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Sarita G

Por Ingrid Proietto
 
  Me llamo Sarita G. y soy diva, absoluta y universal, desde el día que nací. Bueno, no tan Trabajé toda la vida para no tener que trabajar. Y vaya si lo logré. Con el sudor de. Mucho sudor y sangre. Lágrimas, sólo las necesarias.

Ni particularmente bella, ni siquiera algo brillante, mucho menos agradable.

Nací diva.

Cuatro trozos de mi cuerpo obstinados en mantenerse estrábicos, me acomplejan. Son las rodillas y los ojos. Sí, chueca y bizca. Pero única.

Luché durante años contra la gula. Feroz. Ya no hay nada que hacer. Que se ocupen los especialistas que para eso les pago.

No hice otra cosa que mirar mi propio ombligo hasta que una madrugada, reflejado en el cristal del dormitorio rococó, le encontré una arruga. Arrugadísima, la arruga del ombligo propio. En ese momento decidí no mirarlo. Nunca más. Ordené a mi staff de colaboradores retirar todos los espejos del mundo. Si el mundo es mío, ¿quién podía negármelo?

Más tarde maquillé la cara de Sarita G. De memoria, delineé un ojo más que el otro para provocar la ilusión de un estrabismo menor. Apliqué rímel sobre las pestañas olvidando que son postizas y no lo necesitan. Coloqué base suficiente como para borrar hasta el último surco de un retrato perfecto. Colgué el brillante en el cuello. Poco elegante y obscena, la millonaria gargantilla logra lo que ningún cirujano plástico se anima a hacer con el cuello de Sarita G. Focaliza en la esmeralda todas las miradas y cada uno de los flashes. Tan cerca de los pliegues que nadie podría fijarse en ellos. Apenas rubor, abundante sombra en los párpados, bastante rouge, polvo traslúcido y ya. Sólo falta la peluca. Larga y lacia. Rubia, como la de Marilyn Monroe. Asegurado con hilos de oro sobre mi renegrido cuero cabelludo, el postizo no volverá a jugarme una mala pasada frente a los periodistas, ésta vez reunidos en conferencia de prensa para oírme declarar en exclusividad y fuera de cualquier tipo de contexto: “Este ombligo no es mío. Jamás lo fue”.

Amada por la mayoría y odiada por otros tantos, dediqué mi existencia al público. Al mío y al de los demás. A él me debo y por él soy. Sarita G.

Tuve 14 parejas, dos maridos y ningún amor.

Me casé de blanco la primera vez. Ya que debía hacerlo, que fuera como tiene que ser. Pura e inmaculada, firme, frente al altar. Siete meses después nació mi única hija. Y cinco semanas más tarde, el cónyuge se fue. Aquella noche había acomodado los pocos regalos de valor recibidos por la boda y los ahorros que mamá me entregó para sobrevivir al exilio (producto del deshonor del un embarazo a los 16 años), tan cerca de las manos de ese buey como pude. No dudó en llevárselo todo. Le duró menos que nuestra pasión. Dos partidas de póker, tres quizá. Sin embargo, fue mi gran triunfo, logré lo que más anhelaba. No volver a verlo.

Amarillo. El color que elegí para la segunda ceremonia. Sólo por civil, y 23 años después. Costó firmar el acta que me uniría en sagrado matrimonio: la capelina que preferí como tocado, hacía demasiada sombra. El contrato duró 10 años. Firmamos por cinco con opción a renovar por otros más, según acuerdo de las partes. Poco antes de caducar, lo engañé tantas veces como necesitó para suplicar el divorcio. Pidió la mitad de todo lo que Sarita G. había ganado durante aquellos años, los más abundantes de mi carrera. El arreglo costó. Acepté entregarle el 10 por ciento de mi fortuna declarada más lo que consideró suyo y robó de la caja de seguridad. No sé qué diezmo dolió más. El que le tuve que dar a ese parásito con doble apellido o la misma proporción que entregué voluntariamente a mis abogados.

He mantenido a tantos hombres que, con aquel dinero derrochado, podría ser diva durante 30 reencarnaciones más. Sólo dos de los que pasaron por mi alcoba no me estafaron. E incluso ellos sacaron ventaja de cuanto tuve y tendré. Cuando dormían conmigo porque lo hacían. Y ahora porque alguna vez lo hicieron con Sarita G, una diva. Absoluta y universal.

Atesoro millones en joyas de valor y relojes suizos. Regalos. Generosos presentes de amantes que se valieron de la facturación de Sarita G. para financiar alhajas y rosedales. No hay nada que me más náuseas que el olor a rosa. En cuanto a los accesorios, prefiero elegírmelos mientras otro los paga.

La casa de Sarita G. es enorme. Dominada por retratos y fotos de cuando era joven, el palacio no tiene espejos. Ni espejismos.
Duermo sola.

Tengo novio. Un hombre mucho más joven que yo, poco más joven que Sarita G. No lo soporto. Él siente lo mismo por . Sin embargo, por bastante menos de lo que me costaba el legal, éste, más viril y mediático, sonríe para las fotos y envuelve sorpresas en papel celofán sin necesidad de que se le recuerde la cláusula del contrato que así lo indica. Adora agasajarme con moños dorados y caminos de pétalos de rosa. Costosos senderos que abono puntualmente cada último día hábil del mes.

Maquillador exclusivo. Se ocupa de mi cara adonde quiera que la lleve. Mellizas albinas. Venden a grandes sumas sus melenas platinadas. Así logramos las extensiones necesarias para engrosar un pelo castigado por tinturas y caprichos glamorosos. Peluquero importado. Se hace llamar coiffeur y gana miles de dólares anuales por alisar a diario este cabello que ni siquiera me pertenece. Se desempeña bien, como lo haría cualquier principiante. Chofer bilingüe. Maneja cuatro de los cinco automóviles que guardo en el garaje. El quinto lo usa el joven novio de Sarita G. ¡La cocinera! Chef especializada en platos internacionales y manjares étnicos, no hace otra cosa que lavar endivias, apio y zanahoria. Las ensaladas, único menú que consumo dentro del palacio hollywodense, las condimento con aceto balsámico y jugo de limón. Siempre disciplinada, baso la dieta en vegetales, chicles sin azúcar y agua mineral francesa (mi organismo no tolera otra). Sin embargo, fracasa cada noche cuando devoro sin pausa un kilo de bombones de chocolate amargo mientras miro como me denigran colegas tilingas y chimenteros baratos en distintos programas de televisión. ¡Pero si no estoy gorda! Es la tevé la que suma cinco kilos. Debería pasarme al cine. Definitivamente.

Dos mucamas, un jardinero y el casero, completan mi ejército personal. Ese que tiene acceso a la casa por cualquiera de sus cuatro entradas. Duermen en el área de servicio, más espaciosa y confortable que cualquier departamento que mi madre haya alquilado jamás.

Vivo sola.

El canal, con el cual firmé exclusividad por la próxima década, se ocupa de los sueldos del resto del equipo. No sé por qué son tantos, cómo se llaman, a qué se dedican. Ni siquiera cuánto cobran. Pero exijo por contrato que el chico de ojos azules me asista para marcar correctamente un par de números telefónicos cada noche. De eso trabajo. Una diva total al teléfono.

Hola. Soy Sarita G.

No entiendo de política. Conozco maneras más decentes de robar. Tampoco sé preguntar. Delante o detrás de las cámaras, la mayor parte de las veces ignoro sobre qué estoy hablando y con quién. Cuando lo sé, simulo incomprensión absoluta. El público (el mío y el de las demás) adora que una ignorante haya llegado hasta donde llegué.
Mantuve y mantengo a mi hija de 42 años. Y a los dos hijos de mi hija.

No soy abuela. Ni lo seré.

No tejo. Para qué, si puedo pagar a la mejor tejedora.

No mimo. Para qué, si puedo comprar cualquier juguete.

No cuido. Para qué, si tengo personal especializado que lo hace mejor.

Fui a colegio de monjas. Eso explica muchas cosas. Aunque no todas.

Detesto a la prensa invasora. No tolero a la prensa ausente. Una crítica negativa da por tierra el valor de mil palabras elogiosas. Paso horas de profunda congoja si una foto me expone gorda, vieja y bizca. Más gorda, vieja y bizca de lo que estoy. Supe pagar el doble de lo que valgo por dos líneas que sugerían, ni siquiera admitían, que Sarita G. era talentosa.

Me debo a mi público. Le debo todo a mi público.

Uso pestañas postizas, pelo comprado en cuotas, uñas esculpidas, colágeno, siliconas y un corset atornillado que no me quito ni para dormir. Me acuesto maquillada y me levanto con las gafas oscuras ya puestas.

Pregunto quién me reconocería sin disfraz.

¿Me abriría la puerta el casero?

Es mi casa, estúpido. O quién cree que paga su sueldo y el de su mujer.

El casero asegura que no soy Sarita G. Sarita G., afirma, es más joven, más flaca, más bonita. Sarita G., dice orgulloso el casero, es una diva total.

En la calle, la gente no me mira. Nadie pide un autógrafo. Una foto, una limosna, una sonrisa de Sarita G.

Déjeme pasar, yo vivo aquí. Compré cada ladrillo, cada objeto de este palacete decadente.

Personal de seguridad, cuyos sueldos se debitan de mi cuenta corriente con generosa puntualidad, pide refuerzos a la policía.

Me llevan, esposada, en un patrullero. A mí, a la diva total.

Soy Sarita G, grito.

Tiene derecho a permanecer en silencio… Puede hacer una llamada.

Sólo quiero un espejo. Necesito mirarme. Saber quién soy.

No tenemos espejos aquí, impostora. Sarita G. pidió que los quitáramos.
No tienen espejos.

No hay dónde mirar. Me.

Sin retorno.

No puedo regresar. A ningún lugar.
 
 
IP
septiembre 2003

 
 
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Ingrid Proietto
nació en Buenos Aires el 7 de noviembre de 1970. Periodista, trabajó en Editorial Atlántida, en Perfil y en Proyectos Especiales del Grupo Clarín. Actualmente dirige la revista Marilyn. Publicó Son las Armas del General (Nusud, 1992). iproietto@hotmail.com