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El mano negra

Por Claudia Feld
 
 

Joaquín toca algo blando entre los escombros y tira hasta que la cosa emerge del montón de basura. Es una mano. De hombre viejo debe ser, la sacude. Unos bichos caen del antebrazo partido. Después lo agarra, lo sostiene en alto y grita: tengo el poder. Lucho llega por detrás, le arranca la mano, corre y la revolea en el aire, así que tenés el poder, baja la montaña de escombros a trancos irregulares. Joaquín lo persigue hasta el costado de las vías. Acorralado en ese terreno liso, Lucho arroja la mano y emboca en la cara de María que cae hacia atrás con el impacto. Quedó patas arriba, se ríen los dos hermanos cuando se acercan. María que recibió la bofetada no entiende de dónde vino.

–Te pegó el mano negra –explica Joaquín mostrándole el brazo podrido.

–Sacá eso –tose María.

Joaquín, sin dejar de reírse y de agitarle la mano grasosa, le suelta:

–Pará de toser, perra enferma.

–Salí vos, andá a seguir con tus cosas –dice Lucho mientras agarra a Joaquín del brazo, lo tuerce como un trapo y amenaza–: No la jodás porque te cago encima.

Pero Joaquín castiga con la mano gigante y aquí va un revés para Lucho, bien de cerca. Esquiva la piña de rebote y sale corriendo, ahora sí, de nuevo en la cima, domina el mundo. Enarbola la mano y grita: ¡tengo el poder!

María se levanta y arrastra el carro de alambre del que cuelgan tres cintas de papel metalizado. El carro aplasta pedazos de vidrio y los encaja en la tierra mientras las cintas de colores reflejan el sol. Lucho la sigue, a paso largo, ojeando siempre el suelo por si encuentra alguna cosa, qué estás haciendo, pregunta, y María, busco un regalo.

–¿Qué te creés, que estás en un yópin? –Lucho arranca una de las cintas.

–Pará, ¿qué rompés? –lo empuja ella.

–El viejo te lo va a hacer sacar todo eso.

–Yo después lo saco.

Recoge la cinta y vuelve a atarla. De una bolsa abierta surgen como tripas unos tubos de goma, algodones resecos, nada que valga la pena. María se para ahí y Lucho la deja.
Joaquín sostiene la mano en el aire:

–Ahora me vengaré de todos.

Da unos pasos sobre los escombros, llega hasta una plataforma y se sienta con la mano negra cruzada sobre sus piernas como en un trono. La cortó un tren, dice, siguió viviendo como una lombriz que partís al medio y cada cacho va por su lado. De tanto arrastrarse entre la basura se volvió negra y venenosa, sale a estrangular de noche, después se esconde y nadie la descubre. Yo la encontré y ahora es mía. Me vengaré de todos, grita.

Abajo, la figura de María se mueve destartalada en un anfiteatro de bolsas abiertas. Con el pie metido en una zapatilla rosa, sube y baja los brazos como si estuviera bailando. Su zapato derecho quedó a unos metros, gris y solo. Joaquín mira el carro casi vacío. Qué encontró ésta, piensa, siempre boludeando. Apunta el pedazo negro hacia ella y le escupe: vas a bailar hasta que mueras.

Después observa la mano gelatinosa. Tiene una consistencia blanda pero la estructura aguanta todavía y no se desarma cuando la mueve. Compara esa mano enorme con la suya: es de un estrangulador, confirma. La acerca a su cuello como si se probara una corbata.

Lucho lo ataca con una patada corta, precisa.

–Esta va por la piña –y después, pegándole en la cabeza–: y esta por las dudas.

Joaquín se reacomoda y señala a María, ¿qué hace aquélla ahí abajo?

–Busca un regalo, está chapita.

Lucho inspecciona los escombros. Nada, no hay nada en la montaña, solamente las mierdas que le gustan a Joaquín, ratas muertas, nidos de carancho, carne podrida.
Joaquín arrima la mano amputada a la cara de Lucho y la mueve lentamente como si lo acariciara. Es el mano negra, dice, te pone loco si te toca. Lucho, con la cabeza hacia atrás, bruscamente evita el roce. Si al menos un reloj hubiera tenido tu mano negra. Después, impaciente, Joaca pelotudo, dejá de perder tiempo y ayudáme con los tachos.

–¿Estás seguro que podemos llevarlos?

–Sí, no seas cagón.

Joaquín patea una piedra que cae de la montaña a los saltos, festeja embanderando la mano y baja detrás de Lucho rumbo al basural. En ese pozo de basura mezclada, a medio compactar, se queman algunas partes a lo lejos y el humo, con el calor, parece líquido. Siempre que lo mira desde la montaña, Joaquín trata de descubrir dónde termina. Sabe que alguien quiso cruzarlo y no volvió, cuentan que se ahogó en la basura, después le habló a su madre en sueños y le dijo estoy en el basural todavía, pero nunca lo encontraron. Lucho no cree la historia, piensa que el pibe se fue, que debe andar por el centro, en las apuestas, le gustaba jugar y se avivó para irse sin que nadie lo busque. María, por las dudas, ni se asoma. A la orilla del basural, Lucho y Joaquín se arriman a una hilera de tachos con pintura reseca.
–Están ordenados, Lucho, son de alguien estos.

–¿Quién va a venir a buscarlos? Hoy es fiesta.

Lucho levanta uno y se lo pone en la espalda. ¿Tenés miedo?, provoca.

–Tengo el poder –contesta Joaquín. Y dispara tirando del pulgar grasoso–: taca taca taca taca, van a morir todos ustedes. –Los tachos siguen formados como un ejército.

–Basta –dice Lucho– tirá esa mierda.

Joaquín toma un tacho por el filo y lo arrastra mirando alrededor. Lucho avanza adelante con su joroba cilíndrica. Cuando llega al lado de las vías, descarga y manda a María a vigilar.
–Quedáte aquí, que nadie se acerque. Estos son nuestros.

–Que nadie se acerque –repite María junto a su carro con tres cintas. Da vueltas alrededor como un caballito de circo. Entonces se distrae, descubre una bolsa cerrada y dice acá hay más adornos. Lleva la bolsa hasta donde está el tacho y ve a Joquín que viene con otro golpeteando el suelo. Se detiene acalorado y observa a María.

– ¿Para qué pusiste esa porquería en el carro?

–No es un carro, es un árbol de Navidad.

–Es un carro al pedo –dice Joaquín y le clava una patada alta, tipo ninja. El carro oscila pero se queda parado con un ruido alegre de botellas que entrechocan. Joaquín vuelve al basural con la mano oscura al hombro como un fusil.

Ahora María vigila encandilada por el sol. Abre bien los ojos: no viene nadie. Se sube a los rieles para iniciar su número de equilibrista. Da un paso, otro, pucha, si tuviera otra zapatilla, lamenta. Cada tanto se cae y tiene que volver a empezar. Luego inclina el pecho hacia el mar de basura esperando los aplausos. Baja de las vías y se descalza. Aquí voy a poner mi regalo, anuncia, mientras saca del carro los cartones y las botellas de sidra. Mete ahí mismo la zapatilla de baile.

Entonces vuelve a subir a la vía y un cosquilleo le llega desde el metal caliente. Lucho, que se acerca, le grita: viene el tren. Ya sé, no soy sorda. ¡Bajáte de ahí! Está lejos todavía. ¡Salí de ahí pelotuda! María baja del riel. Lucho deja su carga y la agarra del pelo mientras el tren pasa: me vas a hacer caso. María se dobla. Es raro que hoy pasen trenes, comenta Lucho después, más tranquilo.

Es un tren fantasma, dice Joaquín, que abandona su segundo tacho y se acuesta en la tierra con la mano amputada sobre el pecho. Mira el tren que se aleja. Lucho, ¿cuándo nos subimos a uno? El otro lo apura: che, ya descansaste, vamos a buscar los que nos faltan.

Sola otra vez, María abre la bolsa que había traído y mete un brazo al azar, en lugar de remover con cuidado, como Lucho, para saber qué hay. Así es como se pierde las cosas que sirven y sus hermanos tienen que andarle detrás para agarrar lo que deja.

Saca de la bolsa una cajita de plástico y oye algo al sacudirla. Es un tesoro, piensa. Después llega Lucho, suelta el tarro de pintura, se saca la remera empapada y la cuelga en el carro.

–¿Viste a alguien?

–A nadie –dice María.

Ahora está sentada en el suelo moviendo la cajita cerca de su oreja. ¿Qué tiene adentro?, pregunta Lucho. Una piedra, contesta ella y él se va.

Enseguida viene Joaquín arrastrando un tacho y lo cambia de lado cada tanto para no cansarse mientras sostiene la mano negra.

–¿Qué encontraste?

María hace sonar la cajita delante de su cara: un anillo. A ver, dame. Joaquín trata de sacársela, pero María se escapa, sube a las vías.

–Dame el anillo del mano negra.

Deja la mano, la persigue, de un tacle la derrumba y se le monta encima. Aplastada, María patalea lanzando la cajita hacia donde está el carro. Joaquín se incorpora, busca alrededor. Dónde la tiraste, perra. Revuelve unas bolsas, agarra del suelo una botella de sidra y la examina a la luz: todavía queda algo. Toma un sorbo, recupera su mano negra y vuelve al basural.
María se queda tirada entre los rieles. Al cerrar los ojos ve luces de colores como un árbol de Navidad gigante que avanza por la vía. Lucho de pronto la zamarrea, qué hacés durmiendo acá, sos estúpida. Sobresaltada, empieza a toser.

Entonces él la ayuda a bajar, la alza como a un muñeco de patas largas para sentarla sobre un tacho dado vuelta.

–¿Se te pasó?

Lucho se asusta con los ataques de tos de María. Terminó en el hospital una vez y el médico dijo que estuvo a punto de morirse. Le dio un remedio, por un tiempo tiró bastante bien pero cuando se acabó María siguió tosiendo. El viejo carajea, hay que cuidarla a María, le pega a Lucho cuando ella tose. Tose para molestarnos, dice Joaquín.

Mientras recobra la respiración, María balancea las piernas y golpea el tacho con un ritmo regular: tuc tuc tuc tuc. ¿Quedan muchos todavía?, pregunta.

–Algunos. Cuando terminemos los llevamos a casa, vos nos ayudás con el carro.

Ni bien Lucho se va, María se pone a buscar la cajita entre los yuyos y las bolsas para encontrarla antes de que aparezca Joaquín y esconderla en un lugar seguro. En eso Joaquín llega amenazando: si no me das el anillo, el mano negra te estrangula.

–Salí. Qué voy a tenerle miedo a esa mano podrida. Ni los caranchos la quieren.

Joaquín levanta una chapa y mira debajo. A que yo lo encuentro antes, apuesta.

María descubre la cajita y se queda quieta para que no se le pierda, hasta que dos pies se meten en el medio y una voz desconocida arranca: mirá estos pendejos cómo laburan, nos arrimaron los tachos a la vía.

–A ver si quieren propina –se ríe otro.

De las patas a los pelos, María los ve brillantes de tan transpirados.

–Son nuestros –dice Joaquín.

El que habló primero, morocho y bocón, da la orden: carguemos estos, después buscamos los que quedan. Los demás se encaminan hacia los tachos.

–No –desafía Joaquín. Se acerca al morocho y le estampa en la cara la mano amputada. El otro, desde su altura, qué te pasa pendejo, lo agarra del brazo, le saca la mano negra y la hace volar por el aire.

Joaquín caza una piedra del suelo y se la tira de cerca apuntando a la cabeza. El grandote se queja con voz aguda, se toca la cara y agarren al pendejo, grita, que no siga jodiendo.

–Peleá, negro maricón –lo incita Joaquín. Uno lo atrapa y él patea a otro que se le acerca de frente. Ése se encorva pero un tercero viene a agarrarle las piernas y le encajan una trompada. Joaquín chilla sujetado de pies y manos.

–Cállenlo al pendejo y vengan a llevar los tachos –dice el que manda.

Pero Joaquín todavía pelea y logra soltar una pierna para patearle la cara al que tiene delante. Entonces los demás se enfurecen, le dan con todo. El morocho se acerca, saca una navaja y le advierte: basta, pendejo, querés que te pinchemos, qué estás buscando.

Un poco más allá, María se pone los zapatos y escucha a Joaquín que todavía reta: hijos de puta, los voy a reventar.

María escapa hacia el basural, corre entre los yuyos y la chatarra, tose y llama ¡Lucho!, pero no lo encuentra. Le cuesta respirar, tropieza y se estira tratando de mirar más allá de los matorrales. Entonces Lucho aparece.

–Qué hacés acá, qué te pasa.

–Vinieron a buscar los tachos –resopla María–, lo tienen al Joaca, le están pegando.
Lucho suelta su carga y sale disparado. María, torpemente, trata de seguirlo.

Al llegar a las vías, Lucho ve a lo lejos cuatro figuras con los tarros a cuestas. Acelera, pero en eso pasa el tren y le corta el camino. No se ve nada en ese momento: los vagones que pasan, pasan, pasan. Cuando el tren termina, los otros ya no están ahí.

Lucho se fija alrededor y descubre a Joaquín tapado por los cartones al lado del carro. Despeja el lugar rápidamente: Joaca, lo sacude, levantáte, pero Joaquín no reacciona, tiene la remera pegoteada de sangre. María los observa con ojitos incrédulos.
–¿Viste quiénes fueron?

María niega con la cabeza. Lucho levanta una chapa oxidada y la cruza encima del carro apagando el brillo de las cintas de colores. Le pide a María: ayudáme. Alza a Joaquín por los hombros y ella por las piernas. Esperá, dice María, y le ata los cordones del zapato. Para que no se le caiga, agrega. Lo ponen sobre la chapa.

–¿Se va a despertar el Joaca? –pregunta María. Lucho, con los ojos en el basural, duda. Después resuelve: vamos a casa, y encamina el carro hacia el cruce de las vías. Avanzan unos pasos por el callejón de tierra.

–¡Se está moviendo! –grita María.

Lucho se para y mira a Joaquín, pero ella señala en el suelo el brazo podrido. Lucho lo patea con rabia. Otra vez esta mierda, se enoja y vuelve a empujar el carro. María recoge la mano amputada. Camina detrás de Lucho llevándola en sus brazos como un animalito. Después se pone a la par del carro, la deposita sobre la chapa y asegura: cuando lleguemos, el mano negra lo despierta.

 
 

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Claudia Feld nació en Buenos Aires en 1968. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y se doctoró en la Universidad de Paris VIII (Francia). Trabajó como periodista en distintos medios y como docente en la Universidad de Buenos Aires. También fue profesora invitada en la Universidad de Paris VIII. Sus trabajos de investigación abordan los vínculos entre memoria social y medios de comunicación. Sobre ese tema, publicó Del estrado a la pantalla: las imágenes del juicio a los ex comandantes en Argentina (Madrid y Buenos Aires, Siglo XXI, 2002) y distintos artículos en libros y revistas nacionales y extranjeros.
El cuento “El mano negra” fue publicado en la antología Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas, con selección y prólogo de Florencia Abbate (Buenos Aires, Norma, 2006)
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