA: Hay que saber aceptar los defectos.

 

POLONIO: ¿Qué defecto?

 

RAMONA: El ronquido.

 

POLONIO: Muy bien. Entonces tengo el mismo defecto que Euralio.

 

RAMONA. ¿Por qué?

 

POLONIO: Porque Euralio ronca como un cerdo.

 

RAMONA: Imposible.

 

POLONIO: Lo escuché con mis propios oídos.

 

RAMONA: Imposible.

 

POLONIO: ¡Oh, sí! Su divina garganta no puede emitir el sonido gutural de un ronquido.

 

RAMONA: Siempre comparándote con los demás. Hasta parece un vicio.

 

POLONIO: Vicio, sí, justamente un vicio.

 

RAMONA: ¿Por qué la ironía?

 

POLONIO: ¿Ironía?

 

Polonio se levanta, toma el bolso de Ramona, mete la mano adentro y lo revuelve.

 

POLONIO: ¿Dónde está Ramona?

 

RAMONA: No metas tus sucias manos en mis pertenencias, Polonio.

 

Polonio saca del bolso un estuche de maquillaje.

 

RAMONA: No, el estuche no.

 

Polonio lo tira al suelo con fuerza y el estuche se desarma. Ramona se agacha y recoge los pedazos.

 

RAMONA: ¡Mi estuche de maquillaje importado! Mirá cómo lo dejaste, Polonio. Me costó un ojo de la cara conseguirlo.

 

POLONIO: ¿Dónde lo pusiste?…

 

Polonio saca del bolso un cepillo, papeles de diarios y dos vasos de lata arrojándolos al piso. Ramona los agarra a medida que caen.

 

RAMONA: ¿Qué cosa?

 

Polonio saca varias revistas ajadas, las revolea y las tira lejos del banco.

 

RAMONA: Mis revistas, Polonio. No, las revistas no…

 

Ramona se apresura a buscarlas y las aprieta contra el piso  deslizando su mano a lo largo de la hoja.

 

POLONIO: Ya sabés “que cosa”.

 

RAMONA: No sé de lo que estás hablando.

 

POLONIO: Lo sabés muy bien… ¿O acaso las ratas te comieron el cerebro?

 

Polonio estira la mano hacia una de las revistas que Ramona alisa.

 

RAMONA: No. No.

 

POLONIO: Ah, seguro que te lo tomaste.

 

Ramona se levanta, forcejea con Polonio y le arranca el bolso.

 

RAMONA: No me tomé nada.

 

POLONIO: ¿Dónde está entonces?

 

RAMONA: Euralio sufrió un accidente y lo tuve que asistir.

 

POLONIO: ¿Un accidente?

 

RAMONA: Sí. De trabajo… Un accidente de trabajo.

 

Polonio se queda inmóvil mirando a Ramona.

 

POLONIO: Ah, un accidente de trabajo… No me vengas a decir que usaste medio litro de alcohol por un chichón en la cabeza.  

 

Ramona llora.

 

RAMONA: No era un chichón. Tenía toda la pierna desgarrada.

 

POLONIO: ¿Te tomaste todo el alcohol que robé en la farmacia y no me dejaste ni una miserable gota?

 

RAMONA: Te juro que no me lo tomé, Polonio. Euralio tuvo un accidente. Preguntáselo cuando llegue.

 

POLONIO: Y la señora habla de romper contratos. Nosotros teníamos uno, Ramona.

 

RAMONA: Pero Euralio…

 

POLONIO: No metas a Euralio en esto. El contrato estaba firmado entre vos y yo.

 

Ramona se sienta y llora. Polonio se acerca, la toma de los pelos y le tira la cabeza hacia atrás.

 

RAMONA. ¡Ay no!, Polonio que me duele.

 

POLONIO: Partes iguales con el alcohol. ¿Te acordás, mi putita? Nadie iba a cagar a nadie. Yo lo conseguía y vos lo escondías. Ese era el pacto.

 

RAMONA: ¡Euralio! Escuché la voz de Euralio…

 

Polonio mueve la cabeza abriendo los ojos y mira a ambos lados del parque y suelta a Ramona.

 

RAMONA: ¡Euralio!

 

POLONIO: Maldito mequetrefe, aparece cuando menos se lo quiere ver. Y yo no quiero que me vean ni quiero verlo. Me voy al Ritz pero acordate que esto no va a quedar así.

 

Polonio sale y Ramona se desploma en el banco.

 

RAMONA: ¡Perro sarnoso! ¡Basura mugrienta! Anda a esconderte en el fondo de la cloaca como siempre lo haces. 

 

Llora. Guarda las cosas en el bolso.

 

RAMONA: Sos un vicioso. Un vicioso hijo de puta. No me lo tomé… No me lo tomé…

 

Agarra una de las revistas que esta en el suelo, la abre y se cae una foto que toma, mira y acaricia. 

 

RAMONA: Hasta consigo palpar la suavidad de su piel.

 

Huele la foto.

 

RAMONA: Y sentir el perfume a eucalipto.

 

Mira la foto.

 

RAMONA: Se te extraña… Ay, cuanto se te extraña… a pesar de que han pasado tantos años. Me acuerdo cuando contabas tus chistes verdes. Suelta una risa ¡Cómo me hacías reír!, hasta saltar las lágrimas… casi me quedaba sin aliento… ¿Y el ruido que hacías con la garganta? Era a propósito… y yo te decía que no me gustaba porque parecían estertores de muerte… Pero igual me reía y reía hasta sentir que mis mejillas se ponían coloradas como las de una adolescente. Luego me tomabas de la cintura… y bailábamos apretados toda la madrugada

 

Ramona baila mirando la foto.

 

Reloj no marques las horas

Porque voy a enloquecer

Él se ira para siempre

Cuando amanezca otra vez.

Nomás nos queda esta noche

Para vivir nuestro amor

Y tu tictac me recuerda

Mi irremediable dolor…

 

Se queda quieta. Silencio.

 

Esa pesadilla donde te devoraba la luna, gigante, redonda, pedazo a pedazo, mordisco a mordisco como si estuvieras en el medio de un eclipse. Por eso la luna te daba miedo y decías que era de mal agüero. Yo te llevaba al lado del río para que miraras el reflejo y no le tuvieras miedo… aunque al final no valió de nada. Pausa. Ella nació una noche de luna llena ¿sabés? Como si hubiera querido fraguar tu venganza. Lástima que no la pudiste ver. Ni tan siquiera imaginarla.

 

Mira hacia arriba.

 

RAMONA: Luna maldita… Fue la última que te vio con vida. No yo… Yo te vi con los ojos abiertos y la boca apretada…  

 

Se sienta y mira la foto.

 

RAMONA: Cómo te extraño Lisandro.

 

Agacha la cabeza. Oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                       ESCENA II

 

 

Polonio está sentado en el banco con los pies en un balde de agua, y los zapatos y las medias tirados a un costado. Ojea un diario, gira la cabeza, mira el reloj despertador apoyado sobre el banco y da un bufido.

 

POLONIO: Se atrasó una hora. Trescientos sesenta segundos tirados al tacho.

 

Mira el diario. Entra Ramona agitada.

 

RAMONA: Se me hizo tarde, Polonio.

 

POLONIO: Ya me di cuenta, mujer. Siempre remarcando lo obvio.

 

RAMONA: Me demoré en el Ritz.

 

POLONIO: ¿Estás segura que fue en el Ritz?

 

RAMONA: Sí, sino en que otro lugar.

 

POLONIO: O anduviste husmeando del otro lado del parque, lloriqueando en los rincones.

 

RAMONA: ¿Me estuviste espiando de nuevo?

 

POLONIO: Yo no espío, simplemente me intereso por las cosas que suceden a mí alrededor.

 

RAMONA: ¡Oh, qué bien! Hasta me siento aliviada.

 

POLONIO: ¿Dónde estuviste, Ramona?

 

RAMONA: Ya te lo dije, me demoré en el Ritz. Euralio no me dejaba venir.

 

POLONIO: La historieta de todos los días.

 

RAMONA: Le conté que tenía que hacerte los pies pero me dijo que yo no era la sirvienta de nadie.

 

Deja el diario sobre las rodillas.

 

POLONIO: Seguro, excepto la sirvienta de él.

 

RAMONA: A veces lo ayudo en algunas cosas.

 

POLONIO: ¿Algunas cosas? Si le das la teta todos los días.

 

RAMONA: La teta… la teta… Vivís con esa obsesión.

 

POLONIO: Tengo una uña encarnada.

 

RAMONA: ¿A dónde?

 

POLONIO: A dónde va a ser. En el pie.

 

Ramona saca del bolso un pedazo de trapo y una pequeña caja de la cual extrae una tijera. Se sienta en un cajón de madera frente a Polonio que retira el pie del balde y lo pone sobre su falda. Ramona toca la uña encarnada con la tijera.

 

RAMONA: ¿Es esta la uña?

 

POLONIO: ¡Ayyyyy! Maldita mujer, es claro qué es esa la uña.

 

RAMONA: Tiene mal aspecto, Polonio.

 

POLONIO: Ya lo sé que tiene mal aspecto. Si viniste para decirme eso mejor te hubieras quedado en el Ritz.

 

RAMONA: Está con un color violáceo… como de cangrena… Voy a tener que usar el alicate.

 

Ramona saca de la caja un pequeño alicate y corta la uña. Polonio contorsiona el cuerpo.

 

POLONIO: ¡Ayyyyy!

 

RAMONA: Polonio, si no te quedás quieto va a ser imposible curarte.

 

POLONIO: No, si me retuerzo por gusto nomás.

 

RAMONA: En esta vida hay que saber sufrir los dolores. Euralio siempre lo dice.

 

POLONIO: Repetís sus palabras como un loro. Te alecciona bien el desgraciado. Como si el hijo de puta hubiera sufrido bastante. ¡Ayyyyyyy! Me clavaste el alicate.

 

RAMONA: El alicate lo tengo en la mano. ¿Ves? Aquí en mi manito… Ni siquiera te lo hundí en la uña.

 

POLONIO: Te estás vengando, mujer.

 

RAMONA: ¿Vengando? ¿Por qué?

 

POLONIO: Por lo del otro día.

 

RAMONA: ¿El otro día?

 

POLONIO: Lo del alcohol.

 

RAMONA: ¡Ah! Lo del alcohol. No, si ya me había olvidado.

 

POLONIO: ¡Ayyyyyyy! Me clavaste el alicate de nuevo.

 

RAMONA: ¡Basta! Se terminó, Polonio. Si querés que te curen la uña pedíselo a Euralio.

 

Ramona se levanta, toma la cajita y guarda el alicate.

 

POLONIO: No, no, mujer. Te prometo que no me voy a quejar. Te lo juro.  Pero curame la uña vos.

 

RAMONA: ¿No vas a exhalar ni un solo quejido?

 

POLONIO: No.

 

RAMONA: Ni un simple suspiro.

 

POLONIO: Te lo juro.

 

RAMONA: Está bien. Pero te advierto Polonio que ante el menor murmullo me voy y te dejo tirado con tu cangrena.

 

POLONIO: Alcanzame la botella que está en el carrito.

 

Ramona busca una botella y se la trae.

 

RAMONA: ¿Qué es?

 

POLONIO: Nada que te interese.

 

RAMONA: ¡Ah, sí!

 

Ramona destapa la botella y la huele. Polonio da manotazos en el aire.

 

POLONIO: ¡Ei! ¡Ei! Mi botella.

 

RAMONA: Tiene un olor repugnante.

 

POLONIO: Pero te calienta el estómago. ¡Dámela!

 

Ramona se toma varios tragos del contenido.

 

POLONIO: ¡Ei! Mi botella.

 

Polonio se incorpora y apoya el pie.

 

POLONIO: ¡Ayyyyy!

 

Ramona lo empuja y Polonio se desploma en el banco gimiendo.

 

RAMONA: ¡Uyyyy! Es como plomo derretido.

 

Polonio se agacha y la toma de la pollera.

 

POLONIO: Dame la botella, Ramona. Dámela… Quiero mi botella…

 

RAMONA: Siempre remusgando por un poco de alcohol. Tomala… Aquí la tenés a tu bendita botella. 

 

Polonio toma todo el contenido de un solo trago, suelta un eructo y queda tendido en el banco.

 

POLONIO: ¡Ahhhh! Ahora podés operarme nomás.

 

RAMONA: ¿Operarte? ¡No! Te voy a arrancar el dedo gordo de cuajo.

 

Ramona se sienta en el cajón de madera, toma el alicate y le corta la uña. Polonio está tirado en el banco con los ojos entreabiertos.

 

RAMONA: ¿Sabés quién estaba en el Ritz?… Magdalena… La noté más demacrada y con los labios resecos. Preguntó por vos. Le dije que no habías ido porque estabas encaprichado. ¿Caprichito está encaprichado?, me dijo… Así cómo lo escuchaste… Me causó tanta gracia, Polonio… Caprichito…

 

POLONIO: No quiero que me cuentes nada de esa puta…

 

RAMONA: Ella te aprecia, Polonio.

 

POLONIO: Es una zorra. Una vieja zorra astuta.

  

RAMONA: ¿Sabés lo que también me dijo?

 

POLONIO: No me interesa, Ramona.

 

RAMONA: Que te aprovechaste de ella en el cine.

 

POLONIO: Zorra y mentirosa.

 

RAMONA: Pero qué le gustó. Me pidió que te preguntara si lo disfrutaste.

 

POLONIO: ¿Qué?

 

RAMONA: Lo que te hizo con la boca.

 

POLONIO: ¿Con la boca?

 

RAMONA: Sí, con la boca.

 

POLONIO: Hablamos… Nada más que hablamos.

 

RAMONA: ¿Hablaron?… Me imagino, Polonio… Magdalena suele tener una lengua bien afilada… o melosa, dependiendo del momento.

 

POLONIO: No más que la tuya. ¡Ayyyyy! Ese maldito alicate de nuevo. ¿Qué es lo que te pasa hoy, mujer? ¿No podés ser más suave?

 

RAMONA: ¿Más suave, Polonio? Si te estoy tocando como si tuviera puesto guantes de gacela. Lo mismo que mi lengua, cuando la muevo es para hablar con mesura. Evalúo el contenido de cada palabra antes de soltarla por la boca.

 

POLONIO: Evalúo… Se ríe. Evalúo… Sos tan graciosa, mujer.

 

RAMONA: ¿Tanto cómo Magdalena?

 

POLONIO: Más, mucho más…

 

RAMONA: Te parece…

 

POLONIO: Aja…

 

RAMONA: Euralio dice que se le notan mucho los huesos.

 

POLONIO: ¿A quién?

 

RAMONA: A quién va a ser. A Magdalena.

 

POLONIO: No, si tiene una buena figura.

 

RAMONA: Está ancha de caderas y la piel le cuelga de los brazos.

 

POLONIO: Eso la hace más atractiva.

 

RAMONA: ¿Atractiva?

 

POLONIO: Sino fijate cuantos clientes tiene en el Ritz.

 

RAMONA: No más que yo.

 

POLONIO: No sé.

 

RAMONA: ¿Cómo qué no sé? Si hasta Euralio lo dice.

 

POLONIO: ¿Y qué es lo qué dice Euralio?

 

RAMONA: Que soy más productiva que Magdalena.

 

POLONIO: Productiva… Se ríe. Productiva… Sí, definitivamente sos más graciosa que Magdalena, mujer.

 

RAMONA: Sin ninguna duda valgo más que ella, ¿No es cierto, Polonio?

 

POLONIO: Productiva… ¡Ayyyyyy! El alicate. Me clavaste el alicate en la uña.

 

RAMONA: Se me resbaló.

 

POLONIO: ¡Ayyyy! Maldita mujer.

 

RAMONA: La uña está casi despegada.

 

POLONIO: Ya no soporto tanto dolor.

 

RAMONA: Vamos, que falta poco.

 

POLONIO: Duele mucho, Ramona.

 

RAMONA: No más que sacarse una muela… Me dijo que se enteró porque viniste a la comunidad.

 

POLONIO: ¿Quién?…

 

RAMONA: Magdalena, Polonio.

 

POLONIO: ¡Qué puede saber esa puta!

 

RAMONA: Euralio se lo contó.

 

POLONIO: ¿Euralio?

 

RAMONA: Sí.

 

POLONIO: ¿Euralio lo sabe? ¿Por qué no me dijo nada?

 

RAMONA: Debe andar muy ocupado.

 

POLONIO: Si el quisiera me podría entregar.

 

RAMONA: ¿Entregar?... ¿Entregar a quién, Polonio?

 

POLONIO: No es de tu incumbencia, mujer.

 

RAMONA: ¡Qué insolente! Trato de ser amigable. De mantener una conversación vivaz y el señor me dice que no es de mi incumbencia.

 

POLONIO: ¿Qué más te contó Magdalena?

 

RAMONA: No sé.

 

POLONIO: ¡Ramona! ¿Qué más contó Magdalena?

 

RAMONA: No me acuerdo.

 

POLONIO: ¡¡Ramona!!

 

RAMONA: Bah, cosas de mujeres… Chimentos… Sabés cómo es la gente en el Ritz.

 

POLONIO: ¿Qué clase de chimentos?

 

RAMONA: Me comentó que a Euralio no le gustó la chanchada que te mandaste.

 

POLONIO: ¿Cuál? ¿A qué te referís?

 

RAMONA: No lo sé, Polonio. No llevo la cuenta de las chanchadas que hace la gente en nuestra comunidad.

 

POLONIO: Yo no hice ninguna chanchada.

 

RAMONA: Seguro.

 

POLONIO: Ninguna.

 

RAMONA: Si querés sacarte la duda preguntáselo a Euralio.

 

POLONIO: No quiere hablar conmigo.

 

RAMONA: No es cierto. Fuiste vos el que se encaprichó y le cortaste el saludo.

 

POLONIO: Es que me cansó con su aire de superioridad. ¿Quién se cree qué es? Mirándome por encima del hombro. Si proviene de la misma mierda de donde todos venimos.

 

RAMONA: Yo no. Estoy aquí por propia elección.

 

POLONIO: ¡Ah! ¿Sí?

 

RAMONA: Hay un momento en que uno debe desaparecer, recluirse, para así poder sobrevivir y renacer en un mundo diferente… Y aquí me ves… Renaciendo cada día, con más fuerza, con más ímpetu…  

 

POLONIO: Sí, hasta que te consumas… Consumida por el alcohol en el medio de una borrachera, manoseada por todos los vagabundos del Ritz.

 

RAMONA: Sos implacable, Polonio.

 

POLONIO: Tanto como lo son conmigo. (Pausa) (Para si) Lo que yo hice otros lo hicieron y no por amor.

 

Ramona le empuja el pie de su falda a Polonio.

 

RAMONA: La uña ya está despegada.

 

POLONIO: Pero todavía me duele.

 

Ramona se levanta y guarda la caja en el bolso. Polonio se pone las medias y los zapatos.

 

RAMONA: No tengo ningún remedio para eso. Soy una simple manicura, no una farmacéutica. 

 

POLONIO: Y por qué no una bailarina…

 

RAMONA: ¿Una bailarina?

 

POLONIO: De esas que se mueven para agradar y despiertan tentaciones…

 

RAMONA: Una bailarina…

 

La plaza toma un tinte color rojizo y se escucha la música: Je t’aime… Moi non plus, versión original 1967 Brigitte Bardot. Polonio queda inmóvil en el banco poniéndose un zapato. Ramona se saca el broche que sostiene el pelo y lo deja caer libre sobre los hombros. Sacude el cabello con las manos dejándolo batido y vaporoso. Camina lentamente hacia el banco moviendo las caderas y los hombros al ritmo de la música, se sienta y levanta las piernas acariciándolas.

 

RAMONA: ¿Les gusta?… Pero no se pueden tocar… Es solo para mirar y desear… Lola es así… Puro fuego…

 

Se levanta del banco, baila y mira hacia adelante.

 

RAMONA: ¡Ey, rubio! ¿Cuánto valen estas piernas?

 

Se da vuelta y aprieta la pollera marcándosele las nalgas.

 

RAMONA: ¿Y este culo?

 

Mira hacia adelante.

 

RAMONA: ¿Qué dijiste?… ¡Ja! Te pensas que por esos mangos me voy a revolcar… Lola es una mina cara, querido… Cara… Se acuesta solo con coroneles y generales… ¿Cómo? ¿Querés que te baile la danza del vientre? Eso sale más guita, mi amor… Lola no mueve el ombligo así por que sí. Necesita de un incentivo… Un buen incentivo…

 

Ramona camina hacia el banco moviendo las caderas en forma pronunciada, se sienta y cruza las piernas. Gira el cuerpo hacia el lado contrario al que está sentado Polonio y se recoge el cabello con un broche.

 

RAMONA: ¿Cómo te llamás, bombón?… ¿Lisandro? Nombre extraño, che. Lisandro… Me imagino un gaucho con alpargatas… Son contados con los dedos de una mano… Cómo lo escuchaste… Con los dedos de una mano… Los que entran a mi camarín. Porque yo me hago valer, ¿sabés?… Lola se hace valer… ¿Por qué me mirás así?… ¿Porque te causo ternura? Mirá vos, nadie me lo había dicho. Yo causando ternura… Suelta una carcajada. ¿Quién?… ¿Lola la madre ó Lola la tía?… Se pone seria. Sos tan joven, bombón. ¿Qué edad tenés?... ¿Veinticinco?... ¿Yo?... ¡Ja! ¡Ja! Ya ni me acuerdo.  No me mirés así, Lisandro… ¿Así cómo?

 

Pausa. Cesa la música.

 

RAMONA: Así con tanta ternura.

 

La plaza toma un tinte gris verdoso. Ramona está sentada con los ojos entrecerrados al lado de Polonio que se ata los zapatos.  

 

RAMONA: Una bailarina… Sí. Estudié danzas clásicas de chica…

 

POLONIO: ¿Danzas clásicas? ¿Cuáles? ¿El lago de los cisnes, la bella durmiente,…?

 

RAMONA: Todas.

 

POLONIO: ¿Todas?

 

RAMONA: ¡Sí! Con el vestido de tul…

 

POLONIO: ¿Mirá vos? Es difícil imaginarte.

 

RAMONA: Sin embargo Euralio me imagina bien.

 

POLONIO: Euralio nos imagina de todas las formas.  Pobres, ricos, putos, castos…

 

RAMONA: Él es el único que me conoce.

 

POLONIO: ¿Qué te conoce cómo, Ramona?

 

RAMONA: Cómo soy. La que soy. Desde que llegué a la comunidad me recibió diciéndome: bienvenida, hija… Y me entregué en sus brazos. Cierra los ojos y levanta la frente. Bienvenida, hija. Yo no lo supe decir cuando debía. Me lo guardé y me quedó atravesado en la garganta. Abre los ojos. Mira a Polonio. Dijo que le despertaba ternura ¿sabés?… Usó  la misma palabra que alguien me dijo muchos años atrás. Ternura… Y le creí, Polonio. Cómo le había creído a aquella persona… Y me dije al fin estoy en casa.

 

POLONIO: ¡Ja! ¡Ja! Sí, al fin estás en casa. ¡Y en qué casa!...

 

RAMONA: En mí casa.

 

POLONIO: Nuestra casa. Y el señor te pasea como si fueras un trofeo de guerra…

 

RAMONA: ¿Un trofeo de guerra?

 

POLONIO: ¡Sí! Su trofeo de guerra. Vos, Magdalena y esa otra rubia insulsa de mirada lánguida.

 

RAMONA: Marga.

 

POLONIO: Sí, Ramona, Magdalena y Marga, su corte triunfal.

 

Polonio se levanta, apoya el pie y camina.

 

POLONIO: ¡Ayyyy! Duele, esta uña de mierda duele.

 

Camina rengueando.

 

POLONIO: Estarás satisfecha me imagino, al verme así como un lisiado. Andá corriendo a contárselo a Euralio para que la goce. Decíle que si quiere junto unas monedas en la calle, mientras vos te prostituís en el Ritz. Podemos formar una buena dupla. Vos en el callejón y yo dando la vuelta manzana. ¿Cómo él la define? ¡Ah, sí! Una fuerza de tarea. Fuerza de tarea la puta madre que lo parió. Si se rasca las pelotas todo el día. Total, los imbéciles lo adoran como un rey. Yo incluido. No sabés como me duele, Ramona. Más que esta uña de mierda. Tengo que apretar los dientes cuando lo veo para no soltarle una maldición.

 

RAMONA: Mantenélos apretados hasta que te sangre la lengua. Tengo un presentimiento, Polonio, y no quisiera escucharlo. Es como la luna llena, redonda y plateada en un pozo.

 

POLONIO: Dejáte de decir pavadas, mujer.

 

RAMONA: ¿Pavadas? Pavadas son las que vos decís en el Ritz. Rodeado de esa manga de crápulas que se ríen para complacerte. Pero Euralio  ya te caló. Me lo dijo bien clarito. Te está siguiendo el juego Polonio y cuando menos  lo esperes, zas, te aplasta como a una babosa.

 

POLONIO: ¿Pavadas?… yo no digo pavadas…

 

La plaza toma un color azulado. Ramona queda inmóvil en el banco.

 

POLONIO: Siempre repite lo mismo, papá. Nada le conforma… Todo lo que hago lo hago mal… Tengo quince años y sé lo que quiero… Sí, no me mire con aire sobrador…  No, no soy un vago… Me gusta tocar el saxo… Ese instrumento de mierda cómo usted lo llama… No diga eso de mamá… No, papá, no estoy levantando la voz…

 

Se protege la cara con los brazos.

 

POLONIO: No, no me pegue, papá. Duele…

 

Cae arrodillado y solloza.

 

POLONIO: No es cierto que me encierro en la pieza con mamá. Se lo juro…

 

Apoya la cabeza en el piso y se cubre con los brazos.

 

POLONIO: ¡Ayyyy! No lo hago más… No lo hago más… Se lo juro… Pero no me pegue… ¡Ayyyyy! Papá… Basta, papá…

 

La plaza se torna gris verdosa. Ramona se levanta y se acerca a Polonio.

 

RAMONA: Te duele mucho, Polonio.

 

POLONIO: Sí, mucho.

 

RAMONA: No sé que remedio darte para la uña.

 

POLONIO: ¿La uña?

 

RAMONA: Sí, la uña encarnada.

 

POLONIO: ¡Ah, sí! Mi uña.

 

Polonio se levanta y ayudado por Ramona va rengueando hasta el banco. Se desploma.

 

POLONIO: Estoy tan cansado, Ramona.

 

RAMONA: Todos lo estamos, Polonio.

 

POLONIO: Me tiraría en este banco a dormir. Mil horas… Mil años… Hasta quedarme tieso.

 

RAMONA: Se me hace tarde. Ya debería estar en el Ritz.

 

POLONIO: ¿Por qué? ¿Te controlan el horario?

 

RAMONA: Es mi trabajo, Polonio.

 

POLONIO: Tu trabajo… Tu trabajo… Cuando llegué a la comunidad no lo hacías.  Hasta que te lo pidió Euralio. Ahora casi todas las noches te la pasas en el Ritz.

 

RAMONA: De algo hay que vivir.

 

POLONIO: Pero no está bien, Ramona.

 

RAMONA: ¿No esta bien qué? Por lo menos lo dejo contento a Euralio.

 

POLONIO: Euralio vive contento. Con su séquito de andrajosos y de prostitutas. No ves que te usa… Algunas veces como un desecho. Otras como su correo secreto para traer y llevar información. Para finalmente engolosinarte haciéndote creer que sos una madama.

 

RAMONA: Lo sé. Pero me gusta. Me da jerarquía, me da status. Todos me respetan en el Ritz.  Prefiero ser una madama y no un vago como él te dice.

 

POLONIO: ¿Un vago?… Pero vaya, vaya, Ramona, de lo que uno se viene a enterar. Por que no hago lo que su majestad quiere me dice que soy un vago.

 

RAMONA: Vago y rufián. Es lo que comentan en el Ritz.

 

POLONIO: El Ritz… No me hagas reír, Ramona. Ese callejón inmundo lleno de basura.

 

RAMONA: Euralio fue el que lo bautizó.

 

POLONIO: Con el nombre de un hotel de lujo. El Ritz… Vengan señores a apretar unas buenas tetas y chupar unos buenos culos. Euralio los provee de todo. Desde licor barato hasta agua de la alcantarilla. Diviertánse una noche sudorosa escuchando música bailantera y franeleándose en los rincones.

 

RAMONA: Estás borracho, Polonio.

 

Polonio se acerca a Ramona y estira las manos hacia ella. Ramona se aleja.

 

RAMONA: No me metás la mano encima, Polonio.

 

POLONIO: Si ni te he tocado, mujer.

 

RAMONA: Las ganas que tenés. Se te nota en la cara.

 

POLONIO: La cara… La cara… Cómo si te pudiera decir algo…

 

RAMONA: Sí que me dice. Más de lo que pensás.

 

POLONIO: Mi viejo proclamaba que las mujeres no piensan. Actúan. Son seres inanimados. Como mi vieja que desapareció.

 

RAMONA: ¿Murió?

 

POLONIO: Desapareció… ¿No fue esa la palabra que te dije? Desapareció… Se volatilizó en el aire…

 

RAMONA: ¡Qué ocurrencia, Polonio! ¿Cómo alguien se va a volatilizar?

 

POLONIO: Mi vieja lo hizo. Lo consiguió. Violando todas las leyes de la física. ¡La muy hija de puta!

 

RAMONA: No me gusta que la llames así.

 

POLONIO: ¿Cómo?

 

RAMONA: Así…

 

POLONIO: ¿Así, cómo?

 

RAMONA: En forma despectiva…

 

POLONIO: Era una puta…

 

RAMONA: Las madres son madres, Polonio…

 

POLONIO: ¿Por qué? ¿Tienen alguna categoría especial? Porque si la tienen, yo no estoy al tanto.

 

RAMONA: Tiene la categoría de madre, y deben ser respetadas por eso que son…

 

Polonio aplaude.

 

POLONIO: Muy bien… Muy lindo el discurso, señora, porque no tenía conocimiento que existía esa categoría en el reino animal. (Pausa) Porque la mía fue un animal. ¿Lo sabías?

 

RAMONA: No me interesa esa historia.

 

POLONIO: Pero ahora yo la quiero contar, señorita doña sabe lo todo.

 

RAMONA: Te dije que no, Polonio.

 

POLONIO: Y yo digo que sí.

 

RAMONA: Contáselo al banco si querés.

 

Ramona se aleja.

 

POLONIO: Muy bien.

 

Polonio se sienta en el piso frente al banco.

 

POLONIO: Me decían que era un muchachito rebelde. Por eso en el barrio me apodaron el rockero…

 

Ramona se acerca a un árbol sin hojas.

 

RAMONA: Mirá, hay un nido, Polonio.

 

POLONIO: Me dedicaba a romper los vidrios de las ventanas, tirar hondazos a los pájaros y masturbarme todos los días.

 

RAMONA: Será que es de torcaza, paloma o gorrión. Cómo saberlo si está vacío.

 

POLONIO: Mi vieja decía que era un vicioso de mierda pero yo sabía que me espiaba mientras me hacía la paja tirado arriba de la cama.

 

Ramona mira el piso.

 

RAMONA: ¡Oh! Hay un pájaro muerto. Está con las alas quebradas.

 

Se agacha a recogerlo. Lo pone en su mano y lo acaricia.

 

POLONIO: La escuchaba jadeando del otro lado de la puerta y yo más me calentaba.

 

Ramona se adelanta y una luz rojiza la ilumina. Estira las manos hacia delante con el pájaro entre ellas. Polonio queda estático.

 

RAMONA: Está con la cabeza colgando, el pico abierto y los ojos cerrados. Igual que (pausa) Cuando me la mostraron no la quise ver. Para qué. Si en realidad ya no era mía. Y no vale la pena ver algo que no es de uno.

 

Ramona junta los brazos uno sobre otro y en una de las manos sostiene el pájaro. Balancea los brazos de un lado al otro. Mira el pájaro y sonríe.

 

Pero no pude resistirme y finalmente la miré. Y me sonrió, les juro que me sonrió como si me hubiera reconocido. La había tenido con tanto dolor porque yo empujaba hacia adentro para que ella no consiguiera salir del vientre. Aunque sabía que lo que pedía era imposible. Se la llevaron. En pocos minutos me la arrancaron de los brazos.

 

Ramona llora y el pájaro se le cae de la mano.

 

Y no hice nada. Me quedé con la mirada clavada en el techo. Ese había sido el pacto. No debía hacer nada. No debía decir nada… Era una buena familia. Fue eso lo que me dijeron. Como si fuera un consuelo. Y yo creo que lo fue. Firmemente pienso que fue la mejor salida. La mejor solución. Si las cosas hubieran sido distintas… Me la hubiese quedado. Pero no la podía tener conmigo. La vida de una artista es complicada. Entrando y saliendo todo el tiempo. De día, de noche. Era imposible tenerla. Y la vi crecer de lejos. Como cuando miraba crecer los almácigos de pensamientos que mi padre había plantado en el borde del jardín. Yo era chica y crecían a una velocidad espeluznante. Como mi hija. La traía al parque una niñera. Todos los días. A este parque. Bueno, no exactamente aquí. Jugaba del otro lado donde están las casas con balaustradas de mármol.

 

La plaza se ilumina con una tonalidad gris verdosa. Ramona baja la mirada, recoge el pájaro y lo acomoda en la mano.  Se acerca a Polonio que está sentado en el piso frente al banco y extiende la mano.

     

RAMONA: Mirá, es un pájaro, Polonio.

 

POLONIO: Sacáme ese pájaro de mierda. ¿No te das cuenta que está muerto? Lleno de pulgas, gusanos, enfermedades.

 

RAMONA: No. No está muerto. Está dormido.

 

Ramona envuelve el pájaro en un trapo y lo guarda en el bolso.

 

POLONIO: ¿Dormido? Dormido las pelotas. Estás loca, Ramona. Loca de hospicio. Loca de atar.

 

RAMONA: Y vos estás borracho como una cuba.

 

POLONIO: Te juro que no bebí ni una gota, mujer. Soy abstemio.

 

RAMONA: ¿Abstemio?  Suelta una carcajada. Abstemio… ¡Ay! Polonio, si naciste con una botella de coñac debajo del brazo.

 

POLONIO: Pucha, ¡Qué fina la señora condesa! Coñac… Una botella de coñac… Si nunca lo probaste. Ni siquiera oliste su fragancia.

 

RAMONA: No es cierto… Mi padre lo bebía todas las noches fumándose un habano después de la cena.

 

POLONIO: ¿Ah, sí?

 

RAMONA: Mientras mi madre tocaba una mazurca en el piano de cola.

 

POLONIO: Hummmm, encantador.

 

RAMONA: Los jarrones de opalina estaban llenos de rosas amarillas, y un perfume de jazmines se desparramaba por toda la casa.

 

POLONIO: Un sueño…

 

RAMONA: Yo llevaba un vestido blanco con puntilla de broderie…

 

POLONIO: Con un gran moño en la espalda…

 

RAMONA: Con un gran moño en la espalda.

 

POLONIO: Fascinante.

 

RAMONA: Los sirvientes recogían la cristalería de bohemia y los platos de porcelana, mientras yo comía delicadamente una porción de torta de chocolate, que la cocinera de la casa había preparado.

 

POLONIO: ¡Qué sofisticación!

 

RAMONA: Así se desarrolló mi vida…

 

RAMONA Y POLONIO: Entre encajes y tules.

 

POLONIO: La cocinera se llamaba Ramona… ¿No es cierto?

 

RAMONA: ¿Ramona?

 

POLONIO: La que te preparaba las tortas.

 

RAMONA: ¿Ramona?

 

POLONIO: Así es la historia, ¿no? Por eso lo de tu nombre.

 

RAMONA: No quiero contar esa historia.

 

POLONIO: Euralio vive desparramándola por todos los rincones… Te llama la chica que come porciones de torta de chocolate… ¿O te gusta más que te diga la del vestidito de broderie?... Igual el dice que somos sus inadaptados… ¡Inadaptados, Ramona! ¿Te das cuenta? Vos, yo, Magadalena, Marga… ¡Inadaptados!

 

RAMONA: Si Euralio lo dice así debe ser…

 

POLONIO: A mí me sacaron del medio. Como si fuera un estorbo. Una piedra en el ojo que causa escozor y molestia.

 

RAMONA: Yo lo tenía todo, Polonio.

 

POLONIO: ¿Todo, señora condesa?

 

RAMONA: Lo tenía y no lo sabía. Es lo mismo que descubrir la luz y darlo como si fuera un hecho. Cada día al abrir los ojos el resplandor enciende la retina, y está ahí, no nos maravilla. Es una rutina diaria que se vuelve un complemento de nuestras vidas. Sin embargo, es un acto asombroso digno de un alquimista. Fue lo que me pasó cuando conocí a Lisandro…

 

POLONIO: Lisandro… Lisandro…

 

RAMONA: La luna se reflejaba en el pozo…

 

POLONIO: No me interesa esa historia, Ramona.

 

RAMONA: La luna llena, redonda…

 

POLONIO: Te dije que no me interesa.

 

El lugar toma un tinte rojizo y Polonio queda inmóvil. Ramona se levanta, agarra el bolso y se sienta en el suelo. Se escucha el ruido de un viento suave y olas rompiendo sobre la arena. Saca un pedazo de paño y lo extiende. Pone dos vasos de plástico sobre el paño. Respira profundo y suelta el aire con un suspiro.

 

RAMONA: Hay que tragar bien el aire hasta llenar los pulmones. Es por el yodo ¿sabías?… No hay nada mejor para la tiroides. Respira profundo y suelta el aire con un suspiro. A mi tía Clotilde no le funcionaban bien… y le vino un bocio. Tenía la garganta deformada y temblaba con un tremor fino sudando de ansiedad… Hasta que la operaron… Pero no salió bien… Murió mientras la cosían… Saca una botella vacía del bolso y la muestra. Sauvignon blanc… El general Iribarren siempre decía que en la playa se debe tomar Sauvignon blanc en vasos de cristal…  Sirve de la botella vacía en los vasos de plásticos.  Era un hombre de abolengo con un gusto exquisito… Cuentan que lo mataron en un combate durante la revolución del treinta, pero yo sé de buena fuente que la amante lo envenenó. Ves, casi no llevo maquillaje. Cómo vos me pediste. A cara lavada y con el pelo recogido. Solo me puse un poco de rouge en los labios… Es por la costumbre, ¿sabés? ¿Cómo Lisandro? ¿Qué no te gusta el vino y el aire de mar te embota la cabeza?… Tira el contenido de los vasos de plástico, tapona la botella y guarda todo en el bolso.  Sí, es cierto… En realidad el aire está denso y pesado… Casi ni se puede respirar.

 

Ramona se levanta y se sienta en el banco. El ruido del mar cesa. Se escucha el silbato de una locomotora. Polonio abre un diario y da vuelta las páginas. Ramona estira el cuerpo por el costado del banco.

 

RAMONA: No te olvides de llamarme, Lisandro. ¿Qué fue lo que dijiste?  

 

Se escucha el ruido de los vagones en movimiento.

 

RAMONA: No te escucho, Lisandro.

 

El ruido del tren se hace más fuerte.

 

RAMONA: ¿Qué si te quiero?

 

Ramona se acomoda derecha en el banco. En voz baja.

 

RAMONA: Más que a mi vida, Lisandro…

 

Polonio cierra el diario y ambos se mueven con un suave balanceo rítmico.

 

POLONIO: ¿Su novio?

 

RAMONA: Apenas un conocido.

 

POLONIO: Lo vi muy enamorado.

 

RAMONA: ¿A quién?

 

POLONIO: A su novio. No le sacaba los ojos de encima.

 

RAMONA: ¿Siempre se anda fijando en lo que hacen los demás?

 

POLONIO: En algunas ocasiones. Los viajes de negocio son muy aburridos. Y mirar a las personas es una distracción interesante.

 

RAMONA: No sé por qué.

 

POLONIO: Observe por ejemplo aquel joven que está parado al lado del tercer asiento. ¿Lo ve?

 

RAMONA: ¿Cuál?

 

POLONIO: El del bigote fino.

 

RAMONA: ¿Qué tiene?

 

POLONIO: Está con la mirada clavada en un punto indefinido. Como si estuviera absorto en sus pensamientos, ¿no?

 

RAMONA: Así parece.

 

POLONIO: En apariencia.

 

RAMONA: ¿En apariencia?

 

POLONIO: Así es. Repare en el movimiento de su cuerpo.

 

RAMONA: No veo nada de particular.

 

POLONIO: Mire como se balancea discretamente al ritmo de las sacudidas del tren. Ahora observe el hombro de la joven sentada del lado del pasillo. ¿Qué ve?

 

RAMONA: Alguien que está leyendo una revista.

 

POLONIO: Respuesta equivocada.

 

RAMONA: Le cuento lo que veo. Si usted imagina otra cosa, es su problema.

 

POLONIO: Mírele los ojos. No se da cuenta que no está leyendo. Al contrario, espera que se produzca el próximo vaivén para poder acercar aún más el hombro.

 

RAMONA: Me parece repugnante.

 

POLONIO: ¿Por qué? Si los dos están disfrutando del juego.

 

RAMONA: ¿Del juego?

 

POLONIO: Sí. Un juego rápido y placentero que se desvanece con el anonimato. Pero el deleite de ese instante nadie se los puede quitar. Fue de ellos… Pura y únicamente de ellos.

 

RAMONA: Sí ni siquiera se conocen.

 

POLONIO: Por supuesto. Ahí reside la fuerza. El impulso que los lleva a desear estar más y más próximos… Como nosotros. Ni yo la conozco a usted ni usted me conoce a mí, sin embargo hemos establecido un punto de contacto a través de la observación espontánea de nuestros congéneres.

 

RAMONA: Sepa que no me interesa continuar escuchando su dialogo rebuscado. Además, me bajo en la próxima estación.

 

Ramona queda congelada, Polonio dobla el diario, se lo pone debajo del brazo y se levanta. Mira hacia adelante.

 

POLONIO: Nunca más nos volvimos a ver después de esa conversación en el tren. Nunca más es una forma de decir porque el destino borda atajos inesperados. Aquel día mi rostro había sido como tantos otros rostros que desfilaron por la estación. Borroso… Fuera de foco… Pero volví varias veces al pueblo dónde su novio la despidió. Por negocios… Negocios para resolver.

 

La plaza se ilumina con un color gris verdoso. Ramona se levanta del banco y toma un bolso pequeño.

 

RAMONA: Polonio, tengo que ir para el Ritz.  Si Euralio ve que llego tarde me va a dar un escarmiento.

 

POLONIO: ¿Cómo? ¿El Ritz?

 

RAMONA: Sí, el Ritz. Parece que estás sordo últimamente. Te dejo la manta de arpillera para que te tapes. El viento del sudeste no nos va dar respiro esta noche.

 

Ramona sale.

 

POLONIO: El viento del sudeste…

 

Saca una botella guardada en el carrito y una manta de arpillera del bolso de Ramona. Se dirige al banco y se sienta. Toma un sorbo largo de la botella, suelta un suspiro y mira hacia arriba.

 

POLONIO: El viento del sudeste… El invierno está siendo interminable… Interminable y aburrido como lo fueron mis viajes de negocios. Yendo de pueblo en pueblo con un maletín de cuero vestido de traje y corbata. ¡Ja! Todo un gentleman.

 

Da un bostezo y toma otro trago de la botella. Suelta un eructo. Se estira en el banco poniéndose de costado y se tapa con la manta de arpillera. Coloca la botella al lado del pecho apretándola fuerte con las manos.   

 

POLONIO: Buenos noches, señor fracaso… Buenas noches, papá… Y que los sueños lo acompañen a usted hasta el infierno.

 

Toma otro trago y cierra los ojos. Oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                   ESCENA III

 

 

Polonio está acostado en el banco con los ojos cerrados. Entra Ramona.

 

RAMONA: ¡Polonio! ¡Polonio!

 

Ramona se acerca y lo sacude.

 

RAMONA: ¡Despertáte, Polonio!

 

Polonio emite unos gemidos y da unos manotazos al aire. Ramona lo sacude bruscamente y la botella vacía cae al piso. Ramona la recoge.

 

RAMONA: Siempre el alcohol… El bendito alcohol.

 

Ramona deja la botella y empuja a Polonio con fuerza  derribándolo del banco.

 

RAMONA: Abrí los ojos, reverendo hijo de puta.

 

Polonio en el suelo gimotea de dolor. Ramona lo golpea en la cara. Polonio abre los ojos y habla con voz gangosa.

 

POLONIO: ¿Qué? ¿Qué?… ¿Ramona?

 

RAMONA: Sí, Ramona. La misma que comparte este banco con vos. 

 

POLONIO: Dejáme dormir, Ramona.

 

RAMONA: ¿Dormir? ¿Dormir después de lo que me dijo Magdalena?

 

Polonio se acomoda en el suelo, pone la cara encima del brazo y cierra los ojos.

 

POLONIO: Magdalena… De nuevo Magdalena…

 

RAMONA: No, no se va a dormir señor Mendieta.

 

Polonio abre los ojos.

 

RAMONA: ¿Qué me dice, señor Mendieta?… No hemos sido presentados formalmente…

 

POLONIO: En la comunidad está prohibido usar el verdadero nombre.

 

RAMONA: No cuando Euralio lo autoriza. Y Euralio lo autorizó esta noche en el Ritz.

 

Polonio se incorpora a medias.

 

POLONIO: ¿Y quién es él para revelar mi nombre?

 

RAMONA: El jefe de esta comunidad.

 

Polonio se levanta tambaleando.

 

POLONIO: Voy a tener unas palabritas con él en cuanto lo vea. Mendieta… Yo no soy Mendieta… Me llamo Polonio…

 

RAMONA: Magdalena me contó también que conociste a Lisandro.

 

POLONIO: ¿A quién?

 

RAMONA: A Lisandro… ¡Mí Lisandro!…

 

Polonio cae de rodillas.

 

POLONIO: ¡Esa Putaaaaa! Solo sabe hablar falsedades y levantarse la pollera mostrando la vagina. 

 

Ramona toma a Polonio por las solapas y lo levanta.

 

RAMONA: Arriba, Polonio o le tengo que decir levántese señor Mendieta.

 

POLONIO: Soy Polonio, Ramona. Es una confabulación… Euralio elaboró este engaño para destruirme. Vos misma lo dijiste. Me quiere aplastar como a una babosa. No me llamo Mendieta y nunca lo conocí a Lisandro.

 

Ramona se sienta en el banco.

 

RAMONA: No me mientas, Polonio. No lo soportaría. No con Lisandro…

 

Polonio se sienta al lado de Ramona y la acaricia.

 

POLONIO: ¿Cómo podés pensar eso, mujer?

 

RAMONA: Con Lisandro, no… Por favor ¿No es cierto, Polonio?

 

POLONIO: No… No…

 

RAMONA: Era una noche como esta. El viento soplaba del sudeste y la luna redonda y clara se reflejaba en el pozo.

 

Polonio se levanta y revuelve los objetos que están en el carrito.

 

RAMONA: Lo habían buscado toda el día sin encontrarlo. Me acuerdo que era medianoche cuando el sargento golpeó la puerta y me llevó hasta el pozo. El pozo de la hostería del pueblo, Polonio… Y ahí estaba él… Solloza. Enredado en la soga que sostenía el balde, con los brazos en cruz…

 

POLONIO: ¿Dónde está la botella, Ramona?

 

RAMONA: Yo lo quería tanto, Polonio… Más que a cualquier cosa en mi vida… Con él la mentira se transformó en verdad, y me abrió un mundo de luz que ni siquiera imaginaba. Quedé embarazada, ¿sabías?…

 

POLONIO: ¿Embarazada?

 

RAMONA: Se lo iba a decir esa noche. La noche en que lo mataron. Pero no me dieron tiempo. Me quedé fría y vacía, y el rencor me congeló la sangre. Me odié por ser tan débil. Por haber cedido. Por llevar una parte de él en mis entrañas. Pero yo lo quería tanto… tanto… Llora.

 

Polonio se queda quieto mirándola a Ramona.

 

Silencio.

 

Polonio encuentra una botella, la abre y se toma el contenido de un solo trago.

 

RAMONA: Nunca pude contar lo que pasó… Hasta hoy en que Magdalena pronunció su nombre.

 

 

 

 

 

Polonio camina con la botella en la mano tambaleándose.

 

POLONIO: Magdalena se acostó con todos los nombres que pronunció en su vida.

 

RAMONA: ¿Con los nombres?

 

POLONIO: Sí, Euralio, Polonio, Lisandro… Los nombres… Los nombres… Miráte… pavoneándote cubierta con un manto de ingenuidad. Ay, yo lo quería, yo lo quería… La tortita de chocolate… El vestidito de broderie… ¡Ingenuidad! ¡Ja! Hasta Euralio se lo creyó, y junto con él, el resto de la comunidad.

 

RAMONA: No entiendo de lo que estás hablando.

 

POLONIO: ¡Oh, sí qué lo entendés muy bien!

 

RAMONA: Estás borracho, Polonio.

 

POLONIO: No, no estoy borracho porque el alcohol me abre la cabeza. Me la ilumina. Deja mi cerebro límpido y claro como un arroyo. ¿Cuál es tu verdadero nombre, Ramona? ¿Lola, la bailarina flamenca que mostraba el culo en un piringundín de mala muerte? o ¿Salomé, la que exhibía el ombligo bailando la danza del vientre?

 

RAMONA: Yo soy Ramona. Siempre fui Ramona.

 

POLONIO: A mí me gustaba más Salomé con ese contoneo de caderas y movimientos sinuosos. Una serpiente a punto de devorar la presa. Aunque a Lisandro le gustaba más Lola. Fue así como te conoció ¿No es cierto? Lola… Lola de fuego… Estaba deslumbrado el hijo de puta.

 

RAMONA: No, no es cierto…

 

POLONIO: Tan deslumbrado que corrió a tu camarín para besarte los tobillos. Después solo hablaba de vos. Día y noche, noche y día. Y yo escuchaba cada palabra y me mordía los puños. ¿Te acordás el día que hablamos en el tren?

 

RAMONA: ¿El tren?

 

POLONIO: Qué te vas acordar, si yo era un perfecto desconocido. Cruzamos unas palabras y te levantaste con aire ofendido ¡Aire ofendido!…

 

Polonio se para detrás del banco donde está sentada Ramona y le pone la mano en la garganta.

 

POLONIO: ¿Sabés para qué estaba en el tren esa mañana?

 

Ramona mueve la cabeza de un lado al otro. Polonio bebe un trago de la botella y acerca su cabeza a la de Ramona.

 

POLONIO: Para matarte.

 

Ramona se suelta de Polonio y se levanta del banco de un salto.

 

RAMONA: ¿Para matarme?

 

POLONIO: Sí, mujer. Matarte… Pero no tengas miedo. Si no lo hice aquel día no lo voy a hacer hoy. ¿Para qué? Si estamos en el infierno. Vos y yo, señorita como quiera que se llame. Juntos en el infierno hasta el día del juicio final.

 

RAMONA: Pero ¿por qué? ¿Qué te hice?

 

POLONIO: ¿Qué me hiciste?

 

Polonio bebe de la botella.

 

POLONIO: Me arrebataste lo único que me mantenía vivo. Aquello que transformó mi furia en calma, mi deseo en cariño, mi rencor en afecto.

 

RAMONA: ¿Arrebatarte?

 

POLONIO: ¡Sí, a Lisandro!

 

RAMONA: ¿Lisandro? ¿Qué tiene que ver Lisandro en todo esto?

 

POLONIO: Lo conocí en un cine. ¿Sabías? El Astor… Siempre iba a la matiné. Ese día daban una película de terror… Una de mis preferidas. Me acuerdo como si fuera hoy… “El monstruo de la laguna negra”… La película ya había empezado cuando vi su silueta recortarse a contraluz en la pantalla. Se iba a sentar en la fila de adelante pero cambió de idea y se sentó a mi lado.

 

Ramona camina hasta al banco, toma el bolso, lo abre y saca el estuche de maquillaje. Se sienta y se pinta los ojos y la boca mirándose en un pequeño espejo.

 

POLONIO: Apenas se acomodó en la butaca nuestros codos se tocaron. Fue un movimiento instintivo pero nada casual. Yo lo miré de reojo, rápido, fugazmente y comencé a estirar mi pierna tratando de buscar la suya.

 

RAMONA: ¿Y era buena la película, Polonio?

 

POLONIO: ¡Oh, sí! La chica estaba sentada en el bote… Sola, en el medio del lago… Y se reía y reía… No sé por qué… Sin ningún sentido… De repente el agua comenzó a burbujear como si estuviera a punto de ebullición, y apareció una mano rugosa que se aferró a su brazo. Todo el cine gritó sacudido con el ruido de la música, y yo refregué mi pierna en su pierna hasta sentir que el calor se hacía insoportable.

 

RAMONA: Estas películas de terror son todas iguales.

 

POLONIO: Fue como sentir un shock eléctrico. Ya no importaba ni el monstruo, ni la chica, ni el lago. Se habían desvanecido por completo en el medio de un huracán.

 

RAMONA: ¿También había un huracán?

 

POLONIO: Sí. Soplaba con una violencia desconocida y arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.  

 

RAMONA: A mí me suena falso, sabés. ¿Cómo va a haber un huracán en el medio de una película de terror? Los géneros no deben mezclarse. Toda persona con buen tino lo sabe.

 

POLONIO: Pero aquí se mezclaron.  Esa noche nos besamos hasta soltar sangre de los labios y nos revolcamos hasta que nos empapamos en sudor.

 

Ramona suelta el estuche de maquillaje y el espejo y se abalanza sobre Polonio golpeándolo con los puños. Polonio permanece quieto.

 

RAMONA: ¡Invertido! ¡Puto asqueroso invertido! 

 

POLONIO: Y nos amamos y nos deseamos con la lengua, con los dientes, con los dedos…

 

Ramona se desploma a los pies de Polonio sollozando.

 

RAMONA: No sigas más… Te lo pido, Polonio…

 

POLONIO: Hasta que apareciste vos…

 

RAMONA: ¿Yo?

 

POLONIO: ¡Sí, vos! Bailando en ese cafetín de mala muerte. Moviendo tus brazos incitándolo.

 

Polonio la toma a Ramona que está arrodillada en el piso.

 

POLONIO: ¿A ver? ¿Mostrame cómo eran esos movimientos de culebra? ¿O necesitás un poco de alcohol para activar el cerebro?

 

Polonio se tira encima de Ramona.

 

POLONIO: Seducíme, Ramona. ¿A ver? ¡Vamos!… Cómo lo seducíste a él.

 

Ramona forcejea con Polonio.

 

RAMONA: Salí de encima, Polonio. ¿Estás loco?

 

POLONIO: No te hagas la arisca. En el Ritz me contaron que sos más fácil de convencer que Magdalena y Marga.

 

Polonio le baja la pollera y se desabrocha los pantalones. La besa en la mejilla y Ramona da vuelta la cara. Se agarran de las manos y giran entrelazados.

 

RAMONA: Mirá que grito y lo llamo a Euralio.

 

POLONIO: Llamálo si querés. Euralio disfruta viendo lo que él ya no puede hacer.

 

RAMONA: ¡Euralio!

 

POLONIO: ¡Euralio! ¡Vamos! Llamémoslo juntos.

 

RAMONA Y POLONIO: ¡Euralio!…

 

POLONIO: Vamos… Vení Euralio a deleitarte con éste espectáculo… La señora me dijo que soy un puto invertido… Un puto asqueroso invertido… No debe conocer el tema, Euralio, porque puto e invertido son la misma cosa.

 

RAMONA: ¡Salí, Polonio!

 

POLONIO: Vamos, Ramona. Vamos… Mostrame… Quiero sentir lo mismo que él sintió. Quiero sentir su aliento… Su saliva…

 

RAMONA: ¡No lo tengo! ¡No lo sé!

 

Ramona se libera de Polonio y se arrastra hasta el banco. Queda en el piso.

 

POLONIO: ¿Por qué me buscás, Ramona?

 

RAMONA: ¿Yo?… ¿Buscarte?

 

POLONIO: Sí. Todo el tiempo me estás probando. Jugás con mi paciencia. Desde que apareciste en mi vida… En mi vida y en la de Lisandro…

 

RAMONA: Yo solo lo busqué a Lisandro…

 

POLONIO: ¡Qué estaba conmigo! Éramos indisolubles… Marcados a fuego…

 

RAMONA: Solo lo quería a él…

 

POLONIO: Lo tuve que hacer, Ramona… Yo no quería… Te lo juro… Sucedió de repente. Con una fuerza incontrolable. Vos me entendés por qué tuve que hacerlo ¿No es cierto? Hay cosas que no se pueden separar… No se pueden desunir… Son como polos magnéticos. Una vez que se acercan quedan atrapados sin remedio…

 

RAMONA: ¿Atrapados?

 

POLONIO: Sí, atrapados. No hay escape… No hay fuga… Todo está predeterminado… No lo podía dejar… ¿Ves?… Que se deslumbrara con algo fugaz como un meteoro incandescente… Para que después quedaran solamente partículas de polvo suspendidas en el aire…

 

RAMONA: Qué me estás diciendo, Polonio…

 

POLONIO: Que no podía dejar las cosas cómo estaban…

 

RAMONA: ¿Qué cosas?

 

POLONIO: Mis cosas… Dejarlas así, por la mitad…

 

RAMONA: ¿Por la mitad?

 

POLONIO: No podía dejarlo escapar, Ramona… Cuando me dijo que te esperaba en la hostería corrí a buscarlo para explicarle lo del meteoro, lo de la luz incandescente, lo de las partículas de polvo… Pero no me entendió…

 

RAMONA: Estás loco, Polonio…

 

POLONIO: Se lo expliqué hasta quedarme sin saliva pero me dijo que lo único que quería era irse a tomar el tren con vos, porque lo nuestro había sido una fábula… ¡Una fábula! ¿Lo escuchaste? ¡Lo llamó fábula! Cómo si fuera un chiste de mal gusto… Le atravesé el pecho… Con un cuchillo que llevaba en el maletín.

 

RAMONA: No…           

 

POLONIO: Con toda mí furia… Con toda mí fuerza…

 

RAMONA: No, no.

 

POLONIO: No me acuerdo en qué momento lo saqué ni en que instante fue a parar a mí mano. Lo único que veía era la sangre saliéndole del cuerpo a borbotones.

 

Ramona se levanta del piso, se sienta en el banco, toma el estuche de maquillaje y el espejo, y se pinta el rostro. Polonio queda arrodillado en el suelo.

 

POLONIO: Lo colgué en el pozo de la hostería… Adonde había marcado la cita con vos. Para que se quedara esperándote indefinidamente… Después me tomé el tren en la estación y me sumergí en los suburbios. Ahí lo conocí a Euralio… Me dio un beso en la boca y me dijo: bienvenido a casa, hijo…

 

RAMONA: Este color disimula las ojeras ¿No te parece, Polonio?

 

POLONIO: ¡Ahhhhhh!

 

Ramona se estremece y Polonio cae al piso sollozando. Ramona lo mira, deja el estuche de maquillaje y el espejo, se acerca y lo ayuda a levantarse, sentándolo en el banco. Toma el alicate y coloca el cajón de madera frente al banco. Se sienta, pone la pierna de Polonio sobre su falda y le saca el zapato y la media.

 

RAMONA: ¿Te duele mucho la uña?

 

POLONIO: No sabés cuanto, mujer.

 

Ramona levanta el alicate.

 

POLONIO: Hundílo en la carne, Ramona…  hasta que penetre el hueso.

 

Ramona mira hacia arriba.

 

RAMONA: Hay luna llena hoy, y el viento del sudeste va a soplar con más intensidad.

 

Ramona lo mira a Polonio.

 

RAMONA: Tapate con la manta de arpillera, total no la voy a necesitar. Tengo que hacer horas extras en el Ritz… Euralio me lo pidió.

 

Ramona usa el alicate. Polonio suelta un gemido largo y profundo.

 

RAMONA: ¿Te duele, Polonio?

 

POLONIO: Que llegue al hueso, Ramona. A lo profundo del hueso…

 

Oscuridad.