volver

Pollera pantalón

 Por Paula Jiménez
 
  En las inmediaciones de la ciudad de Londres, alrededor de las 10.15 hs. del domingo 1 de octubre de 1895, Sir Levy Buster Hudsanford ahorcó en su propio castillo a la doncella Miss Mary Hanna Thompson tomándola por la espalda. El criminal regresaba de una tirada clandestina de tarot donde le fue vaticinada una futura infidelidad por parte de Elloisse, su mujer.

- ¡Oh, Levy, por Dios! ¿Qué has hecho con nuestra mucama? - preguntó la esposa ante la vista del cruel asesinato. El cuerpo de Miss Mary yacía morado sobre los pelos gruesos y blancuzcos de la alfombra de oso polar que Sir Levy Buster Hudsanford había cazado el último año nuevo.

- No hay caso, no tienes una pizca de valentía - decretó en la cena del primero de enero su adorada - ¿qué gracia tiene andar cazando alfombras o cualquier otro objeto inanimado, Levy? Hay momentos en los que no te entiendo.

- Fue en la kermesse - aclaró Levy -, se trata de apuntarle a un objetivo que gira y gira clavado en una enorme rueda de hierro, si aciertas, te llevas tu premio. Delante de la rueda hay césped artificial y sobre él árboles de cartón que, por un sistema de abanicamiento, se mecen produciéndole al cliente la ilusión de estar en pleno bosque y con el viento soplando, enfurecido. Había cabezas de ciervo, chalecos de piel de vaca, cascos con cuernos de toro estilo viking. Yo elegí la alfombra, Elloisse, soy millonario y tengo que ocupar mi tiempo en algo, sino me deprimo.

- Pareces un niño - dijo ella pasándole una mano por la cabeza. Buster Hudsanford despertaba su ternura y eso era bueno, sin embargo, estos repetidos comentarios sobre la cobardía de Levy iban sembrando en él la necesidad de demostrarle lo contrario, por temor a perderla. Claro que si Elloisse hubiese reconocido a tiempo los efectos que cada palabra suya le producía, podría haber omitido más de una.

- Te noto pensativo - le dijo un día.

- Me dejarás por otro más osado que yo. Eso me figuro. Parece que te estoy viendo con él, un hombre de carácter mandón como Miss Mary Hanna Thompson, nuestra mucama.

- ¿Qué dices? ¡Por Dios, querido Levy! Tú eres el hombre con el que quiero estar. Me gustas así, cobarde, pusilánime.

Pero a él estas respuestas, lejos de calmarlo, lo alteraban. Después de todo, si Elloisse era tan insistente con el tema del coraje seguramente se debía a que, en el fondo, relacionaba esta cualidad a su ideal masculino y, como para Levy también era así, el hecho de admitir en su fuero interno que esta característica inherente a la virilidad ya no parecía pertenecerle, lo llenaba de amargura; sobre todo porque a través de un gesto valiente la había conquistado seis años atrás. Gesto que Elloisse supo reconocer, y se lo dijo. Todavía resonaban en sus oídos aquellas palabras "¡Eres tan valiente querido!".

Cuando Sir Levy aún no era Sir pero sí Levy, un jovencito colmado de dudas y esperanzas, se preguntaba con frecuencia: "¿Alguna vez he de cruzarme con la mujer que le otorgue sentido al resto de mis días?". No se cruzó, es decir, sí, pero en el momento no supo que se trataba de una mujer. Elloisse Davidson Irving, con sus trajes de etiqueta y pelo engominado, pasaba por hombre en los círculos literarios de la época donde ninguna dama tenía lugar. Conocida como "David Sonirving, El novelista" aquella muchacha se dedicaba cien por ciento a su oficio, absteniéndose así de experimentar, dentro de lo posible, cualquier tipo de pasión carnal; estas recaían, como suele suceder, sobre sus enrarecidos personajes. Tenía un estilo rico en hiperbatones, sinécdoques, hipérboles, apóstrofes y epígrafes, que sobresalió entre sus contemporáneos produciendo celos por doquier. "Anoche recibí mi primer amenaza y como yo de detective también tengo lo mío, sé que fue él: Sir Artur Conan Doyle", declaró David a la prensa "A pesar de tratarse de un escritor segundón, la humanidad le debe a este villano su inmerecido legado: Sherlock Holmes. ¿No se conforma con eso? ¿Qué más quiere este individuo? ¿Escribir mejor, matándome? Y otra cosa: no necesito venganza, necesito dinero".

El escándalo de la amenaza trascendió las barreras de la isla y, a poco de tal declaración, quien recibió una suma millonaria en monedas de una libra fue el verdadero daminificado. "La ficción supera a la realidad, maldito paranoico. Me pasaré el resto de mi vida contándolas" dijo Connan Doyle a Elloisse, indignado. La indemnización que se vio obligada a pagar por la causa perdida terminó con su fortuna. Entre los muchachos las cosas eran así: escenas de este calibre plagaban su vida, pero ella persistía en su firmeza, dispuesta a seguir luchando. Y pese a que aquel episodio hizo que tuviera que comenzar de cero, su extraordinario talento para inventar historias le permitió levantar cabeza otra vez, aunque no tanto.

Dentro de aquél marco tan hostil, Levy conoció al extraño literato en una fiesta organizada por la editorial "The man who write in London". No supo qué le ocurrió al mirarlo a los ojos. Su corazón galopaba bajo el shavot y el cuello le picaba, mojado por la transpiración. Entonces, no dudó un instante y se avalanzó sobre él confesándole su admiración. Elloisse, David aún, se estremeció ante la entereza de Levy.

-¡Oh, precioso joven! No soy varón, me disfrazo de hombre para publicar las historias que escribo y así realizarme como mujer en esta sociedad tirana con nosotras. ¡Eres tan valiente querido! ¡Tan valiente al manifestar tu deseo por mí siendo apenas 1889! Sólo por eso, mereces mi amor, pero no sé si podrás aceptarme...

Sin palabras, Levy selló ardientemente aquellos labios. El primer beso, húmedo y apasionado, superó sus expectativas que ya eran bastante amplias. Un fuego, antaño olvidado por él, de súbito se reavivó y fue descendiendo por su interior en busca de un centro donde extinguirse. Pero como este movimiento es paradójico, cuánto más perseguimos amainar el ímpetu de esa llama, más la encendemos y mientras la secreta voluntad del amante es reducir a grado cero la temperatura de la que se siente esclavo, el impulso amoroso siembra fogatas aquí y allá, sin siquiera sospechar que cosechará cenizas. El amante pierde el control sobre los pensamientos, que antes constituían su fortuna; luego esto mismo se traslada a sus acciones y así, sin meditarlo, va y hace lo que el amor le dicta. Tal vez sea este un buen argumento para explicar lo que le sucedió después a Elloisse, a quién también se le había reavivado el fuego. Cuando Búster Hudsanford se arrojó sobre su boca, ella no recordó que el pegamento del bigote se diluía simplemente con agua. Ninguno de los dos advirtió la caída del postizo y menos aún que lo estaban pisoteando; pero esto no es lo más significativo, un objeto material puede reponerse. Las caricias arrebatadoras de Levy volaron también la galera con que su amada había ocultado durante tanto tiempo una espesa cabellera que le envolvía los hombros como un sedoso chal y bastó ver ese delicado rostro, enmarcado por largos bucles, para que todos corroboraran aquello que, hasta ahora, sólo unos pocos se habían atrevido a sospechar. Así, dejándose llevar por ese vértigo, en menos que canta un gallo la mujer desnudó su identidad olvidando que había testigos. Los invitados a la fiesta observaron, asombradísimos y por orden cronológico: primero, cómo se besaban dos hombres en público; segundo, David no era un hombre. Salió en todos los diarios.

De ahí en adelante sus vidas dieron el primer vuelco. Al diablo con la carrera de Elloisse que no volvió a publicar un solo refrán en lo que le quedaba de existencia y otro tanto con la reputación de Levy, un hombre incapaz de ponerle coto a sus impulsos pasionales.

Aquella mañana, enceguecido por la furia que había sembrado en él la tirada de tarot, llegó a su castillo sito en Mc Cartney Paul Street y al ver a su mucama de espaldas pasando el plumero sobre un mueble, la confundió con un desconocido al que imaginó sacudiendo sus partes pudendas en pleno living. "Mi rival" se dijo, "el valiente con el que me engaña". Era la segunda vez que esta alucinación acudía a su mente en los últimos diez meses. De la primera resultó víctima fatal un maniquí expuesto en la puerta de la tienda "More mode", donde se vestía Elloisse.

- ¡¿Qué haces amor mío?! - gritó consternada al ver a su marido enredarse con el cuello del maniquí y desgarrarle su smoking hasta volverlo flecos. Levy era imparable, ni el dueño de la tienda ni la policía podían detener su impetu de destrucción. No dejó nada: trozos de yeso color piel en el piso y pedacitos de tela que, después de masticar, Buster Hudsanford devolvió a la superficie, totalmente incapaz de digerirlos; restos desparramado que hacían, sin duda, a la obra de un maniático. Elloisse hechó mano a este argumento para defender a su esposo:

- Es que anoche soñó con maniquíes - le mintió al comisario Philip Morris, cuando todo había amainado -. Desde niño, este sueño lo persigue. Fíjese, jamás iría a Harrods con él. Tampoco podemos tener esculturas en casa ni estatuas en el jardín. Ante cualquier representación de lo humano, Levy, que es sobrino nieto de árabes petroleros, puede enloquecer de un instante a otro. ¿Comprende? Una especie de locura mística genética que toma sus bases del Corán y sólo se apiada de la pintura abstracta, Jackson Pollock, por ejemplo.

- ¿Cómo? - preguntó el comisario, que del Corán nada y de pintura menos.

- El Corán prohibe cualquier tipo de reproducción de la figura humana. Lo mismo dan los espejos para ellos que la cara de una moneda de una libra esterlina, de dos, de tres; igual suerte para El hombre de la mano en el pecho, del Greco, La maja desnuda, de Goya, La costurera y el viento, de Vermeer, El jardín de las delicias, de El vizco, La Gioconda en el dulce de batata, el rostro de Washington en el billete de un dólar, la foto de Marx en la contratapa de "El capitalis...

- Basta. No siga. La entendí. - en realidad no había entendido demasiado pero ya no toleraba la erudición de Elloisse.

- Si comprende, entonces, Sr Comisario por favor, sobreséyelo. Aunque mi marido precise un escarmiento, el pobrecito requiere de su sobreseimiento para iniciar el tratamiento. No le miento.
Y el comisario, que ya estaba mareado con los argumentos rimados de Elloisse Davidson Irving de Hudsanford, lo sobreseyó al instante.

- Bien, Miss, lo sobreseeré, pero que no se repita.

- Gracias, Sr. Comisario, por sobreseerlo.

- No me agradezca tanto. Y debe usted saber que si lo repite ya no podré hacer nada por él ¿estamos? No será sobreseído. De sobreseimiento, ni hablar. Sólo los justos pasaran por mi sobresesión.

- ¿Perdón?- Elloisse no entendió esto último.

- Lo que escuchó. Ahora reitérense, perdón retírense - dijo Philip Morris, contentísimo.
De vuelta al castillo, Elloisse llevaba a su marido de una oreja. Estaba enojada pero, como buena escritora, no perdía interés en ese transfondo psicologista con el que componía sus personajes. De modo que no se privó de indagarlo y, aún así, no consiguió sacarle a Levy una palabra sobre el motivo real por el cuál había atacado al maniquí.

- Eres un misterio, querido, un auténtico misterio. Lo único que me resta por pensar, ya que no me dices nada, es que sólo alguien muy cobarde puede agarrárselas con un maniquí que no se sabe defender. Es decir, ya sé, no lo has hecho de malo, sino que estás imposibilitado de manifestar tus pequeñas violencias cotidianas con el resto de los humanos y las descargas en un objeto inanimado. Lo digo también por la alfombra que cazaste en año nuevo. Eres un auténtico cobarde.

En realidad, ocurrió que Levy al pasar por la tienda donde ella se estaba comprando ropa vio al maniquí vestido de etiqueta con un elegante catalejo en la mano, a la altura del pubis, y alucinó por primera vez una escena masturbatoria dirigida a su mujer. Sintió pudor y no quiso confesarle a Elloisse tamaña confusión, entonces prefirió callarse y dejarla especular con hipótesis. Por otra parte, ella no lo llamaba "cobarde" a modo de insulto; no tenía la intención de agredirlo sino la de aportarle una definición objetiva a su personalidad, y esto lo dañaba más que cualquier otra cosa. Pero la segunda vez y con el cadáver de Miss Mary Hanna Thompson de por medio, tuvo que dar cuenta de los hechos. Dado que la teoría del ataque a lo inanimado no funcionaba en este caso, Elloisse insistió incansablemente hasta hacerlo hablar. También es cierto que Levy necesitaba de su propia confesión, sólo ella podría ayudarlo a encubrir el crimen inventando alguna historia original y creíble como la del sueño con muñecos.

- Tienes una imaginación privilegiada amor mío, piensa qué podemos decirle al Comisario Morris esta vez - le pidió encarecidamente Buster Hudsanford

- No hay caso Levy ¡Agarrártelas con una mujer, que tiene menos fuerza que tú y necesitar de otra para no ir preso! ¡Qué madre habrás tenido Levy! ¡Cuánto menoscabó tu virilidad para que siendo un adulto no puedas responder por tus propios actos!

- Sí, Elloisse, soporto todo lo que me quieras decir, pero hazlo después cariño, ahora hay poco tiempo. Soy un novel asesino y no sé qué hacer, aunque sospecho que algo rápido. ¡Piensa amor mío, por dios y todos los santos!

- Mira, si quieres salir vivo de esta, me obedecerás en todo. Escucha bien: aún hay huelga de transportes marítimos pero en tres días se levantará y saldrá el primer barco al continente, te irás en él. Cuando arribes a Portugal tomarás un tren, ó los que sean necesarios, hasta llegar a Austria, te alojarás en Viena y pedirás un turno con un especialista en aberraciones sexuales llamado Sigmund Freud. Sé que hace bien su trabajo, he leído algunas de sus conferencias en el Psichoanalisys Journal y son brillantes. Además, qué bien escribe ese hombre. A él le hablarás de tus alucinaciones y no temas, no te denunciará porque se lo impide el secreto profesional. Si deseas volver conmigo luego del tratamiento lo harás, pero vestido de mujer para que aquí nadie te reconozca. Yo diré que eres una amiga entrañable que ha venido a acompañarme en los peores momentos y así te presentaré a la sociedad londinense como Lilith Westinghouse Mc Klein. Viviremos juntas. No faltará quien diga de mí que me he convertido en una lesbiana, pero me importa un bledo y además, en cierto modo no estarán tan desacertados. En cuanto a ti, Sir Levy Buster Hudsanford, sino haces lo que te indico serás hombre muerto porque yo te denunciaré y me mostraré avergonzada de tu persona, lo cuál no me costará mucho. Si me obedeces, le contaré todo al comisario y mentiré sólo en un detalle, pero ese detalle será fundamental: diré que te has ido a París, donde estabas antes de nacer.

Levy tuvo que aceptar, no le quedaba otra salida. Tres noches más tarde embarcó con destino a Portugal y al llegar a Lisboa tomó el primer tren a España, donde tomó un tren a Bretagne, donde tomó un tren a Berlín, donde tomó un tren a Liepzig, donde tomó un tren a Baden Baden, donde tomó un tren a Liechstentein, donde tomó un tren a Austria con escala dentro del país. Así, a los veintinueve días de su partida ya estaba en la estación de Viena listo para subir a un carro rumbo al consultorio de Sigmund Freud. El carro tardó sólo cuatro horas y a Levy le pareció una distancia cortísima a comparar con la cantidad de días que había demorado en viajar de un lado al otro. Una vez allí, la secretaria lo hizo pasar y le propuso aguardar al doctor en la sala de espera. Le aclaró:

- Tuvo suerte, queda un turno libre porque faltó la paciente Isabel D.R.. Estaba malita de una pierna, la pobre - le comentó acariciándose la parte inferior del fémur derecho y continuó -, paso a informarle: es un tratamiento largo con honorarios altos, ¿está dispuesto?

- Por supuesto - dijo Levy, que por encontrar en la secretaria un extraordinario parecido con el maniquí, sintió sobrevenir en él una culpa sorpresiva - por supuesto, le doy lo que quiera, todo lo que me pida, ¿necesita algo señorita, está usted bien? Perdone, perdone ¿la molesto con mis preguntas?

- Sí - dijo la secretaria, y señalando a una mujer bella e indiferente que leía una revista de modas y tosía, le explicó - Como verá, no está usted solo en el mundo, hay alguien delante suyo esperando también a ser atendida por el doctor. No intente "colarse".

Por la forma en que enfatizó esto último, cualquiera hubiese dicho que leía dudosas intenciones en Buster Hudsanford y este, lejos de rechazar la actitud suspicaz con la que se lo intimidaba, comenzó a dudar de sí mismo. Una vez más los débiles fundamentos de su personalidad tambalearon y, en este caso, merced a la confusión mental promovida por la semejanza entre el maniquí y la secretaria. "¿Es que, realmente, guardaba yo la mezquina intención de pasar por encima de esta dama, sólo por lograr que me atiendan primero?", se reprochaba secretamente. "Qué perverso soy, dios mío y qué cobarde, le temo incluso al paso del tiempo".

- Ni se le ocurra. - continuó la señorita secretaria - ¿Me entendió? ¡Que para algo existen las colas!. Escuche bien: recién acaba de entrar una paciente, cuando salga pasará la mujer que tose y luego llegará su turno. Cada sesión dura una hora. Se irá de aquí poco después del anochecer.Y la sola mención de esa palabra bastó para que el corazón de Levy se preñara de sozobra: "otro... otro anochecer más, lejos de Elloisse... ¿qué estará haciendo ella ahora?". Pero Buster Hudsanford no tenía contestación alguna para esa pregunta. Y si bien al vacío que comporta la ausencia del ser amado se lo suele completar con figuras pretéritas, obteniéndose así una especie de presente - respuesta apuntalada por la frágil estructura de la melancolía, a él se le hacía imposible rellenar ese vacío con algo, con cualquier cosa, lo que sea. "Si al menos fuese bulímico...", se lamentaba "llenaría este vacío con algo".

Para Elloisse, en cambio, las cosas eran muy distintas. No la olvidemos: una mujer enérgica, con sobradas capacidades para meter mano en su realidad objetiva, transformarla y hacer de su otra realidad, la subjetiva, una larga lista de best sellers. Una mujer así no siente el vacío y jamás podría padecer la desgarradora nostalgia que invadía por entonces a su querido Sir. Además, no le quedaba un minuto libre para extrañarlo y ni ganas tenía. Entre los tiempos dedicados a la escritura y aquellos otros, más mundanos, invertidos en denuncias y tramiteríos pertinentes al crimen, terminó tan stressada que ya no le quedaba paciencia ni para consigo misma. De hecho, mientras Levy se preguntaba en la sala de espera "¿qué estará haciendo ella ahora?", Elloisse desenredando sus largos cabellos frente al espejo, se decía:

- Malditos bucles, los odio. Qué feliz era yo en mis épocas de David, aquél muchacho buenmozón de pelo ralo - así, inesperadamente, recayó sobre su espíritu una furiosa nostalgia -. Y estos vestidos, malditos sean. Cuánto más cómodo un buen pantalón ¡Cáspitas! Detesto el miriñaque por pequeño que sea. Todo me parece una mariconada. Todo.

Sin embargo, vestida de mujer, su delicado aspecto femenino había sabido beneficiarla más de una vez en la vida y no sólo su inteligencia. Elloisse era de las que pueden conseguir cuanto se proponen, sin precisar para eso más que un par de lagrimitas capaces de conferirle a sus ojos un brillo falsamente candoroso.

- De nuevo por aquí - había dicho semanas atrás el Comisario Phillip Morris al verla entrar llorando en la seccional - No me diga nada, su marido.

- Mi marido. Vengo a denunciarlo. Hace tres días mató a nuestra mucama.

- ¿Tres días? ¿Porqué lo denuncia recién hoy?

- Porque es el tiempo que tardé en juntar valor. Estuve muy deprimida. - dijo y rompió en llanto.

Era mentira. Ya sabemos que no lo hizo tres días antes porque Levy se encontraba aún en London esperando el levantamiento de la huelga marítima. Y sólo después de que la protesta naval llegó a su fin, sin grandes resultados, por supuesto, Buster Hudsanford logró embarcar en el Steffanía Sandrelli I, la noche anterior a que Elloisse se apersonara en la seccional simulando estupor ante lo acontecido. Parecía una frágil mujer a punto de quebrarse, pero la verdad es que había urdido este escabroso plan teniendo en cuenta todos los detalles: demoró la denuncia, organizó la fuga y, para que nadie los reconociera, sometió a Levy a una tintura de pelo mientras que ella, por su parte, lo acompañó al puerto vestida de hombre. Cualquier oportunidad le parecía buena a la escritora para modificar su aspecto físico. Y así, desde la dársena norte, con su abundante cabellera abultada otra vez bajo la galera, luciendo un primoroso príncipe de gales con solapa de seda, Elloisse agitó su pañuelo y tuvo que impostar la voz, volviéndola hombruna al momento de gritar "Por fin harás algo importante, querido". En cuestión de minutos la bocina anunció la partida y la nave se deslizó sobre el agua como un recuerdo. Sin duda, aquella despedida fue conmovedora, aunque Elloisse la olvidara casi de inmediato.

- Muy deprimida - recalcó, despertando la compasión de Phillips Morris -, mi cabeza no da más. Hace tres días.

- ¿Y el cuerpo?

- No, el cuerpo bien, es sólo mental

- No, Señora, el cuerpo de la mucama ¿qué hizo con él?

- Aún... aún... sobre la alfombra - el llanto se transformó en alarido y hasta ella misma consiguió asombrarse de su potencialidad dramática.

- Está bien señora, cálmese.- dijo el comisario habiendo flaqueado ante aquél triste espectáculo - Por esta vez pasa. Pero es bueno que sepa que, en caso de asesinato, siempre es conveniente hacer rápidamente la denuncia. En tres días desaparecen las pistas. Estamos finalizando el siglo XIX y aún no existe una tecnología de avanzada que nos permita investigar más allá de la pura evidencia. Además usted... discúlpeme... usted podría ser procesada por cómplice.

- ¿Cómplice yo? ¿Usted me ve a mí cara de cómplice?

- No, por favor - se disculpó el comisario - sólo que...

- Sólo que ¿qué? - retrucó indignada Elloisse - No se lo voy a permitir.

Dio media vuelta y se fue, pero su intempestiva huída no la eximió de tener que declarar como testigo principal de los hechos días más tarde. El castillo se llenó repentinamente de peritos que buscaban pruebas y ella no tuvo peros para oponerse al peritaje.

- Háganlo - decía fastidiada por tener que verles la cara a cada rato -, aunque no sé para qué. Ya les dije: el asesino es mi marido. Tengo esta carta probatoria, notifíquense, mírenla, estímenla, reconózcanla, es su letra ¿Ven? Ahora él está en París. Vayan allí inútiles, fútiles, dúctiles, encuéntrenlo, cuélguenlo de la torre como a Lisandro. ¿O me van a obligar a seguir denunciándolo en toda comisaría y organismo de derechos humanos que figure en la guía pública? Lo haré. No me importa nada. Él ya está muerto para mí.
En este caso no mentía: de algún modo él era un muerto para ella. Sí, ese Sir amado que cazaba alfombras de oso en año nuevo, había sido desterrado de su memoria y los largos meses que le quedaban por vivir en la soledad del castillo, los destinaría, entre otras cosas, a esperar a Lilith.

Aquél día en el que ella se peinaba frente al espejo de su recámara a la hora del crepúsculo, el atardecer caía también para Levy tras las ventanas de una sala de espera muy lejana a su Inglaterra. El sol se sumergía en el horizonte como en una cama y las chotacabras atravesaban la pesada atmósfera sin emitir chillido. Pero, sólo una cosa rompía para Buster Hudsenford el silencio de esa hora en Viena: la tos de la mujer que junto con él esperaba a Freud.

- ¿Hace mucho que se atiende con el Dr.? - le preguntó tratando de darle
charla y distraerla de su síntoma.

- No - respondió ella - no hace tanto, perdón... mm... qué carraspera... no hace tanto... mm... pero creo que dejaré en cualquier momento... mmm... no me para la tos.

- ¿Porqué?

- ¿Porqué no me para la tos?

- No. ¿Porqué dejará el tratamiento?

- Es que me siento igual que antes.

- ¿Y cómo se sentía antes?

- Igual que ahora - respondió escueta. Como la contestación fue terminante, Levy decidió no insistir sobre el tema pero ella, al verlo callado, provocó una nueva charla - ¿De dónde viene... mmm... disculpe... mmm... de dónde viene usted que habla tan mal alemán?

- De Londres. Mi mujer leyó una conferencia publicada por el doctor y decidí venir a atenderme.

- Ah... ¿es casado?

- Sí

- Qué interesante.... mmm... mmmm....aj...ajj... qué carraspera... ajjjjjjj.... mmm...

- ¿Usted...?

- Yo.... yo soy Dora - dijo en un tono lastimoso y particular, como si su nombre fuese la mismísima definición de la soltería, de la desorientación en la vida, del abandono - Dora y estoy enamorada de K.

- Perdón ¿quién es K?

- No, no diga K... mmm.... uaujjj....uaujjjjjjjj... no diga K - dijo Dora y entre flemas y llantos se fue corriendo de la sala de espera, dejando para siempre su terapia con Freud. Levy, convencido de haber cometido una imprudencia, salió tras ella con el objetivo de ir a buscarla y devolverla al consultorio. Pero su esfuerzo era inútil, Dora corría tan rápido y Levy estaba tan cansado por su largo viaje que no logró alcanzarla. "Se le van a salir los pulmones por la boca" pensaba mientras la veía perderse entre las callejuelas vienesas, profundamente asombrado ante esa muchacha que a pesar de toser como tosía, podía correr a tanta velocidad. Al regresar donde Sigmund Freud, la señorita secretaria le dijo que el doctor se había retirado, puesto que al salir de su consultorio no quedaban pacientes a la vista en la sala de espera.

- Vienen muchos paranóicos y huyen así como usted. El doctor y yo creímos que ya no volvería. Ahora, lo siento, no quedan turnos hasta dentro de seis meses, por lo menos - le explicó, dejando traslucir su mala disposición para con él.

- Me lo tomaré con calma - dijo Levy - , sólo dígame a dónde hay una tienda de ropa de mujer por aquí cerca en la que pueda comprar una pollera de talle grande, como para mí.

- No sé - dijo la señorita secretaria empujándolo hacia la puerta y mirando los pantalones de Levy con los ojos fuera de sus órbitas - ¡Váyase de aquí, degenerado!

La reacción fue desmedida, sí, pero Levy más tarde supo la verdad. Aquella era una paciente del doctor Freud que "mientras esperaba que la atendiera" se hacía pasar por secretaria y en eso consistía su patología. En eso y en una profunda aversión al travestismo a raíz de un trauma infantil. De niña había ido a comprar un sorbete a la heladería y con su metro diez de estatura no llegaba siquiera al mostrador. Todo el mundo se le "colaba" y, como si esto fuera poco, cuando ya había permanecido largo rato esperando, una mano desconocida le levantó el vestido y le pegó un pellizcón en la "cola". En ese momento se dejó oír una sonora carcajada, la niña miró a su alrededor para identificar de donde provenía y vio, junto al bebedero, una mujer con pantalones, o bien, un hombre con pollera, riéndose brutalmente de la humillación. Desde entonces, las palabras "pollera (pollería, polla, pellizcón)" y "pantalón (pantano, tampón, espanto)" quedaron unidas en su memoria como si fueran una sola. Es interesante agregar que, luego de aquél penoso hecho, la paciente fue consolada por la secretaria del heladero y que el gesto maternal de esta empleada vehiculizó la posterior identificación de la niña con una imagen femenina. Según consta en los anales psicoanalíticos de 1895, en la última sesión que la paciente tuvo con Freud, este le preguntó " ¿Qué es una mujer?". Y ella, en lugar de responder "no sé", como venían haciéndolo todas, contestó: "una mujer es una madre que es una secretaria que es una pollera que es un pantalón". Los dos últimos términos de esta cadena asociativa inspiraron a Freud. Un nuevo horizonte se abrió ante la miopía de sus prejuicios y sobre la llanura de la incertidumbre vio brillar un concepto con la potencia del astro: la bisexualidad constitutiva, teoría que la humanidad lleva a la práctica desde tiempos inmemoriales. Era 1905 cuando, en un congreso sobre "Neurosis y secretariado", el famoso neurólogo expuso este caso paradigmático publicado después por el Psichoanalysis Journal. Elloisse coleccioanaba esta revista y Levy, desde su regreso a Londres, la ojeaba cada tanto deteniéndose sólo en aquellos titulares que le llamaban la atención. Una mañana leyó aquél artículo y le dijo a su esposa:

- Menos mal que no conseguí atenderme con Freud en Viena. Publica todo. Hoy el mundo entero sabría que soy un criminal y que además no soy mujer. Sé que me llamaría por un pseudónimo, sí, en eso consiste su secreto profesional, pero sólo en eso. No faltaría quien sospeche de mí, ya que, con excepción del nombre, este doctor no se priva de dar otras señas particulares sobre la vida de sus pacientes.

Era notable cómo las desgraciadas circunstancias que acorralaron el destino de Buster Hudsanford habían logrado también extender las fronteras de su pensamiento, tan corto en las épocas de juventud. De hecho, este comentario sobre la descripción que hacía Freud de sus pacientes dejó en Elloisse una impresión muy favorable y no pudo más que responderle:

- Tengo que confesarte que has dicho algo inteligente, mi amor.
Ya habían pasado muchos años desde los sucesos que cambiaron otra vez la vida de la pareja y sobre todo la de Levy. Durante la temporada en que se ausentó de Inglaterra estuvo muy deprimido, consternado por la reacción de la supuesta secretaria y extrañando a Elloisse que, en obediencia a su propia estrategia de encubrimiento, lo denunció en toda comisaría y organismo de derechos humanos londinense que encontró en la guía de servicios públicos. La única actividad capaz de entretenerlo en la Viena victoriana de aquellos días era comprar ropa. Cada vez que entraba a un probador, se decía: "¿qué le parecerá este vestido a mi amorcito? ¿será de su agrado? ¿o aquél?". Por las dudas se llevaba varios. Regresó a Londres con las maletas llenas de ropa, zapatos y cosméticos. Parecía una auténtica dama.

- Bellísima - le dijo Elloisse al verlo entrar en el castillo - eres bellísima. Y esa cabellera, tan rubia, tan rizada ¡Dios me hubiese dado un solo pelo así y mi vanidad sería tanta! ¿es natural?

- ¿La vanidad?

- No, el pelo.

- Sí, el pelo es natural. La vanidad es cultural y no está mal y no está mal - contestó Levy entre risas y pasos de baile -, así dice el estribillo de una cansoneta austríaca de moda en los barrios bajos ¿la conoces? ¡Oh! Lo siento, olvidaba que la cultura que he adquirido en mis viajes no puedo compartirla contigo porque es una experiencia muy personal. Pero cuando quieras, Elloisse, te enseñaré canciones y danzas típicas. No tienes más que pedírmelo, mi amor. Volviendo al tema de mi hermoso cabello, sucede que me teñí y compré mis pinturas en los mejores lugares de Austria, para no dejar lugar a dudas sobre mi identidad. Cuando se usan productos caros la gente queda tan embelesada con lo que ve que ya no se cuestiona quién es realmente aquél que tiene delante, un hombre en mi caso. Un hombre que a partir de ahora es Miss Lilith Westinghouse McKlein, tu prima.
Y así fue. De sospechas, nadie nunca nada y todo Londres reconoció a Lilith como a la mejor amiga de Elloisse. Aunque no era fácil y ella seguía desilusionada porque su marido no había podido hacer terapia con Freud, ambos decidieron saltear los obstáculos que se oponían a la unión y llevar su vínculo por terrenos menos tormentosos, donde ella no volvería a achacarle su cobardía y él no mataría a nadie más.

- Trato hecho - dijo Elloisse - Además, ahora pienso distinto. Alguien capaz de hacer esto por una mujer, lejos está de ser cobarde. Te confieso que me gustas así, pero pronto te operaremos los pechos en París para que no tengas que andar con algodones de un lado al otro rellenando el soutien. No te muevas. Respira hondo. Hay una clínica en Montparnasse y funciona de mil maravillas. Así que luego veremos el asunto de tu hace - pipí. Debemos prevenirnos ¿sabes?. No dejar pistas, digo, tal vez, si no lo tuvieras... Lo discutiremos después, yo soy de la idea de que seguir con eso colgando es peligroso para tí y para mí, tu cómplice. No te muevas, vamos. Además, no quiero perderte amor mío, no quiero que te condenen a muerte si alguien descubre la verdad y nos delata. Respira hondo. ¡Ay, amor mío! - suspiró - Si yo no tuviese una debilidad así como la que tengo por los exponentes de tu sexo, creeme que nunca, pero nunca, te hubiese perdonado. ¡Eres tan valiente! ¡Tan valiente!. Cuento hasta tres y tiro. Un, dos, tres. Respira hondo. Va.

- ¡Ay, ay! Gracias - dijo Lilith - Es todo lo que quería escuchar. ¿Sabes? Para un hombre la virilidad y la valentía son lo principal. Ahora me siento viril otra vez. Repítelo.

- A ver, la barbilla. No quiero lastimarte ¡Eres tan valiente querida! -repitió, mientras le depilaba el rostro con cera austríaca. Fría, para aliviarle el dolor.

 

 

 
 

Paula Jiménez nació en Buenos Aires en agosto de 1969. Es psicóloga y escritora. Participó de los talleres coordinados por Dalmiro Sáenz, Marcos Mayer, Daniel Molina, María Negroni y actualmente del de Diana Bellessi. Fue alumna del dramaturgo Bernardo Carey. En 2001 su libro “Ser feliz en Baltimore” fue seleccionado para el plan de Promoción a la Edición de Literatura Argentina de la Secretaría de Cultura y Medios de Comunicación de la Presidencia de la Nación y publicado ese mismo año por el grupo editorial NUSUD. En 2002 “Terraza” editó “Formas”, libro y CD que incluyen textos de la poeta y bossa novas de Valeria Cini, como también de distintos compositores brasileños. Textos suyos forman parte de la antología “Zapatos Rojos”, Editorial Bohemia, 2001 y han sido difundidos por diversos medios literarios, entre ellos “Diario de poesía”. Sus poemarios “Historia de ese árbol”, “La mala vida” y “Pollera pantalón”, narrativa, permanecen inéditos como también sus piezas teatrales: “La multiplicación de los peces”, “Despojada” y “La propia Gloria”. Desde 1997 a 2001 produjo y coordinó los siguientes ciclos: “Betty Page in – siste”, micrófono abierto de poesía erótica, junto con Fabio Lavítola, “La mirada”, recitales de poesía, producción conjunta con Verónica Stainoh, Claudia Masin y Zulma Ducca, “El bebé de Betty Page – ciclo bizarro de expresión artística” en compañía de V. Stainoh, “Poligrafías – trazos diversos”, ciclo quincenal de poesía junto a Z. Ducca y C. Masin. En 1999 se estrenó su pieza teatral “Despojada”, dirigida por Willy Lemos. Esta obra fue puesta en cartel nuevamente en 2001, bajo la dirección de P. Jiménez y V. Stainoh. En 2000 participó de la performance “Inmenso Caudal” junto con Miranda Nardelli, Valeria Cini y Carlos Coccia. En agosto de 2002 estrenó “Formas” conValeria Cini. Juntas integran la productora independiente “Dos gallos desaforados”. Desde hace un año Paula Jiménez es miembro de la Cooperativa Editorial “NUSUD”. Desde 1997 a 2001 produjo y coordinó los siguientes ciclos: “Betty Page in – siste”, micrófono abierto de poesía erótica, junto con Fabio Lavítola, “La mirada”, recitales de poesía, producción conjunta con Verónica Stainoh, Claudia Masin y Zulma Ducca, “El bebé de Betty Page – ciclo bizarro de expresión artística” en compañía de V. Stainoh, “Poligrafías – trazos diversos”, ciclo quincenal de poesía junto a Z. Ducca y C. Masin. En 1999 se estrenó su pieza teatral “Despojada”, dirigida por Willy Lemos. Esta obra fue puesta en cartel nuevamente en 2001, bajo la dirección de P. Jiménez y V. Stainoh. En 2000 participó de la performance “Inmenso Caudal” junto con Miranda Nardelli, Valeria Cini y Carlos Coccia. En agosto de 2002 estrenó “Formas” conValeria Cini. Juntas integran la productora independiente “Dos gallos desaforados”. Desde hace un año Paula Jiménez es miembro de la Cooperativa Editorial “NUSUD”.