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Silencio de mamonas 

Por Flavia Costa
 
  Ruidos de sirenas, de automóviles, de pájaros campana, de grillos, de vendedores ambulantes, de compactadoras de basura, de vecinos peléandose, de bebés que lloran porque su nana duerme o se ha marchado, de palomas que anidaron en el balcón, de alarmas antirrobos, de chicharras del viejo paso a nivel, de colectivos, de gatos que no pueden bajar de un árbol, de barcos que han llegado al puerto, de contestadores automáticos, de un despertador que se ha trabado, de campanas de la iglesia, de bocinas, del himno nacional en el patio de la escuela, de timbres-semáforo en la puerta de un garage, de motores encendidos, de hornos a microondas que han cumplido su tarea, de depósitos de baño, del afilador de madrugada, del portero que reparte los volantes de un electricista amigo. ¿Cómo conciliar el sueño con todos estos ruidos que atornillan el cerebro contra los huesos?

Una mujer joven, Lisia, recuerda que hacía siglos, cuando atormentados por los ruidos de los volcanes, los ancestros se envolvían en hojas gigantes de mamonas previamente hervidas en vinagre y sal y se cubrían perfectamente bien, cuidando de no dejar ni un milímetro de piel expuesta a la intemperie. Sólo se hacían dos agujeritos microscópicos a la altura de la nariz, con una agujita esterilizada. Ellos sabían, como todo el mundo sabe, que no alcanza con tapar los ojos y cerrar los oídos para desconectarse de los infernales murmullos de allí afuera: la verdadera introspección requiere obturar todos y cada uno de los poros por lo menos unas tres horas. Por añadidura, el mínimo aire que entra por la nariz produce una hipoventilación que adormece los músculos y nervios: adviene así un estado de letargo inducido, un éxtasis de pura interioridad.

Pero hace cientos de años que ya no hay mamonas gigantes en la ciudad; lo más parecido a ellas es una especie similar, con cierto aire de familia pero mucho más pequeña, que se llama nidosa y se utiliza para cocinar niños envueltos --un plato amarguísimo pero muy nutritivo, ideal para el invierno--. Las mamonas gigantes desaparecieron hace ya muchísimo tiempo, poco después del desembarco de los morteros. En aquellos años remotos, el Consejo prohibió la práctica de la enmamonación porque algunos pedagogos extranjeros habían comprobado que la falta de oxígeno combinada con cierto componente secreto de la planta de mamona mutaba en un agente tóxico que era capaz de producir dudas psicotizantes en personalidades con tendencia a la ilusión. Trastornos de la secta de estudiantes avanzados, fundamentalmente, pero aun así las plantas fueron prohibidas, y al cabo de los años ya nadie recordaba qué era una mamona. Y tanto fue así que en poco menos de un siglo, la pregunta "qué es una mamona" pasó a integrar la lista de preguntas difíciles de los programas de preguntas y respuestas más imparciales -el olvido era total.

Sin embargo, no es menos cierto que las leyes de la ciudad no son la clase de obstáculo capaz de detener a nadie con un poco de cerebro, incluso con un cerebro atornillado por las motos de carrera y los altoparlantes de los Grandes Festivales Sabatinos. Hace ya varios años Lisia armó un pequeño sembradío clandestino de plantas de mamona real en el sector norte del balcón. Las ha envuelto con una estructura de alambres, tules mosquiteros y barro, a la manera de un nido de hornero gigantesco. Y las cuida dándoles una mezcla de agua fría previamente hervida con canela, según las instrucciones que encontró en un antiguo libro que heredó de un abuelo o bisabuelo.
Esa noche, mientras repasa en silencio cada uno de los ruidos que la están atormentando, Lisia se levanta y se dirige hacia el balcón, como tantas otras noches, a observar la planta, ya un pequeño arbusto rotundo y tupido, y al verla tan crecida y oronda juzgó que es hora de probar, esa misma noche, dispuesta a terminar con todo ese sufrimiento hecho de los restos de movimiento ajeno.

Empieza entonces a sacar hoja por hoja, primero las más grandes, que no llegan a ser una docena y difícilmente lograrán cubrir el cuerpo entero, no muy robusto pero larguísimo, de Lisia. Sigue entonces con algunas, dos o tres, hojas medianas (la planta todavía es demasiado joven), y termina sacándolas prácticamente todas, inclusive las más pequeñitas, unas veintipico en total, con las que con un poco de suerte logrará armarse el envoltorio. A último momento deja en la planta una o dos hojas chicas para la pastamadre del invierno.

Lisia canturrea después de muchos meses. Canturrea por sobre el rumor de la noche. Pone agua a calentar en la cocina, en una olla de hojalata que mandó construir especialmente para no despertar sospechas (la hojalata bien puede pasar por un adorno o una tina de baño autoportante). Litros y litros de agua vinagrada, va embebiendo una por una las hojas mientras empieza a imaginar aquel estado feliz y silencioso en el que irá a sumergirse horas más tarde. Lisia con una cuchara de madera empujaba las hojas para adentro mientras el perro de atrás le aúlla a una radio, y el hombre de arriba, un hombre ya un poco mayor, padre de dos tremendos muchachones, canta en falsete una canción de discoteca disfrazado de mujer.

La fantasía engendra espectros que facilitan las cosas. En ese momento sonó el timbre y Lisia, entusiasta por primera vez en mucho tiempo, imaginó por un momento que el vendedor que venía a ofrecerle un set de secadores de cabello bien podía ser un espíritu enviado por los ancestros para ayudarla en la ceremonia de la enmamonación. Pensó que ante el riesgo de que no alcanzaran las hojas, que no fueran suficientemente grandes como para superponer varias capas, quizá los antiguos le habían enviado la ayuda del vendedor. Primero, él la ayudaría a extender las nervaduras, estirarlas suavemente hasta dejarlas tersas, como una capa finísima de piel verdosa y tersa. Después, una vez completamente envuelta, el vendedor podría secar las hojas con alguno de sus secadores de cabello, mientras Lisia descansa al fin, después de tanto repiqueteo insomne.

Lo hizo pasar al living. Las hojas hierven en fuego mínimo, mientras Lisia y el vendedor conversan. Lisia es cautelosa: quiere averiguar primero cuán enterado está el vendedor de los ritos antiguos, si conoce la tradición de la mamona, si sabe algo de la veda. Hablan, entonces, de miles de cosas intrascendentes pero en las cuales Lisia va deslizando alguna señal. Las hojas oscurecidas empiezan a achicharrarse dentro de la olla y Lisia se levanta y las mira de reojo, pero rápido vuelve a sentarse y ofrece un trago, o un poco de café. Toma confianza. Le cuenta de sus plantas. El le pregunta, al pasar, y ella le cuenta de sus plantas aromáticas en el balcón, hierbas para cocinar salsas de melisandes. Cuando Lisia va a la cocina a servir la tercera copa, las mamonas son un pastiche compacto. Tiene puestos unos ruleros de plástico celeste y una gorrita de red. Quiere mirar dentro de la olla, pero más bien mira por afuera, a la hojalata, como si fuera un espejo, y se ríe de sí misma con una carcajada cortita que parece alegre. Apaga el fuego, vuelve al estar y sigue hablando de caléndulas, de los gorriones en el patio, de los vecinos de al lado con sus perros, de esas sirenas del infierno empecinadas en alertar sobre alguna lejana desgracia.

Cuando los primeros rayos del sol de la mañana iluminan las torres más altas, y las nubes corren con silbidos suaves como un ronquido de niño y la ciudad se pone en marcha, Lisia va hacia el tocadisco y elige una selección de melodías románticas. Y vuelve hacia donde está el vendedor de secadores de cabello, lo toma tímida de la mano y empieza a dibujar con él unos garabatos de pie mientras escucha que una mariposa aletea alrededor del árbol de mamonas, alrededor del tronco seco, vacío, gris, imperturbable.