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Áspera estrella

Por Gabriela Romairone
 
 

¿Qué es Ítaca? Un lugar. Infinitos lugares según las incesantes generaciones de los hombres. Una multitud que parte y luego regresa. Pero quiero pensar a Ítaca también como otro espacio posible y entonces es la sangre, el amor, un fragmento de la memoria.

“El viejo está maldito”, se decía la nieta mientras desde las ramas del sauce miraba a su abuelo caminar por la chacra. El hombre había alimentado a los gansos y maniobraba ahora junto al jaulón de los conejos. Tomó a uno entre sus manos, lo movió como si le estuviera calculando el peso y le estiró las orejas. Lo devolvió a su lugar y pasó al otro lado del alambrado. Se dirigió hacia los terneros y les golpeó las ancas. “Al menos”, pensaba la nieta inclinándose sobre una rama, “cuando molesta a los animales a mí me deja en paz”.

La chacra estaba a metros de las barrancas del Paraná. Desde la casa se veían las embarcaciones que subían o bajaban por el río. La nieta solía caminar hasta el borde mismo del agua y fantaseaba que una de esas naves la podría librar de su abuelo. Irse: esta idea volvía una y otra vez. El viejo seguramente le habría leído el sueño porque después de observarla algunas veces mientras ella seguía con los ojos la estela que dejaban los buques, decidió tomar la delantera y torcerle el rumbo. Un día apareció con un crucero de pesca bastante bien pertrechado. La nieta, incluso, lo juzgó algo lujoso. Tenía unos ocho metros de eslora, y el interior estaba revestido en madera de cedro. La nieta revisó las cuchetas en el camarote de popa, la mesa de la cabina, la campana para dar la alarma en las noches de niebla.Elviejo había contratado también un muchachito alto y delgado, de unos catorce años, como ayudante.

La nieta terminó el paseo por la cubierta, bajó y se fue corriendo a la chacra. La recibieron las gallinas. “Porquería de viejo”, dijo ella acariciándoles los pescuezos flacos, “las va a matar de hambre”. Sedirigió al galpón, apiló unos cajones y alcanzó el saco del maíz. Quiso agarrarlo pero trastabilló bajo el peso y todo se vino abajo. Los granos rodaron por el pavimento sucio de tierra y las gallinas llenaron el lugar. La nieta trepó nuevamente sobre los cajones, empujó otro saco que al caer provocó el escándalo de las gallinas. Ella lo arrastró afuera y se lo dio a los gansos y los patos. El viejo llegó dando gritos, los animales apuraron los últimos granos y salieron corriendo en estampida. “Nadie lo hizo”, dijo la nieta y luego soportó el reto sin que de la cara se le moviera un sólo músculo. Su cerebro se concentró en un único pensamiento: "Viejo cretino", repetía una y otra vez. Y en esta bronca encontraba su fuerza.

Sus padres habían muerto cuando ella tenía cuatro años. No recordaba cómo había sucedido. Tampoco recordaba sus rostros. Sólo quedaba una fotografía que parecía tener como objetivo clausurar su historia filial. Había advertido que los rasgos que acudían a su memoria eran los que mostraba la foto, siempre iguales a sí mismos. El abuelo no le hablaba de ellos. Y sin duda había sido él quien los había matado, creía la nieta, para justificar así el tenerla como rehén. Él había sido el padre de su madre por lo que ni siquiera compartían el apellido. Era una Aguilera y él apenas un Soria. Esto le complacía y alguna vez ella se lo había largado al viejo en plena cara.
Luego de reprender a la nieta, con los animales girando aún en confusión, el abuelo se alejó hacia la casa. Ella miraba las espaldas macizas del viejo y se decía que por suerte había heredado el valor del padre. Estaba segura de que había sido un hombre valiente. A su madre, en cambio, la imaginaba enferma y apagada. La pobre había crecido sumisa a la vera de ese hombre autoritario. Ella no la imitaría sino que se rebelaría siempre y ya se las ingeniaría para librarse de él.
El viejo había desaparecido en el interior de la casa. La nieta trepó al sauce y miró hacia el río. Pensó que desde allí podía espiar al muchacho mientras él terminaba de cepillar la cubierta de la embarcación. La distrajo el cacareo de las gallinas. Era un parloteo de alarma y desde su escondite entre las hojas vio al abuelo atrapar a una -la más gorda, se dijo, - y retorcerle el cogote. El cuerpo sin vida del animal colgaba de las fuertes manos del viejo. “Se vengó”, pensó la nieta, “me habría roto el cuello a mí si hubiese podido”. Esperó a que el abuelo volviera a entrar en la casa y luego se bajó del árbol. Un rato después lo encontró en la cocina desplumando al animal. Él no la miró, continuó quitando las plumas. Carraspeó y escupió. “Viejo asqueroso”, se mordió los labios la nieta mientras abandonaba la cocina para volver a salir. Sólo una vez él había dicho algo: “te parecés a tu madre”. “No es cierto”, lo había desmentido ella, “tengo los ojos de mi padre. No soy una de ustedes”. El viejo había insistido y en un arrebato de cólera había descargado una de sus manazas en el rostro de ella. Luego los silencios se habían vuelto ley y estaban cargados de un odio sordo.

La chacra era amplia y en total sumaba unas veinte hectáreas de tierra descuidada. No los visitaban los vecinos y al abuelo no le preocupaba cultivar amistades. Alguna vez había ido al pueblo y había regresado borracho, con las largas piernas flojas y la figura doblada. Pero esto fue excepcional. Habitualmente no daba señas de debilidad, áspero en el trato como paredes a las que falta el revoque.

 Era alto el viejo, y muy fuerte. La nieta no le tenía miedo y estaba segura de que con los años llegaría a ser más grande que él. Había abandonado la escuela por lo que una maestra apareció un día por allí para exponer sus quejas. La mujer se marchó como había llegado. No era que el abuelo hubiese establecido una prohibición, simplemente consideraba las aulas como algo innecesario. La nieta no se afligía por esto. Podía decirse que en este asunto coincidían: desde que aprendiera a leer y a escribir la escuela se le antojaba a la nieta una pérdida de tiempo. En la chacra disponía de unos cuantos estantes con libros que -estaba segura- habían pertenecido a su padre. Nunca se veía al viejo hojeando uno de esos volúmenes, amarillos ya como las hojas que en el otoño crujían bajo los pies descalzos de la nieta. Ella leía cuando tenía ganas y cuando no, haraganeaba por ahí. Sabía treparse a los árboles con la habilidad de un gato y el sauce cercano a la orilla era su escondite preferido. Con las piernas dobladas sobre una horqueta y la espalda apoyada contra el tronco, veía correr rápidas las aguas del Paraná.

 Al sauce solía llevar uno de sus libros más amados. Estaba lleno de nombres extraños: Odiseo, Ítaca. Odiseo era un hombre resuelto, tal como ella imaginaba a su padre. Y era una tonta esa Penélope, tan fiel y virtuosa. Es cierto que no le parecían simpáticos los pretendientes y ella no hubiese elegido a ninguno. Pero sí se los habría sacado de encima. ¿Cómo había podido una mujer adulta soportar esas cosas tanto tiempo? Y además Odiseo era un hombre ingenioso: “Me llamo Nadie”, se había presentado ante el Cíclope. Imposible que el monstruo pudiera atacar a alguien con un nombre así. La nieta estaba convencida de que el ingenio era la táctica defensiva más eficaz contra la fuerza. En el mar había pasado Odiseo buena parte de sus aventuras y a ella esas aguas surcadas por naves ligeras le hacían morderse de curiosidad. Una vez había ido hasta la escuela para averiguar sobre las islas y pueblos que se leían en el libro. Un mapa enorme colgaba de una de las paredes peropor más que buscóno dio con los nombres. “¿Serían falsos?”, se preguntó. Esta posibilidad la desilusionaba. O a lo mejor, pensó, el mapa de la escuela no era verdadero. Es cierto que en él se veía el Paraná, sin embargo no se podía estar seguro del resto.

De nuevo en el sauce la nieta pensaba en la ruta de Ulises. Si los lugares existen, se decía, entonces yo podré irme. Pero había uno que por sobre los demás le resultaba misterioso y le atraía intensamente: Ítaca. ¿Por qué era tan importante para Odiseo, al punto de no poder reemplazarlo por ningún otro? ¿Y sería un lugar o algo más que eso? Buscando imaginar a Ítaca repetía el nombre sin resolver su secreto. Tal vez, se decía, llegar no sería imposible, no quedaría tan lejos.

En el libro guardaba la foto familiar. La nieta la tomó entre sus manos. No había mentido cuando le dijo al viejo que su mirada era como la del padre. Los labios delgados eran idénticos. Los dos –el padre y la madre- estaban de pie, se notaba que ese día había un poco de viento: el cabello de ella estaba algo levantado y él la atraía hacia sí en un abrazo, como para darle calor. “¿Por qué tuvieron que morirse?”, les preguntó en tono de reproche. La madre sonreía desde la foto con aire culpable. Era como si le respondiera: “Te pido perdón por no haberte criado”. Enojada, la nieta guardó de nuevo la foto en el libro. ¿Y cómo había sido la vida antes?, se preguntaba ahora, ¿Qué cosa tan frágil era la memoria que le impedía recordar momentos junto a sus padres? Y al revés, ¿era frágil o poderosa cuando no quería presentarse? ¿Podía la memoria dar o quitar vida? La nieta sentía que si se asomaba un recuerdo, uno solo, algo se le animaría adentro y una pieza encajaría en la otra.

De sus cavilaciones la sacaron un silbido y un grito: "¡La comida!". Era el viejo, que desde la puerta de la casa ordenaba enérgico: "¡Rápido! ¡A poner la mesa!". Ella se acercó a desgano. Pensó qué porte le convenía elegir. A veces usaba el de la Indiferencia, que no le costaba mucho trabajo, otras el del Odio, que la hacía sentir poderosa. Para esta ocasión tomó el de Reina y se imaginó Circe, diosa que en sus almuerzos convertía en cerdos a los hombres. Y entonces acomodó los cubiertos, los platos, los vasos. Ya se procuraría veneno para echar en el vino.

El abuelo quería remontar el río después del almuerzo, pescar y luego dormir en el barco. Después de todo, se dijo la nieta, un viaje podría serle útil para ver qué más había aguas arriba en el Paraná. Cuando subieron a cubierta el muchacho estaba terminando de preparar los aparejos de pesca. Ella lo miró, enderezó la espalda y acomodó su cabeza bien erguida entre sus hombros. Con los ojos eligió un punto en la lejanía. Lo encontró en la otra orilla del Paraná. Se detuvo un momento, sintió que vértebra sobre vértebra su columna se había estirado, y entonces avanzó, más alta, como lo habría hecho la desdeñosa Afrodita.

Navegaron hacia el norte y se detuvieron algo después del Feliciano. Pronto dejó de oírse el ronquido del motor. El abuelo se hizo ayudar del muchacho y preparó sus redes de arrastre. Luego dejó encendidas sólo las luces de posición. El río se ennegreció. Algunas lámparas señalaban casas en la ribera. Apoyada contra la borda, la nieta contemplaba el cielo. ¿Qué era esa paz que le aflojaba el cuerpo? Miraba en la profundidad de la noche el brillo de las estrellas: “Ya se ve la Cruz del Sur”, dijo. El abuelo impuso silencio. Había agregado un par de líneas tendidas sobre el río y esperaba mientras fumaba un cigarrillo. Ella endureció los puños. De ninguna manera le había hablado a él, se repetía, simplemente lo había dicho sin importar a quién.

Un rato la nieta se mantuvo callada con los codos apoyados sobre la borda. Luego se cansó y decidió curiosear alrededor del muchacho. La luna lo iluminaba al sesgo y dejaba parte de su cuerpo en penumbras. Ella tomó entonces el porte de Afrodita risueña e imaginó mientras caminaba por la cubierta cómo las sombras le agigantarían la figura. Cayó en la cuenta de que sus piernas eran largas, así como también los brazos que ahora, se dijo, agitaban con gracia el aire. Los estiró apenas y se tocó las rodillas huesudas y ásperas. El contacto la sacó de su ensimismamiento y giró la cabeza hacia el muchacho. Él estaba de espaldas contemplando el río. Ella se paseó entonces como la desdeñosa Afrodita y se acercó a la borda. Al apoyarse vio un bote iluminado por una lámpara que navegaba cerca de ellos. Dos hombres remaban a favor de la corriente.

-¿Cómo te llamás? -preguntó ella al chico olvidando las órdenes de silencio del viejo.

El muchacho se volvió hacia al abuelo que estaba entretenido con sus hilos de pesca y no respondió. En cambio miraba otra vez hacia el río.

-Yo me llamo Nadie -le dijo ella despechada.

-Shhht!- la reprendió el abuelo.

Al despecho, la nieta sumó su aburrimiento creciente. Miró a los hombres que remaban cerca de ellos y calculó que rápidamente estarían lejos. Quiso retenerlos aunque sólo fuera por un instante.
-¡Eh! ¡Los del bote! –gritó entonces tirando por la borda la imposición de silencio del abuelo.

Los dos hombres dejaron de remar un momento y miraron hacia el crucero de pesca. No alcanzaron a responder porque de inmediato vieron a un viejo tomando a una niña por los hombros y empujándola lejos de la borda. Luego sólo escucharon otra vez un grito de la chica: “Nadie ha hablado”, y se alejaron a golpes de remo.

En cubierta ella resistió el empujón, dio vuelta la cabeza y creyó ver una sonrisa de burla en la cara del muchacho. Entonces alcanzó la llave de luz. Las lámparas se encendieron levantando la oscuridad del río. Visto desde la costa el crucero resultaría un espectáculo. Una idea apareció veloz en la cabeza de la nieta y accionó la campana que alarmó a los peces a lo ancho y a lo largo del Paraná. El viejo bramó a la par de la campana. El espectáculo estaba completo.

El abuelo encerró a la nieta en la cabina y ella se envaró de odio. “Viejo cretino”, decía sentada debajo de la mesa, y sentía que crecía su fuerza. Afuera se escuchaban las órdenes que daba al muchacho. No volverían a la chacra hasta que él lo decidiera, escupía el viejo. Ahora movían la embarcación un poco más al norte. “¡Tenés razón en decir que no sos como tu madre!”, escuchó que le gritaba. “Viejo maldito”, masculló ella. Luego el muchacho entró en la cabina, se llevó pan, chorizos y vino. Desde su escondite ella le observó la cara y estuvo segura de que había un gesto de burla en su sonrisa. Prisionera entre las patas de la mesa, la nieta maduró un plan. Esperó a que los otros se durmieran, y aún cuando el silencio le auguraba que se habían acostado, esperó todavía más. Luego se incorporó y sacudió brazos y piernas. La sangre volvía a ellos y le renovaba el odio. Abrió un cajón y eligió un cuchillo. 

Salió a cubierta y caminó en dirección a la popa buscando el camarote del viejo. No se oía un solo ruido, los animales costeros estaríanen sus refugios y a los pájaros recién se los oiría con las primeras luces del alba. Pero todavía cubría el cielo una oscuridad de lana apretada y estrellas mudas. Cerca del pañol dormía el muchacho y la luna le señaló a la nieta que se habían detenido en un recodo del río. El rumor del agua era la única presencia despierta. Por un momento brilló en sus manos el acero de la hoja. La nieta repitió para sí: “¡Viejo maldito!”. Dentro del camarote escuchó la respiración rítmica del hombre. Se preguntó qué podría suceder si él la encontraba ahí, con el cuchillo en la mano y el deseo de dar muerte en el rostro. Pero era valiente y no tuvo miedo. Se acercó a la cucheta pensando que convenía actuar enseguida. La escasa luz que llegaba desde el ojo de buey le mostró el pecho desnudo. A la piel reseca la iluminó un reflejo acerado. Era una cruz de plata que colgaba del cuello del viejo. La nieta recordó. Desde las barrancas del río su madre le había señalado esa cruz entre tantas otras estrellas que brillaban en el poncho negro de la noche, y ya no había olvidado el nombre.

-¿Qué hay? -dijo el viejo.

-Abuelo, soy Lucía. Quería decirte que estoy más alta, y que hemos llegado a Ítaca.

 
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Gabriela Romairone

Gabriela Romairone
(La Plata, 1958) se recibió como profesora en Letras en la Universidad de La Plata. Ejerce la docencia en la Escuela de Teatro en las carreras de Formación del Actor, Maquillaje y Escenografía. Trabaja también en un centro pedagógico destinado a jóvenes con problemas de inserción social y en la Cátedra de Cultura Italiana de La Universidad de La Plata. Ha publicado traducciones del italiano en revistas de la Universidad, cuentos en revistas literarias y artículos para periódicos.