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Por discreción

Por Lía Roth
 
 
 

¿Qué decir ante el gran silencio? De qué habla la gente cuando todas las palabras ya fueron dichas, acaso también oídas. Casi secretamente. Secreto de una que no quiere hablar y calla ante el gran silencio.


Mi marido es un buen hombre. Al atardecer llega y se sienta en el sofá. Esa horma que tiene por sofá, tanto tiempo dispone sentado en él. Aún cuando le paso trapo y plumero, y hasta he probado con cáscaras de banana porque así me lo recomendó doña Eulalia, una vecina, yo pruebo y pruebo pero nunca le pude sacar la huella de su traste al sofá. Ese trono que ocupa al llegar de la oficina cuando me lo cuenta todo. Él dice que me lo cuenta todo mientras habla y habla. Yo escucho con atención cada palabra cada gesto, pero no. Algo falta. Hay un secreto.

Quizás por eso, mejor tomo el lápiz. Mi diario no tiene tachaduras y está lleno de interrogantes. Y al diario con el lápiz le pregunto, ¿Qué ocurre cuando las bocas quedan vacías y una sigue intentando escuchar?

Su trono permanece yermo cuando él está en la oficina y sin embargo resuenan en mí sus viejas palabras, pues no me ha dejado otras nuevas. Y yo con el lápiz en la mano sueño. Sueño con tener un gato que me abrigue los pies en el invierno y me mime cada tarde bajo el sol. Eso sueño, pero anoto, ¿Palabras viejas? Son siempre las mismas en nueva ronda y no hay salida, sólo secretos.

Al fin abandono el lápiz para que no me entretenga, para considerar otro asunto un poco más allá. Lejos, lo más lejos posible ahora que la mesa, que todo resulta incómodo. Es la sensación de no tener un lugar o de haber sido robada en mi lugar, momentos en que es mejor celebrarle un rito a la distracción. Por eso tomo el plumero y hago lo que cualquier mujer haría, paso trapo y plumero por toda la casa. Una casa vacía o llena sólo por mi presencia y en mí hay un agujero. “Un agujero”, me repito en voz alta porque ya nadie escucha aquí y le consulto al diario, ¿Es éste un agujero para llenar con palabras? La verdad no aguarda, se resiste.

Debería limpiar la biblioteca, hace demasiado tiempo que no le paso un trapo. Es una tentación que suelo resignar como otras renuncias que me ha impuesto la vida y ahora el sofá está un poco viejo, estos libros un poco sucios y mi marido en la oficina. Incluso el trapo tiene agujeros pero aún sirve si se lo dobla con cuidado. Entonces tomo cada punta para plegarlo en cuatro, o en seis si contamos los trozos que hacen de parche, de remiendo. Hay un secreto.

“Sólo para limpiarlo”, me digo mientras con el trapo tomo un libro lo abro y leo, no limpio, leo errando por una respuesta: 10 de Enero de 1610, hoy ha sido abolido el cielo. El diario de Galileo me hace sentir tan cerca de él. Me gustaría tener un telescopio, tal vez así podría seguir buscando a dios porque si él no está en el cielo, ¿adónde lo encontraré?

O mejor no. Mejor no lo busco nada y sigo mi camino y cedo ante el espacio, y así, me voy, en silencio me alejo por el borde mismo de una vereda chata. Abro la puerta y salgo a comprar un pollo. Pollo al horno y con papas para esta noche porque mi marido invitó a su jefe. ¿Le querrá mostrar su reino? Un poco de crema para las papas y sigo, es sólo cosa de ejercicio -¿son mías éstas piernas?- Es cuestión de rutina: un pie avanza, el otro le sucede hasta no dar más pasos. No dan más pasos porque también ellos ceden al espacio, al tiempo y mis ojos se alejan por la vista de una rejilla o del agua escurriéndose a través de ella que son la distracción del momento, son la vida.

El agua no es cristalina sino todo lo contrario y corre, corre veloz como una loca que se lleva todo lo que arrastra, bichos bolita, soldados de plomo... Sin quitar la atención de esa agua, tampoco quiero despedirme de mis pequeños tesoros. Sin embargo había iniciado ese paseo por ceder ante el espacio y, otra vez, sólo por consentir al tiempo me detengo a los pies de una alcantarilla. Y ahora todo se va en ese peregrinaje sin sentido. Despojada, hay acabar despojada para darse cuenta de que aún hay sonidos, palabras huecas que no se dejan oír. Cuando una habla tantas cosas son veladas por lo dicho. Siempre, lo sé. Es lo único que sé: siempre hay secretos.

Si quiero acercarme y ver detenidamente lo que sucede, bajo un pie hacia la calle y permito que el otro permanezca apoyado sobre la vereda. Cola saliente tras mi espalda encorvada. Una mano aquí y la derecha contra la rodilla haciendo de trípode, sosteniéndome ante el desfile y los ojos cautivos que cuentan, un plumero, uno... dos guantes de goma y todo se va por la alcantarilla, a través de las rejas de esa alcantarilla hacia otro mundo inalcanzable. Y yo allí apenas contando ....tres escobas, cinco aerosoles, sin poder asirme de ninguno. Así, fatalmente despidiéndome de todo aquello ....una hoja de papel, un diario que llega a su fin.
Aquí, me repliego como en un moisés, me acuno. Quizás no tenga que ver con el amor, no existan los milagros, quizás. Estoy sin aliento, sonidos no hay pero el sentido viene acercándose ahora, llega tácito a invadirme y lo invade todo, es decir nada. Nada hay, sólo yo sobre una vereda chata que es tierra de mi exilio, un reino de miserias. Los días se suceden y se sucede la rutina, móvil hacia ninguna parte, fija la vida en su rutina mientras los días pasan silenciosos.

¡Mi vida!, grito: hoy nadie parece oír salvo yo misma y mi voz se une a las otras, voces del olvido. Aquéllas tan evidentes y aún ocultas. Secretos, rutina elemental de un trono yermo.