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Doris Lessing "El propio paisaje es engañoso" 

Por Elena Berro
 
  ¿Por qué elegir a una autora como Doris Lessing para iniciar estas reflexiones? Uno podría preguntarse si al lector le importa el por qué de esta elección. Me ha sucedido que al comenzar un libro y descubrirme en la primera página sonriendo, me digo: ahí vamos. Esta es mi propia respuesta como lectora. Lessing escribe y crea un mundo personal con el cual empatizo y me reconozco. Quizás ahí está el juego.

Lo primero que leí de ella fue Diario de una buena vecina[1] y en su inicio dice: “Todo cuanto sé es que ahora lo veo de una manera distinta a cómo lo veía mientras lo estaba viviendo”. Mi propia sonrisa me permitió darme cuenta de que en sus palabras reconocía un viaje realizado conmigo misma y que por supuesto aún continúa, así como acompañando a otros en el trabajo terapéutico que llevo a cabo entorno a la estructura de carácter en Bioenergética. ¿Cómo es esto de indagar y narrarnos a nosotros mismos? En esa confesionalidad nos construimos. Al descubrir que la vida no es un juego y que tenemos que tomar partido, ¿qué tipo de personaje queremos representar? No importa si es exitoso, noble o grotesco. Tendremos que dirigir nuestras propias escenas y ver nacer tanto lo esperable como lo inesperado, el carácter que se repite del cual no nos podemos librar y la libertad y espontaneidad de nuestros sentimientos en una travesía que nos sorprende y nos muestra constantemente vivos.

“Mi vida hasta la muerte de Freddie fue una cosa; luego, otra. Hasta entonces me consideraba una persona agradable”[2] , nos dice D. Lessing.

En este diario escrito en primera persona inicia y despliega, simultáneamente, confidencia y reflexión de lo observado reconociéndose a si misma. Como lectora comprendí entonces que ya de niña, de adolescente y aun de mujer adulta, siempre busqué en la lectura esa indagación sobre una misma y la vida. Sobre nuestras glorias y miserias. Búsqueda que me acompaña en el trabajo terapéutico con el otro, en el acercamiento e indagación de su dolor, cómo hacer para que aquello construido a manera de defensa que permite sobrevivir deje de ser una repetición, una jaula en la que terminamos atrapados, y se transforme en expresión creativa.

Creo que el atreverme ha abordar a D. Lessing tiene relación con un horizonte de sentido epocal - ­como lo incluye la propia Lessing en el inicio de su autobiografía-, es decir en este caso, la conciencia de una época donde las mujeres podemos y nos sentimos habilitadas a escribir a nuestra manera. Simone de Beauvoir en Memorias de una joven formal, La fuerza de las circunstancias y La plenitud de la vida, Marguerite Yourcenar en su trilogía de memorias Recordatorios, Archivos del Norte y ¿Qué? La Eternidad, Anais Ninn y Frida Kahlo con sus diarios, Marguerite Duras en El Amante. Hace unos años que me dedico a leer biografías sobre artistas mujeres, hay algo allí descarado y al mismo tiempo permitido, las biógrafas o las artistas, hablamos de estas cosas, las cosas que pasan en nuestros afectos, en el cuerpo, un compromiso vital sin mediaciones como en el mundo de los varones. Nosotras hablamos sobre nosotras mismas, ¿bien, a quién le interesa?

En su autobiografía Under my Skin[3] , Doris Lessing muestra cómo ha ido conformando un personaje a través de los años y el personaje o ella se niega a que mientras esté viva, los biógrafos se apoderen de su vida. Retazos de una existencia, así podría comenzar este trabajo y en él el tema de laverdad. ¿Cuál verdad? “El propio paisaje es engañoso”; “¿por qué recuerdas esto y no aquello? ¿Por qué tantos detalles sobre una semana, un mes, o incluso un año remoto, y luego completa oscuridad, un vacío? ¿Cómo sabes que lo que recuerdas es más importante que lo que no recuerdas? ¿Y si no hubiera paisaje alguno?”, no cesa de preguntarse la autora. “Es muy difícil revisar el propio pasado sin trampear un poco”[4], nos dice Simone de Beauvoir.

El nombre que Lessing da a su autobiografía proviene de una canción de Cole Porter, Under my Skin, música que atraviesa una época. Uno de los acápites que abren el libro es la siguiente cita de E.T. Hall: “Los modelos rítmicos pueden resultar en una de las características más básicas de la personalidad, que diferencian a un individuo de otro”(...) “No sólo pequeños grupos se sincronizaban, sino que había momentos en que parecía que todos formaban parte de un ritmo más amplio”. Hay una música que acompaña la pequeña vida personal y al mismo tiempo impregna la época a la que dicha vida pertenece, la historia, la lectura de la historia.

Así, en las primeras páginas de su autobiografía, Lessing nos hace el relato de sus abuelos y de sus padres que configuran la historia familiar y simultáneamente el clima de su nacimiento en 1919, fin de la Primera Guerra Mundial. Hombres que creyeron estar inmersos en una guerra para acabar la guerra. Soldados que habían sido traicionados y que llevaron su amargura hasta la muerte. Los médicos tenían un nombre técnico para ello: neurosis de guerra. Mataron a diez millones de personas en las trincheras, veintinueve millones murieron de gripe. Haber nacido en 1919 fue importante. “¿Cómo podría no serlo? -se interroga Lessing-. A no ser que creamos que la mente de cada pequeño ser humano queda separada de cualquier otra ....” Vidas no vividas, hijos no nacidos y una falta de capacidad de convertir la memoria en aprendizaje para evitar sucesivas tragedias históricas como la segunda Gran Guerra, por ejemplo.

“Escribir sobre uno mismo sería ese esfuerzo, siempre renovado y siempre fallido, de dar voz a aquello que no habla, de dar vida a lo muerto, dotándolo de una máscara textual”. Nos dice Sylvia Molloy en Acto de Presencia[5], su estudio sobre la escritura autobiográfica en Hispanoamérica. Lo que se cree real es una vana tentativa de recrear algo que alguna vez estuvo vivo, pero ya no existe.
Abordar a Doris Lessing en el marco de su propio pensamiento, se asemeja al proceso de la escritura autobiográfica donde la autora comienza por el final. Ese hoy, ese tiempo presente desde donde comienza a narrar, paradójicamente es el final de su vida que se remonta hacia atrás. Una construcción sobre otra construcción inquietante.

Es imposible hablar de un tiempo que no sea el tiempo presente, estamos inmersos en el horizonte de sentido de una época. Heidegger sostiene que el hombre es arrojado a un mundo, a un tiempo que tiene un sentido y sólo se puede hablar o rebelarse a través de él . Cómo acercarse a esta escritora y sus personajes, si no es desde este horizonte de sentido que acabamos de aludir, el mismo que revela algo de nuestro ser y también lo enmascara.

Un intento de asir algo que ya se desvaneció y simultáneamente darle una significación que en realidad no sabemos si es cierta. Sylvia Molloy señala el desdén y la incomprensión que produce el género autobiográfico en Hispanoamérica, no limitado por una clasificación y siendo precisamente en su indeterminación donde radica su poder de decir, decir sobre aquello que no es, la ausencia de autorización y la ambigüedad entre pedir permiso y escribirlo, permite esa libertad marginal donde se realiza el género. Si seguimos esta hipótesis pareciera que, como buena europea, ésta no es la posición de Lessing, ya que ella enuncia quién es ella misma para esta sociedad, este tiempo en el que vive. Aun más, Lessing afirma que vivimos el siglo de oro de las biografías. ¿Por qué estamos tan preocupados por nosotros mismos? ¿Corresponde al énfasis sobre la subjetividad y los gestos íntimos que parecen marcar esta época? No concuerdo en concebir nuestro tiempo sólo como una era del vacío, sino como la respuesta a la caída estrepitosa de los grandes relatos que atravesaron los siglos de la Modernidad. A ellos se oponen los pequeños y fragmentarios relatos personales que comparecen no sólo en el género biográfico y autobiográfico si no también en la ficción. Pensemos por ejemplo en los relatos de Raymond Carver y Clarice Lispector por nombrar a algunos.

“¿Para quién se escribe?,” nos dice Sylvia Molloy .“¿Para la verdad, la posteridad, la historia? ¿Para quién soy yo un yo?”
Esta curiosidad por la “verdad,” esta necesidad de contarnos nuestra propia historia aparece en Lessing como rebeldía y temor de quedar atrapada en la mirada del otro. Ella confiesa que pasó parte de su infancia intentando fijar momentos de su pensamiento para establecer una realidad propia. Única posibilidad de defensa frente a los adultos cercanos. El resolverse a escribir su autobiografía es un adelantarse a que un otro la escriba, trabajo iniciado a temprana edad, necesidad tan profunda desplegada mucho antes que lo hiciera la voz del personaje que ella misma iba a construir.

En los protagonistas de su ficción y en la construcción de ella misma como personaje, Lessing parece consciente del paso del tiempo y de su poder modificador a partir del esfuerzo y el aprendizaje, tanto en los sucesos del tiempo presente como en la manera en que la memoria lee esos mismos sucesos colocados en el pasado. Perspectivas cambiantes, “el propio paisaje es engañoso”. Las batallas tiñen todo intento de imparcialidad. “No sólo la perspectiva cambia, sino lo que se está mirando.”

Es así que la Señora Fowler, la anciana de Diario de una buena vecina afirma:“Eso es lo más importante, dijo, aprender. Es lo que hace la diferencia entre una persona o nada”.Y la propia Lessing en su autobiografía vuelve a afirmar: “Cuando se escribe sobre algo -en una novela, un artículo- se aprenden muchas cosas que no se conocían. Aprendí mucho escribiendo este libro. Una y otra vez tuve que decirme si esa fue la razón. La memoria es un órgano descuidado y perezoso, no sólo auto halagador.”

(Ray Bradbury: “Escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es. (...) Lo que parece una mentira es una ruinosa necesidad que desea nacer. (...) Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo.”)[6]

(Cioran: “Es increíble que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho desistir a nadie de tener una vida.”)

(Sylvia Molloy: “La historia de mi vida no existe si no la cuento.(...) Vida es siempre, necesariamente, relato: relato que nos contamos a nosotros mismos, como sujetos, a través de la rememoración.(...) Decir que la autobiografía es el más referencial de los géneros es plantearse el asunto en falso.”)[7]

(Doris Lessing: “Ningún escritor puede inventar algo tan cruel como lo que la propia Vida, ese salvaje escritor satírico, inventa día a día.”)[8]

En estas citas se advierte que escritores muy disímiles entre sí, obsesivamente relacionan vida y escritura. Es en esa alquimia entre la necesidad de contarnos a nosotros mismos y la posibilidad de auto expresión, donde podemos iniciar cada día con la capacidad de asombrarnos y hacer de él algo vivo y no muerto. Oficio y capacidad de aprendizaje en la creación marcaría la diferencia entre el relato que puede hacerse cualquier persona que se indaga a si misma y el relato de un artista develando un mundo transformado, convirtiendo en extraordinario aquello que nos rodea. Lo que se devela allí permite no sólo interrogarnos como lectores, sino al mismo tiempo reconocer y compartir los sucesos de la propia vida. Juego especular aumentado de risas y dolores.

Lessing elige el género de ciencia ficción en Shikasta[9] , primera novela de las cinco que conforman la saga de Canopus en Argos: Archivos, y narra allí la historia del planeta Shikasta contada desde dos puntos de vista: uno donde comparecen las dichas y pesadillas de una conciencia cósmica, y otro, humano, donde se manifiestan los dramas de la identidad, carácter y destino de lo personal. En ambos planos se muestra la lucha entre creatividad y esterilidad. A partir de un accidente cósmico sobreviene una Enfermedad Degenerativa que afecta al planeta Shikasta provocando una pérdida en el sentir, actuar y pensar, identificada como la caída original. Podríamos pensar la metáfora de esta Enfermedad como la emocionalidad a diferencia del sentimiento provocado por la pérdida de la unidad de sentido.

Las señales de alarma que nos inundan frente al mundo externo o nuestras propias sensaciones o patrones internos nos confunden, perdemos la claridad que se obtiene cuando mente y corazón se unen en un sentimiento. Esta es una emocionalidad suelta en el cuerpo, sin lazos metafóricos que den cuenta de la “fabulación” en la que nosotros nos recreamos a nosotros mismos. Este cuerpo signado por la historia donde la emocionalidad se ha congelado en sus propios músculos, órganos y huesos, permanece a la espera oculta y anhelante de un calor que lo vuelva vivo.

Expresiones de la emocionalidad tales como el miedo, la rabia, el odio, en su estado de congelamiento no se manifiestan como tales sino que quedan cubiertos por un clima de una tonalidad ansiosa o angustiosa. Cuando se abre el corazón podemos percibir oleadas de compasión o de amor que al unirse con la mente se transforman en sentimientos capaces de actuar hacia los otros, hacia lo que nos rodea y hacia nosotros mismos. 

En Memorias de una superviviente[10] o un intento de autobiografía como lo llamó la propia Lessing, Emily, la adolescente, despliega sus encantos en algo que ella valora al haber sido confirmada previamente por la mirada de los otros, ser la chica lista a la que nadie engaña, algo en que ella cree ser buena seguramente por haber sido aplaudida alguna vez. Como uno de los aspectos o máscaras que encubre el reconocimiento de que cualquier ser vivo que se nos acerca es peligroso. ¡Atención!, despliegue de una seducción exitosa para ser aceptada. Cautela y valoración, valoración que creemos libre y en realidad está llena de prejuicios y limitaciones.

“Así la había solidificado su experiencia, cualquiera que hubiese sido. Me descubrí tratando de ponerme en su lugar, tratando de ser ella para satisfacer su necesidad de criticar, o de defender, y me encontré pensando que esto era simplemente lo que hacía todo el mundo, lo que yo misma hacía...”

Todos elegimos y desarrollamos actitudes creyendo ser tan singulares y en realidad repetimos aquello que nos atrajo en los otros y a los que queremos parecernos, es en ese movimiento de admiración y rechazo que creamos personajes.

Así aprendemos a refugiarnos y escondernos en un mundo propio, refugio en el que creemos estar a salvo y que finalmente se convierte en una trampa que no podemos ni queremos abandonar.

El arte de estar con otras personas sin estar con ellas. Sin embargo, hay otros momentos, como en el amor por ejemplo, cuando nos abrimos en un reconocimiento y una elección, y esa fuerza que irradiamos se expande y nosotros y los otros la reconocemos, intensidad que se manifiesta como un día soleado, benigno y generoso. ¿Cuánto durará? Ese es uno de los misterios de la vida más difícil de aceptar, el cambio, la impermanencia de la que hablan los budistas. No es tan fácil aceptarlo, no obstante es lo que nos permite continuar, el haber rozado ese momento en contacto con la naturaleza, el arte u otra persona. Aquel corazón conmovido, generoso y libre por un instante de la memoria dolorosa.

Pensaba en la rebeldía que siempre me ha acompañado, un ansia que se ha ido calmando con los años, pero no sólo por el transcurrir del tiempo, sino por la insistencia en el indagar aspectos de la vida. Indagación que se aleja de una cotidianeidad atrapante, permitiéndonos olvidar lo que se espera de nosotros y escapar del papel que nos han adjudicado.

Comprensión o relato imposible de realizar en el momento que sucede por estar inmersos en la batalla de la situación presente. Qué conmovedor ese no saber discernir lo valioso de lo superfluo en un juego entre la máscara y el ser. La perspectiva del tiempo es lo que nos permite ver a través de un conocimiento que vamos adquiriendo con respecto a nosotros mismos, al animarnos a soltar la novela familiar y la auto imagen conformada de identificaciones y defensas que nos limitan y encierran.

“Lo que aprendí entonces fue lo muy fuerte que es en mí la personalidad que yo llamo la Anfitriona... Esta personalidad de Anfitriona, brillante, servicial, atenta, receptiva a lo que se espera de mí, es en verdad muy fuerte. Es una protección, un escudo para el yo particular. Pero detrás de toda esta amabilidad había alguien distinto, la observadora, y es a ella a quien acudo, en la que me refugio”. Doble máscara, la que se desarrolla y actúa para los otros, la joven amable, activa, siempre dispuesta, que se despliega en el escenario de la vida y la otra por detrás que observa la escena y que grita en silencio: nadie pasará. Esta última conformada desde muy niña para impedir que los otros, los adultos, la engañen, para reconocer y recordar los acontecimientos en la batalla por la construcción de su propia singularidad, y la máscara de la Anfitriona que construyó para ser querida y aceptada. Lucha encarnizada en la que sobrevivimos sin ganadores ni perdedores.

Tanto en su autobiografía como en Memorias de una Superviviente Lessing recuerda sus dos años y medio, su pequeña envergadura en la habitación enorme y las señales de alarma cuando le acercaron ese paquete de ropas olorosas que era su hermano y que los mayores le decían que era suyo. “No era mi bebé. Era el bebé de ellos. Pero aún puedo oír aquella persuasiva voz que me mentía, repetidamente, y que no cesaría hasta que yo cediera. El poder de aquella llama rebelde, tan viva incluso ahora, me dice que no era en absoluto la primera vez que me decían, mintiendo, lo que yo debía sentir.”

En esta convivencia móvil e inestable de las diferentes máscaras el ser se manifiesta con agudeza, con lucidez, produciendo imágenes, metáforas en la boca de la narradora o de los personajes que viven las historias de Lessing. Sin embargo como nos dice Simone de Beauvoir en sus últimos años: “La paradoja de la vida humana es precisamente que una trata de ser y a la larga, meramente existe. La propia vida es simplemente una vida humana”[11][12].

En Diario de una buena vecina y en su autobiografía Lessing habla de sensaciones y percepciones unidas al cuerpo. “Un intenso sentido físico, ésta es la verdad de la infancia”. Su niñez invadida por el terror de los cuerpos que la rodean, los gigantes adultos y también por contactos excesivos o por su ausencia, la lejanía de la madre a quien la niña llama y reclama sin lograr que se acerque a ella sino al otro, al niño amado, el hermano. Su madre habla de lo importante que es el amor, pero esta no es una palabra con valor sin el toque cálido con el cual se comprende su sentido. El padre, su aliado, su cómplice, siempre presente, sí, sus manos enormes invadiéndola, el horror de sus cosquillas, aquel juego habitual de cada noche con la niña ávida de afecto, pesadilla repetitiva con la que se va desorganizada al sueño mientras el niño amado descansa al abrigo de los padres. “Todo era excesivo”[13].

El descubrimiento de los olores de cada parte del cuerpo púber o adolescente en las siestas calurosas debajo del mosquitero de aquella granja de Rodesia del Sur, retornan insistentemente en la observación de una Lessing madura. “La otra embriaguez era mi cuerpo. ¿Hay un orgullo mayor que el del cuerpo de una joven?”

Más tarde los olores de la vejez y la enfermedad, respondiendo siempre al registro de lo corporal, se hacen visibles en la narración de la Señor Fowler en Diario de una buena vecina. “Con lentitud le lavé la mitad del cuerpo, pero la mugre del cuello era espesa.” Mientras el personaje de Lessing, Jana, se debate entre la realización de la tarea amorosa y el rechazo que el olor y el propio cuerpo de la anciana le produce, ella piensa en su madre y en si misma como la hija niña que nunca se animó a realizar semejante tarea.

“Por fin hallé la respuesta, tan obvia -nos dice- (...) nuestras vidas están regidas, por voces, caricias y amenazas que no podemos recordar.” ¿Puede el artista, la escritora en este caso, el biógrafo y aun nosotros mismos en la función de contar nuestras vidas, hallar esas huellas invisibles y al mismo tiempo profundas inscriptas en nuestro cuerpo y mente? Doris Lessing parece lograrlo acercándose de forma desafiante y dolorosa a su propia verdad, convoca así a sus lectores, por medio de la identificación, a llevar a cabo similar aventura aunque ella misma sostenga que el propio paisaje es engañoso.

Me ha sucedido que al comenzar un libro y descubrirme en la primera página sonriendo, me digo: ahí vamos...


[1]Editorial Edhasa. Barcelona, 1987.   [2]Idem.
[3]Dentro de mí.Ediciones Destino. Barcelona, 1997.  
[4]Confesiones de escritores. Editorial El Ateneo. Buenos Aires, 1997.
[5]Editorial Fondo de Cultura Económica. Méjico, 1996  
[6]Zen en el arte de escribir.Ediciones Minotauro. Barcelona, 1995.  
[7]Autobiografía y escritura.Ediciones Corregidor. Buenos Aires, 1994.  
[8]Dentro de mí.Ediciones Destino. Barcelona, 1997.  
[9]Ediciones Minotauro. Barcelona 1986.  
[10]Ultramar Editores. Barcelona, 1983.  
[11]Idem 4.
[12] Bioenergética. Dr. Alexander Lowen. Editorial Diana, México. Si el carácter, como dice Alexander Lowen, es la expresión unitaria del funcionamiento del ser humano tanto a nivel psíquico como somático, actitud fundamental con que el individuo se enfrenta a la vida, no podemos dejar de sorprendernos que facilmente es observado por los otros pero con cierto grado de dificultad consciente por él mismo. Contemplamos a los demás de modo crítico y a nosotrosfavorablemente, este es un modelo de  comportamiento o tendencia habitual, una respuesta fija, congelada o estructurada y otorga una característica que es el sello de la persona. [13] Wilhelm Reich. Análisis del carácter. Ed. Paidós. Buenos Aires 1978. ²Las emociones son manifestaciones de una bioenergía tangible y que los procesos mentales y físicos son procesos energéticos. Sostiene que existe una identidad funcional entre los procesos psíquicos y somáticos a pesar de que la mayoría de nosotros hacemos una división entre cuerpo y mente. Esta identidad se manifiesta en el cuerpo por las formas de respiración y la presencia de tensiones que forman corazas dando lugar a estructuras de carácter inscriptas como huellas recurrentes”. 
 
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Elena Berro
Licenciada en Psicología. Terapeuta y docente en Bioenergética. Coordinadorade prácticas de Kum-Nye y organizadora de workshops del Tibetan Nynigma Institute. Estudió teatro y fue asistente de dirección. De estas indagaciones heterogéneas surge el monólogo interior “Explique Berro”, libro  editado por Nusud (2002)    
 
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 Doris Lessing

Doris Lessing

Novelista británica cuyo interés por la psicología se traduce en su exploración novelesca de la locura y el autoanálisis. Creadora de un imaginativo mundo cotidiano, sus personajes, hijos de la sociedad contemporánea, ofrecen un fiel reflejo moral del siglo XX. Especial relieve tienen en ese sentido las mujeres que protagonizan sus relatos. Su obra es el resultado de una vida dedicada a la narrativa, y también a una apasionada luchadora por la libertad, que no ha escatimado esfuerzos en su compromiso con las causas del Tercer Mundo, desde la literatura y desde la experiencia personal de una biografía azarosa.
Nació en Persia en 1919 de padres ingleses., En 1924 su familia se trasladó a Rodesia del Sur (actual Zimbabwe), allí vivió su infancia y juventud en una granja. Se educó en un colegio católico y en el Instituto de Segunda Enseñanza de Salisbury, que abandonó con catorce años para iniciar una formación autodidacta. 
Tras dos matrimonios, en 1949 se trasladó a Inglaterra por motivos políticos, donde reside desde entonces. A la capital británica llegó con el manuscrito de su primera novela "Canta la hierba" (1950), una obra sobre la vida en África, que ya refleja su oposición a las políticas racistas. Ha escrito una treintena de novelas, en las que destaca siempre un aire progresista y anticolonialista. Tras su primera obra, publicó otras cinco bajo el título común "Los hijos de la violencia", que pretende ser un reflejo moral del siglo XX a través de la vida de una mujer, "Martha Quest", nombre que da título a la primera de la serie, que continuó con "Un casamiento convencional" (1954), "Al final de la tormenta" (1958), "Cerco de tierra" (1965) y "La ciudad de las cuatro puertas" (1969).
   En 1976 obtuvo el premio Médicis con "El cuaderno dorado" (1962), una de sus obras más complejas, que aborda la crisis personal y artística de una mujer. Además de las ya citadas, ha escrito las siguientes obras: "Un hombre y dos mujeres" (1963), "En busca de un inglés" (1965), "Instrucciones para un viaje al infierno" (1971), “Shikasta” (1979), "Diario de una buena vecina" (1983), "Si la vejez pudiera" (1984), “El verano antes de la noche” (1973), “Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco” (1980), “El experimento sirio” (1981), “La buena terrorista” (1985),“El quinto hijo” (1988) y "De nuevo el amor" (1996). Fuera del género de la novela ha publicado otros trabajos incluida una autobiografía, que editó en dos volúmenes, "Dentro de mí" (1994) y "Un paseo por la sombra" (1997). Sus últimas obras, publicadas son: bajo el título, "Mara y Dann: una aventura" (1999), es una historia de aventuras, en la que la autora recupera la memoria de su hermano y su hijo John; “Ben en el mundo” (2000) y “El día que murió Stalin: La mujer” (2001)
Su trayectoria literaria ha sido reconocida con diversos premios como el "Somerset Maugham", "El Premio Shakespeare de la Fundación F.V.S. de Hamburgo", el premio "David Cohen" o el "Premio del Estado Austríaco para la literatura europea".
En el año 2001, Doris Lessing, ha sido galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.