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Hágase tu voluntad  

 Por Claudio Campagna
 
  En el km 30 de la Ruta 8, localidad de Muñiz, nace la calle San José. En la banquina de la ruta, del lado que bordea los confines de Campo de Mayo, hay una parada de colectivo al lado de un monolito de ladrillos revocados y pintados a la cal. Tiene una placa de bronce y el tamaño inconveniente de un objeto de excepción, más grande que un nicho, más chico que un panteón. Tiene la forma de un cuerpo trunco, la base de una pirámide que alguna vez fue coronada con una de esas esferas de mampostería que simbolizan ¿la tierra, la luna, el universo? Hoy el monumento domina un espacio desnudo, de barro en invierno, de polvo en verano, sin pastos ni malezas que dificulten la libre circulación de los peatones por la banquina. No siempre fue así.

Estimo a grosso modo haber pasado no menos de un mes de vida en íntima relación con el objeto, la suma de los muchos quince a veinte minutos de espera del colectivo 182, que une Lacarra-Rosales con José C. Paz. Un cuarto de hora por día durante 300 días al año suma 3,125 días enteros, que en diez años ascienden a 4,46428571 semanas, o poco más de un mes, y me quedo corto. Pero la conexión entre el 182 y el monolito blanco sólo se comprende cuando se considera la ubicación de las paradas del colectivo, las que dependen del recorrido. A la altura de San José y Ruta 8, el trayecto de la línea se bifurca: los coches de cartel verde toman "xSan José", los de cartel blanco siguen la ruta, entran al Barrio de Suboficiales Sargento Cabral, giran la rotonda de la bandera, paran frente a la iglesia, salen del Barrio y doblan a la izquierda por la calle Sargento Cabral. Ambos recorridos convergen en la avenida Teniente General Perón, localidad de San Miguel, Partido de General Sarmiento (en los orígenes del pueblo la avenida se llamó León Gallardo, nombre destinado a sucumbir al dominio de mártires, santos y encumbrados militares de estos parajes).

En veinte y tantos años vividos en sanjoseaunacuadraymediadelaruta-ocho no recuerdo haber nunca reparado en la frase custodiada por la placa del monolito. Recuerdo, en cambio, que en el vecindario explicaban la existencia del objeto como conmemoración de una muerte; de allí que, durante las esperas del 182, uno se sintiera casi en el cementerio. Tal vez el cuerpo del muerto no estuviese enterrado en el lugar, lo más probable. ¿Pero quién lo sabía a ciencia cierta? Sobre la identidad de la persona no se hablaba, ni se recordaba cuándo habían construido el monumento que lo hacía persistir en la memoria común de los que esperábamos el colectivo. ¿Quién se hubiese extrañado de que el muerto estuviera ahí? En épocas tempranas del desarrollo del conurbano de Buenos Aires, más de un muerto debió haber sido sepultado in situ. Se hablaba de un accidente, de una moto, de un carro tirado por un caballo, el animal había caído sobre el conductor; uno murió en el acto, al otro lo sacrificaron.

Durante los setenta, la banquina de la ruta lindante con Campo de Mayo estaba cubierta por pastos, cardos y enredaderas aferradas al alambre tejido, la única separación entre mi barrio y los cuarteles, el hospital y los lugares de vivac y reclutamiento que integraban la guarnición militar. Para los de Muñiz, Campo de Mayo era como un parque. Claro que estaba prohibido bajar del vehículo, a riesgo de que el centinela abriese fuego, pero los lugares abiertos, libres de veredas, ordenados, bien mantenidos, con casuarinas de troncos pintados de blanco hasta la altura de un soldado promedio; todo se diferenciaba del desconcierto exterior. Daba gusto circular por allí: las paradas del 182 estaban indicadas, había más pájaros y el olor a césped recién cortado daba la sensación de un gran jardín. Es cierto que no estaba permitido apartarse demasiado de la parada, pero la simple presencia de vacas y caballos que pastaban a cielo abierto diluían cualquier sensación de amenaza.

El acceso de vehículos a Campo de Mayo se efectuaba a través de "puertas" vigiladas desde garitas, en cuyo interior se veía un casco y el inconfundible perfil alargado y fino del fusil a la espera. Puerta Cuatro era la más famosa de las entradas sobre Ruta 8, aunque a mi me gustaba Puerta Dos Bis, ambas eran además paradas bien señaladas del 182. Como dije, el perímetro entre puertas estaba alambrado y el alambre taponado de malezas. El pastizal cubría casi todo lo existente. También rodeaba, por supuesto, al único objeto recordatorio del pasaje por este mundo del muerto de la ruta. El matorral se tragaba al monolito, lo aislaba de los que esperábamos el 182, como maraña de alambre de púa tendido entre trincheras. Y algo de trincheras había.

La parada de la ruta era el único claro de dos metros cuadrados en toda la banquina. El constante pisoteo de los que esperábamos el colectivo no dejaba crecer el pasto. El barro del invierno daba paso al polvo del verano, que levantaban los camiones, socavando la parada donde se juntaba más agua de lluvia, más barro, más polvo, más tumba que se excavaba de a poco.

Quiero creer que nunca había leído la placa del monolito sólo por la dificultad de llegar hasta ella. Nos separaban veinte pasos, pero acercarse implicaba atravesar una selva. Alternativamente, habría podido avanzar por la ruta y acceder desde el frente, ¿pero quién se atrevía a exponerse a los peligros del tránsito en el mismo lugar donde había encontrado la muerte el hombre de la placa? Ese era un mundo tripartito, una trinidad compuesta por Campo de Mayo, la ruta con la calle San José y el monolito con sus cardos, pastos y enredaderas; la parada ocupaba el lugar de privilegio que siempre tiene el Espíritu Santo.

Como venía diciendo, el 182 tenía dos recorridos. El que seguía por Ruta 8 hacia el Barrio de Suboficiales, el mismo que se detenía a pocos metros de la tumba con su chapa en el anonimato, provenía de Lacarra. Hace poco me enteré que en Lacarra se encontraba el centro clandestino de detención de Orletti. Tal vez en el momento en que mataban a alguien, un 182 pasaba cerca del edificio donde mantenían a los secuestrados, pero para este relato sólo importa saber que entre Orletti y Campo de Mayo había muchas paradas, todas marcadas con un cartel de chapa clavado a un poste, o con un mástil colorado y blanco, aludiendo a los colores del 182. No había nada, sin embargo, que indicara un lugar de espera sobre Ruta 8 a la altura de la intersección con San José; sólo el hábito y la memoria promiscua de pasajeros y conductores y un claro en la banquina que no se veía a la distancia. A pesar de eso, juro que nadie reparaba en el monolito como posible señal o mojón. La gente esperaba el colectivo a distancia prudencial, como queriéndose diferenciar de este anti-hito. Todos creíamos que cuanto más se cubriera con enredaderas menos existencia tendría, sumado esto a la preferencia generalizada por ignorarlo. Pero ¿cómo se explica ese rechazo elemental hacia un pobre diablo o, peor todavía, al símbolo que lo ligaba al presente?

Retomando los recorridos, el 182 que doblaba por San José tenía su parada justo frente al claro de la ruta. Habría sido más cómodo si ambos colectivos, el del cartel verde que doblaba y el del blanco y rojo que seguía derecho, hubieran parado sobre la ruta. Allí podrían haber cargado pasajeros para seguir su camino, el de cartel verde doblaría a la izquierda recibido por la siempre bien dispuesta San José el otro seguiría derecho. Pero el pastizal no daba espacio para que un ómnibus saliera a la banquina y claro que detenerse en la ruta, cargar pasajeros y además doblar a la izquierda implicaba un encadenado de acciones impensables con todo ese tránsito que iba y venía. Así se explica que el de cartel verde primero girara y, ya sobre San José, se detuviese, justo frente al monolito, pero a una distancia prudencial impuesta por el ancho de la ruta.

¿Cuáles eran las consecuencias prácticas de ese arreglo espacial de paradas para quien no podía perderse un colectivo? Los pasajeros de rutaochoysanjosé enfrentábamos la disyuntiva de esperar sobre San José o sobre la ruta. En ambos casos, la probabilidad de tener que cruzar hacia la parada del frente era aproximadamente 0,5, dada la frecuencia de cada trayectoria. Había que decidirse entonces por una de las dos y permanecer bien atento. Con práctica y buena vista, se podía distinguir al gran cuerpo de chapa colorada a 200 metros; a 100 metros se veía el cartel. Si el color no concordaba con el lugar de espera había que apresurase a cruzar la ruta, alcanzar a tiempo la parada apropiada y hacer seña al colectivo. La señal convenida consistía en mantener un brazo extendido, bien separado del cuerpo, en posición casi de firmes; algo parecido al saludo fascista, pero más casual y un poco lateralizado.

La Ruta 8 en los setenta tenía menos de diez metros de ancho, inadmisiblemente angosta para acomodar a los camiones con acoplados de tiras de madera rojas y blancas, como el 182, cargados de vacas con destino al matadero, o a los camiones verde oliva, cargados de lo que nunca se veía porque estaban cubiertos con lona, con destino a Campo de Mayo. Pero para el que debía cruzar hacia una u otra parada, esa angostura se sentía diferente, equivalía a salir de la trinchera y avanzar hacia tierra de nadie; metía miedo. Con el cuerpo uno o dos pasos adentro de la ruta, yo intentaba encontrar un claro entre vehículos que viajaban en ambas direcciones a 80 o 90 kilómetros por hora. A esa velocidad, un camión avanza 22,2 metros por segundo. Si la ruta tiene 10 metros de ancho y el pasajero encuentra un claro de 22,2 metros de ambos lados (muy raro), tiene que cruzar la ruta corriendo a una velocidad mayor a 37 kilómetros por hora para no ser atropellado. A veces el claro no se producía y el 182 seguía avanzando. En la desesperación, uno se internaba en la ruta aún más, hasta casi rozar los vehículos que pasaban. De esta manera se reducía al mínimo el intervalo de seguridad de cruce, que no llegaba. Ya cerca de emprender la curva hacia la San José, el 182 de cartel verde comenzaba a perfilase para acometer la calle. Rebajaba la marcha y eso producía algunas explosiones, como disparos a la distancia. Y los vehículos pasaban y pasaban, y cada segmento de instante de espera parecía perpetuo, eterno. Los autos jamás se apiadaban, los camiones no detenían su impulso, las malezas no paraban de crecer y de rodear al monolito, y éste imperturbable, disfrutaba del riesgo ajeno. Cuando el 182 entraba en la etapa final, apuntando sin retorno la boca de San José, había llegado el momento de las decisiones temerarias.

Cuántas veces crucé la ruta parapetado por un lado del colectivo, como soldado al costado de un tanque. El coche en movimiento impedía, con su ángulo de giro variable, que me atropellaran los vehículos hostigando el espacio en ambas direcciones. Les cerraba el paso mientras acometíamos juntos la avanzada por tierra de nadie. La maniobra no dejaba de ser peligrosa para el que corría desprotegido. Había que mantenerse unos metros delante del 182, de otra manera hubiera sido imposible llegar a la parada antes que él. De lograrlo, uno podía emitir la señal en tiempo y forma para que el conductor detuviera el coche. Pero la posición de precursor, del que abre camino transversal en una ruta de doble mano, implicaba avanzar a ciegas, tapado por la trompa de la máquina acompañante. Podía suceder que el conductor tuviera que frenar de golpe para dejar paso a un camión impetuoso que el escolta no había visto. El soldado podía así quedar al descubierto un instante, tiempo suficiente para ser atropellado a la vista de todos.

¿Habría sido esa la circunstancia que se cargó al muerto del monolito? A veces la imagen de su accidente me llegaba como relámpago y entonces corría menos, quedaba rezagado, encubierto. Esa duda de la precaución siempre terminaba en la trasgresión de la ley universal del pasajero: llegar a la parada antes que el colectivo. Agitado le hacía señas al conductor para que me diese una oportunidad, sólo se trataba de segundos. No podía caberle duda de que tenía intenciones de tomar su colectivo, pero mi trasgresión me quitaba derechos, y a él la obligación de parar. Algunas veces perdía la carrera y me quedaba mirando al 182 alejarse. Otras, la "espera" era sólo un insignificante aminorar de la velocidad, tiempo como para agarrarme al pasamanos vertical y encaramarme al escalón más bajo de la puerta de ascenso, con medio cuerpo afuera. El 182 aceleraba y yo sentía en la cara el aire frío del invierno, o el caliente del verano, mezclado con olor a combustible.

Cada éxito mío era una burla para el del monolito, una conmemoración de su error, una humillación causada por quienes éramos más ágiles, mejor coordinados, o teníamos mejor vista o más atino que él en las decisiones vitales. Cruzaba con lluvia, de día y de noche, en las tardes abrumadoras de diciembre, cuando las flores de mburucuyá, las de estambres como clavos de la Cruz, me aturdían con perfume y forma, cuando los frutos de la pasión maduraban sus semillas rojas y atraían moscardones en una niebla de calor, de cigarras en celo y vendedores ambulantes de sandías coloradas, como el 182.

Pero si el coche que avanzaba por la ruta era el del cartel apropiado para el lugar de la espera, entonces sólo se tenía que estimar la distancia en función de la velocidad, y a unos 30 o 40 metros se extendía el brazo: Heil 182!, paráme hijo de puta. El del monolito se desilusionaba, la oportunidad de un accidente se desvanecía, el desastre en compañía no iba a ocurrir y él no podía aferrarse a otra muerte que le calmara la bronca. Había caído a pocos metros de la trinchera, cambiando cerebro, corazón y riñones por ladrillos, piel por revoque y cal, voluntad por placa de bronce, cubierto por un pastizal de dos metros que mantenía a los vivos lejos, hasta de su nombre. Fueron años de espera sin haber leído la desdichada historia. No lo hice yo, ni ví que lo hiciera alguien más de los que esperábamos el 182 tan cerca de él como de Campo de Mayo. "Es uno que se murió por accidente", ¿alcanzaba con esa explicación? Odiaba al muerto, hubiera destruido su tumba de haber sido menos presuntuosa, más a la medida de los vivos. Muerto y pasajeros del cientochetaidos se odiaban mutuamente. Claro que nadie se ocupaba de aquellos que detrás de los alambrados enredados en mburucuyá y clavos de la Cruz, disparaban sus Fals, despegaban helicópteros y tapaban bocas con trapos y piernas con cemento. Mi miedo era perder el colectivo por los deseos ocultos del muerto de la ruta.

9 de julio de 2003, 15:15 horas: Cayetano Víctor Buonsante me pasa a buscar por la casa de la calle San José 154, localidad de Muñiz, para llevarme al aeropuerto. Hace 30 años que no tomo el 182, aún pasa por San José, cartel verde. Entre el paredón que hoy separa a Campo de Mayo y la ruta están las vías nuevas del Ferrocarril General Urquiza. La banquina se ve limpia, tanto cemento y aceite desalojaron al mburucuyá. El monolito sigue vigente, con su placa firme como ojo de cíclope en el frente de la ruta. Los años le quitaron compostura, escuadrado y corona, pero mantiene presencia. Le pido a Buonsante que me espere. Bajo del auto y él se queda en la estación de servicio abandonada desde donde Hilario hablaba por teléfono cada miércoles par de mes impar. Mantiene el motor en marcha, listo para salir en dirección al Camino del Buen Ayre, el mismo que rodea a Campo de Mayo pero no lo toca. Espero que se haga un blanco en el tránsito y cruzo la ruta. Me acerco a esa cosa rara que me va a sobrevivir para conocer el nombre y la circunstancia. Se ha mantenido firme en el km 30 viendo pasar los camiones que alguna vez entraron a Campo de Mayo con su carga de pre-muertos, los camiones con acoplado de dos pisos que cargaron vacas en pié, las de arriba orinando miedo sobre las de abajo y todas, todos, ya reunidos en la misma muerte que el accidente arrimó al de la ruta. Allí estaban vivos los miedos de mis esperas, oscuridad de invierno, desolación de la tarde de verano. Un murallón encierra Campo de Mayo y la ruta lo contornea y lo atraviesa en Puerta Cuatro, Dos Bis. Su permanencia, la de él en su tumba de excepción, se ha contagiado de esos pre-muertos que tal vez lo vieron detrás de las lonas, o por un espacio sin empañar de la ventanilla del auto que los llevaba al matadero; como yo lo miraba desde el 182. Debe habernos visto, deben haberlo visto. ¿Habrán sabido la historia del accidente? ¿Les habrá hecho pensar en su final, como él a mí, cada vez que cruzaba la ruta? Tanto tiempo ha pasado sin conocer nombre ni historia. Ya no más. Se hizo un claro para llegar al fondo, no para nutrir el resentimiento, sino por mutua compasión. Dejarlo entrar, recibirlo, exorcizar esa sensación de haber estado ambos tan cerca sin unirnos. Me le acerque de frente, esperando un nombre para aliviar 30 años de mortificación. La placa se veía opaca. Le habían cruzado una que otra línea con pintura roja, desconsiderada. Entonces leí: M.O.P., Dirección General de Puentes y Caminos de la Nación, Ruta de Buenos Aires a Rosario, 29 de Septiembre de 1928.

Nada redimiría ya la parte que me toca de la falta, la vaga culpa de haber escapado; tanta negligencia, aquí en la tierra como en el cielo.