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Con acento en la O

Por Raquel Heffes
 
 

 El pelo rubio de Carmiña parecía transgredir un orden natural. Inexplicable por el aspecto de sus progenitores que a todas luces delataban una ascendencia morisca. Los ojos café, sin embargo, tenían el brillo y la profundidad de los de su padre. Maruja no dejaba de destacar ese único rasgo que daba cuenta de los lazos sanguíneos ya que la niña no se parecía a ninguno de los dos ni en su contextura física. Juan en cambio no se preocupaba por el aspecto tan diferente de Carmiña, o tal vez, deslumbrado por la belleza de su hija, evitara considerarlo por no empañar con ninguna incertidumbre el orgullo de ser su padre. Sólo lo inquietaba la expresión de Carmiña, impávida, como detenida en la cumbre del asombro. Ansiaba verle una sonrisa, el andar desprejuiciado de otras niñas de su edad, aunque no fuera más que una expresión de deseo. Era así desde el momento mismo en que nació y tenía escasas probabilidades de ser como todas las demás. Las circunstancias que rodearon su llegada a este mundo no fueron las esperadas. Maruja nunca quiso ser madre y el gran error de Juan fue pensar que una vez el hijo en sus brazos despertaría el amor maternal. Un hijo para Juan era la mayor bendición de la vida y no podía entender la renuncia de su mujer pero sobre todo no estaba dispuesto a resignarse y su ansiedad significaba una presión constante. Maruja la tuvo como quien se libera de un peso, de algo que todos esperaban que hiciera y finalmente había hecho. Acto seguido la depositó en el mundo y dejó que creciera por su cuenta.
Pasaron los años y Maruja seguía sin hacer el menor intento de acercamiento con su hija. Sin embargo, no soportaba el particular y amoroso cuidado que, en un esfuerzo por compensar su desamor, Juan le prodigaba a la niña. Parecía molestarle que velara por su integridad y le reprochaba su exceso de preocupación. Vivían en un barrio tranquilo pero la cuadra era demasiado oscura. El alumbrado era un único farol suspendido en medio de la calle que, a merced del viento, balanceaba las sombras. Tan oscuras e inciertas que un andar solitario podría confundirse en ellas. Y el brillo del pelo de Carmiña y su cuerpo tierno y formado de los catorce años, alteraban el juego  de esas sombras como una piedrita en el estanque. Pese a las protestas de Maruja, Juan no la dejaba salir sola de noche ni siquiera hasta la esquina.
Por esas cosas del destino, nunca casual, el hermano menor de Juan se había incorporado a la familia como un integrante más. Oscar, con acento en la “O”, como él mismo exigía, vivía en la casa desde la muerte de su madre, meses después del nacimiento de Carmiña. Ya bastante apesadumbrada por haber sido madre y no saber qué hacer con su hija, Maruja había agotado los argumentos para librarse de Oscar que apenas tenía diez años y buena parte de su crianza por delante. Eran su única familia y no podían abandonarlo. El pronóstico no parecía halagüeño  y sin embargo, en contra de todas las expectativas, por esa química del vínculo que es difícil de comprender, Maruja se fue acercando cada vez más a su joven cuñado. No podía decirse que el muchacho fuera simpático pero había hecho ingentes esfuerzos por lograr su atención y evidentemente lo había logrado. En su presencia, Maruja era otra. Su carácter destemplado mejoraba notablemente y cualquiera que prestara un poco de atención a su cara, sus labios, sus vibraciones, hubiera notado la ansiedad que generaba la proximidad del muchacho. Controlaba el punto de las papas, con piel como le gustaban a Juan  y los brazos de Oscar le rodeaban la cintura. Como un juego excitante lleno de risas y provocaciones que no pasaba más de allí. Maruja era un morocha todavía joven, con caderas marcadas y bastante atractiva que Oscar miraba con la lascivia de sus hormonas en plena ebullición. Nada impedía que se pensara a su lado y mágicamente se borraran las huellas del tiempo. Oscar la merodeaba y Maruja era feliz. Sin embargo, nunca estaban solos, y no podía disimular el fastidio que le producía la presencia taciturna de Carmiña, testigo insobornable de esa secreta felicidad.  Bella e inmutable, paseaba su diferencia por la casa. Su relación con Oscar nunca había prosperado, Carmiña le había dado la espalda a todos sus intentos de acercamiento, un permanente desaire al que el muchacho respondía con bromas fuera de tono y burlas descarnadas. Como haciendo propia su venganza, Maruja no hacía nada por detenerlo, se hacía la distraída mientras Carmiña se alejaba sin parpadear con el pelo rubio rozándole la cintura. 
Es difícil saber si Juan advertía el clima entre su hermano y su mujer o la sola idea le resultaba tan inconcebible que prefería no enterarse. De todos modos su vida no era nada fácil, tenía muchas cosas importantes en qué pensar, comenzando por la actitud indolente de Osar que parecía no tener la menor intención de ganarse la vida. Juan llevaba años en la maderera con una foja impecable de servicios pero su ejemplo no había servido para que Oscar siguiera sus pasos. Cuando tuvo edad suficiente y por su intermedio, lo tomaron de aprendiz. No duró ni una semana. Nunca llegó a horario, ni se esforzó en hacer méritos. Ahora estaba de nuevo en la casa sin hacer nada, apañado por la insensata de su mujer que le cierra la puerta y lo deja dormir hasta el mediodía. Ésa era la mayor tristeza de Juan, le dedicaba a Oscar toda la atención que nunca pudo brindarle a su propia hija. Y tal vez el motivo de esas canas prematuras que sin embargo no le sentaban mal. En su vida privada no tenía muchos incentivos, diría ninguno si no existiera Carmiña que era la luz de sus ojos. El trabajo no era todo, menos siendo un operario que produce en serie. En diecisiete años no había hecho más que cortar listones de diferentes anchos y espesores y en cantidades astronómicas. Diecisiete años de su vida sintiendo el aullido devastador de la sierra y respirando nubes de aserrín. Tanto hastío le trajo nostalgias de una vieja afición, a la que dedicaba su hora de descanso. Era hábil para la talla en madera y se sentía gratificado. A buril y con tacos de rezago hacía pequeñas estatuillas, personajes de dramática rigidez que luego llevaba a Carmiña y ella acomodaba en la repisa de su cuarto, como prueba tangible de su amor. En cambio las plantas eran el salvoconducto de los fines de semana. En el fondo de la casa tenía canteros con flores y  una pequeña huerta que ocupaban la mayor parte de su tiempo y lo libraban de incomodidades con su mujer. Con tablones y algunas chapas había armado un cobertizo para las herramientas que, lejos de imaginarlo, constituía en su ausencia el refugio predilecto de su hermano. Entre un cúmulo de trastos viejos, herramientas y latas de pintura, Oscar le daba un respiro a su incansable puesta en escena y ocultaba su parte más sombría. Carmiña era el centro de su obsesión y la medida de su fracaso. Solía pasear por el fondo y detenerse en las flores o pasar largo tiempo en la reposera. Desde allí y sin ser visto, Oscar podía espiarla a sus anchas, lejos del alcance de Maruja que nunca hubiera entendido.
Era una tarde gris cuando Maruja cosía a la luz de una lámpara y pensaba en el extraordinario parecido físico de los hermanos. Oscar era el fiel retrato de Juan cuando eran novios, aunque fuesen en realidad diametralmente opuestos. Se había enamorado de la formalidad y sensatez de Juan, tan distantes del carácter atrevido del hermano que siempre tenía una sonrisa y lograba despertar en ella sensaciones olvidadas. Perdida en sus pensamientos, no pudo darse cuenta que el muchacho andaba por allí hasta que remató la última puntada y cortó el hilo con los dientes. Entonces lo vio contra la pared, como agazapado, siguiendo los movimientos de Carmiña.
Esa misma tarde Juan regresaba con una nueva talla, por la que se sentía particularmente satisfecho. En la figura de una niña espigada y de pelo muy largo reconocía un gran parecido con Carmiña y estaba ansioso por dársela. La encontró frente a la ventana mirando el atardecer. Tan absorta en la contemplación que parecía no escuchar la risa alborotada de Maruja. Trataba de librarse de Oscar que la perseguía por toda la cocina. La presencia de Juan y la severidad de su semblante, impusieron un corte. Esa tarde y como siempre, padre e hija salieron a caminar por el barrio. El ritmo parejo y sostenido de sus pasos parecía una expresión de íntima connivencia.
Al poco tiempo Maruja regresaba del mercado los dedos enrojecidos por el peso de la bolsa. No hacía frío pero estaba ventoso. Trabó la ventana de la cocina y descorrió las cortinas. Caía la tarde. El níspero se veía negruzco contra las últimas claridades y sobre la buganvilla todavía quedaba una cresta soleada. No faltaba mucho para que Juan estuviera de regreso y debía empezar con los preparativos de la cena, pero algo le llamó la atención. La última estatuilla que Juan le había regalado a Carmiña estaba tirada en el piso y casi a la entrada del cobertizo. Extrañamente la puerta estaba abierta y el viento la azotaba con furia, como una ansiosa llamada a la realidad. Alcanzaba a ver poco o casi nada pero lo suficiente para saber que Carmiña y Oscar estaban juntos en el cobertizo. Entonces entendió, o creyó entender algunas cosas que no se atrevía ni a sospechar. El impacto fue tan grande que la dejó inmovilizada y siguió un buen rato de pie frente a la ventana, mordiéndose el labio con saña mientras convalidaba sentimientos olvidados. Una mezcla del más profundo odio y humillación que no podía discernir del todo y la violentaba de tal forma que no se sentía capaz de responder por ella misma. Quizás no la sorprendiera tanto que su hija se interpusiera una vez más en su vida, ni la fascinación de la que era capaz, al punto que Juan le hubiera dedicado cada instante de su vida. Era su prioridad y la anteponía todos sus deseos, pero había aprendido a convivir con esa realidad. En cambio no podía aceptar ni perdonar la traición. La puerta del cobertizo se cerraba y volvía a abrirse generosa al espectáculo como una burla mezquina. Nada era claro en esos momentos para ella, no sabía si vio o le pareció ver que Oscar deslizaba su mano por el pelo rubio de Carmiña y lo retiraba delicadamente hacia atrás, en un gesto de inédita ternura. Sin un signo de agitación, nada parecido al excitado juego que ella y él solían protagonizar a diario, y que tal vez hubiera aplacado en algo su furia. Rendido a los encantos esa mosquita muerta que manejaba a todos a su antojo, Oscar no hacía más que adorarla.
Todo sucedió en una fracción mínima de tiempo. Maruja se recuperó de la parálisis y salió como una tromba en dirección al cobertizo. El viento a favor le levantaba la pollera y le llevaba el cabello sobre la cara. Tenía los ojos tapados y la mente obstruida, no podía ver más allá de su rabia, ni darse cuenta de la llegada de Juan. Demasiado tarde para el loco despecho de su mujer que ya estaba adentro del cobertizo, empuñando la vieja y oxidada escarda. La verdad nadie la puede saber. Tal vez el muchacho no se sintiera culpable y vio venir a Maruja sin entender, o quedó privado por la sorpresa, o simplemente nunca creyó que fuera capaz de hacerle algún daño. No reaccionó en lo más mínimo. En la primera estocada la escarda lo alcanzó  en la cabeza. Tambaleante, retrocedió hasta trastabillar con una vieja bomba de agua y no había llegado a ponerse de pie cuando ya Maruja le asestaba otro golpe con fuerza multiplicada que le partió el cráneo. Intentaba escapar cuando la escarda lo alcanzó por última vez. El cuerpo sin vida de Oscar quedó asomando por la puerta del cobertizo, en decúbito dorsal y llamativamente con los dedos de una mano rozando la estatuilla de Carmiña. Se sabe muy poco acerca de lo sucedido después. A Juan no se lo vio nunca más con Carmiña recorriendo las calles. Los ojos de Maruja no volvieron a parpadear. Se la veía con frecuencia por el barrio en compañía de Carmiña, ambas con la misma mirada absorta. Tan parecidas eran en su andar, en su expresión taciturna, que sin duda eran madre e hija.