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La tía Anita

  
Por Silvina Schuchner
 
 

Carlos regenteaba una pequeña posada en Montezuma desde hacía años. Tenía obsesión por el orden y la limpieza, manía heredada de una tía que lo había criado. La tía Anita. Una mujer menuda de manos grandes que caminaba encorvada hacia delante, recuerdo de su paso por las plantaciones. Carlos sólo sabía que su madre, mujer hermosa aunque tal vez demasiado delgada, un día había partido. Imaginó que se había ido al mar y enterró su recuerdo en las deshabitadas playas de Mal País, donde los atardeceres eran menos monótonos que en Montezuma. De tarde en tarde, cuando no tenía muchos huéspedes, tomaba la vieja furgoneta e iba a visitarla. Sentado en una roca, nunca demasiado cerca del mar porque le daba vértigo, observaba como el sol se transformaba en una bola de fuego hasta sumergirse en las aguas. Durante esos atardeceres olvidaba sus mundanas preocupaciones de sábanas y toallas y en los pocos minutos que el sol demoraba en esconderse, no pensaba en nada. Era alto y de tez oscura. A pesar de su forzada amabilidad, Carlos caía simpático a los huéspedes. Se despertaba a las cinco para recorrer la cuadra pidiendo a los vecinos que no hicieran ruido porque sus clientes todavía dormían. Luego espantaba a los pájaros que cada mañana buscaban las ramas más frescas del matapalo para empezar sus canciones de amor. Barría la angosta vereda que invariablemente se llenaba de arena y polvo por las noches y preparaba una olla inmensa de café oscuro. Cada día Carlos esperaba ansioso el momento en que la gente dejaba las habitaciones para ir a la playa. Entonces entraba verificando que los cuartos estuvieran en orden: los aire acondicionados apagados para ahorrar electricidad que era muy cara -todo le parecía caro a Carlos-, y los inodoros sin obstrucción, "las mujeres usan mucho papel", siempre se quejaba. La tía Anita le había enseñado que ser pulcro era lo más importante. Tenía una moral bastante particular. "No hay que tocar nunca lo que no es de uno, pero no está mal curiosear", decía cada vez que iban de visitas. Ella lo tomaba de la mano con el pretexto de llevarlo al baño y se las ingeniaba para entrar al cuarto principal y abrir los roperos. Le gustaba husmear la ropa. "A la gente la reconocés por su olor, si es dulzón la persona es cálida, si es ácido, esa persona es agresiva y saltará como un tigre ante la menor oportunidad". Siempre que hablaba parecía que la tía Anita estuviera diciendo grandes verdades de la vida. Con el tiempo, Carlos se volvió un experto en el arte de hurgar. Al principio tenía miedo de ser sorprendido y era muy cauteloso: no entraba a los cuartos hasta media hora después de que los huéspedes hubiesen partido. Siempre andaba con herramientas que le servían de excusa por si llegaban de repente y lo sorprendían. Pero el posadero inspiraba confianza, y aunque algunos se daban cuenta de que había entrado porque su olor a jabón barato impregnaba el ambiente, nadie se quejaba y el hombre seguía creyéndose invisible. Todo cambió la tarde que Macarena llegó a la posada. Un perfume a amapolas invadió la sala. Radiante, con un solero tan amarillo como el sol, caminó liviana balanceando dos simpáticas trenzas largas y oscuras. Cuando la muchacha se detuvo frente al mostrador, Carlos ya estaba deslumbrado. La chica preguntó si quedaban cuartos. No, la posada estaba completa como cada fin de semana. Quiso decírselo pero un bretel resbaló por el hombro redondo y bronceado de Macarena y en cambio preguntó: ¿Cuántos son? Macarena miró a sus costados y riéndose respondió: Para mí. ¡Ah, para ella!, pensó Carlos, ¡sólo para ella!, carita de durazno maduro, ojos de melocotón... - Hay uno pero va a estar listo después del mediodía. - Entonces voy a la playa y vuelvo. ¿Puedo dejar la mochila? Soy Macarena, ¿se va a acordar de mí?- dijo apabullándolo sin dar tiempo a responder. Sí, claro, Ma-ca-re-na, Macarenita, andá a la playa, pensó mientras la veía alejarse descalza, todavía con ese bretel caído y le gritaba, sólo por decir algo, "Pura vida". ¿Por dónde empezar? Apenas tenía dos horas para desocupar la habitación donde había dormido los últimos ocho años, único cuarto que podía ofrecerle y al que jamás nadie había entrado. Despegó cuidadosamente la foto de la tenista que, con la diminuta pollera tableada levantada, frotaba la pelotita de tenis en su cola. Vació el ropero pequeño y tiró su poca ropa al armario donde guardaba los productos de limpieza. Terminó poco antes de las doce, con tiempo suficiente para darse una ducha y volver tras el mostrador a esperarla. Macarena no llegó a la una ni a las dos. Tampoco por la tarde. Regresó al atardecer acompañada por un muchacho alto, de pelo largo y enrulado que insistía en sonreír mostrando un diente de lata. Al despedirse en la puerta, Carlos alcanzó a oír que se encontrarían a cenar. - Estas playas son hermosas. ¿Está lista la habitación?- preguntó. Carlos la acompañó por los pasillos laterales y le mostró el cuarto. Quedaba en el hueco que dejaba la escalera en el primer piso, no tenía ventanas y una leve acidez impregnaba el ambiente. Esa noche el posadero tiró un colchón en el piso y durmió detrás del mostrador. Al verla entrar por la mañana, intentó adivinar qué malla traería debajo del pareo. Le había gustado la azul con estrellitas que Macarena guardaba en el bolsillo exterior del bolso. La joven se acercó y le extendió una bombacha floreada. - Encontré esto debajo de la cama. - Debe haberla olvidado otra huésped- dijo poco convincente. La joven evitó tomar café y se fue dejándolo solo con su propia vergüenza. Apenas pudo y sin tomar demasiadas precauciones Carlos se deslizó al cuarto y volvió a revisar el bolso. Se había puesto la malla verde oliva. Después minuciosamente observó cada rincón de la habitación para asegurarse de que no había dejado ninguna otra cosa olvidada. Esa tarde Macarena volvió a la posada acompañada por otro muchacho, un rubio bajito y también con él arregló para cenar. Carlos pensó que si la chica aceptaba todas las invitaciones, no se iba a negar a la suya. Juntó valor y mientras le extendía la llave preguntó: "¿ya viste el atardecer en la playa?". La joven lo miró desorientada: "Si no se ve la puesta del sol desde estas playas, el morro lo tapa". - No, ya sé - dijo balbuceando- Por eso... te quería invitar a Mal País, donde se ven los mejores atardeceres del mundo. - ¿Mal País? -preguntó divertida. -Puede ser... Una tarde de estas- dijo subiendo la escalera. - Pero tenemos que combinar así yo busco alguien para que se quede a cargo... Macarena ya había desaparecido sin escuchar sus explicaciones. El orgullo le hizo jurar que no repetiría su invitación. No hizo falta, a las cinco de la tarde del día siguiente Macarena regresó de la playa y le dijo que estaba lista. ¡Qué desesperación!, quedaban cuartos por hacer... en un rato llegaría la ropa de la lavandería y Martita... el café recién molido... los ingleses, que partían a las seis, ¿se irán sin pagar?, se preguntó... Macarena lo miraba ansiosa. "En cinco minutos, cinco...", dijo y desapareció detrás del mostrador. Sigilosamente se deslizó a la habitación y comprobó aliviado que la muchacha se había puesto la malla de estrellitas, "buena señal", pensó y salió radiante al encuentro de Macarena que lo aguardaba impaciente. "Si algo puede salir mal, saldrá mal", era otra de las máximas que repetía la tía Anita. Carlos, concentrado en desear que la fatídica frase de la tía por una vez no funcionara y la camioneta arrancase, casi no prestaba atención a las preguntas de Macarena sobre los pajaritos que cantaban en la copa del árbol. Finalmente, y contra los pronósticos de la tía, arrancó. El camino era malo, lleno de curvas con empinadas subidas y abruptas bajadas, la camioneta se balanceaba bajo el torpe mando de Carlos. Fueron directamente al acantilado donde el hombre había enterrado mentalmente a su madre. Macarena quiso sacarse una foto al borde del precipicio y le pidió que se acercara. Carlos lo intentó pero el vértigo le provocaba náuseas. La muchacha insistía y a él empezaba a faltarle el aire. Ella se acercó y lo tironeó del brazo. El tuvo el impulso de querer empujarla pero se detuvo y sólo se quejó: ¡Soltáme! Macarena se disculpó y se alejó. Carlos volvió a su roca a contemplar cómo el sol, transformado en una bola de fuego, se sumergía en el mar. La chica se ubicó unas piedras más allá. Cuando el sol desapareció, Carlos otra vez de buen humor, empezó a contarle los raros nombres de los caracoles y a mostrarle las huellas que dejaban las iguanas. Ya se iban cuando él propuso darse un baño en el mar y, sin esperar respuesta, se sacó la remera y entró al agua. Macarena pensó que no debía, pero el mar estaba tan azul con los últimos reflejos del sol... Entró corriendo y a las pocas olas se sumergió. Al volver a la superficie le sorprendió no ver a Carlos hasta que lo descubrió nadando mar adentro, entonces se relajó haciendo la plancha. De pronto sintió un pellizcón debajo del agua y unas manos que la agarraban por la cadera arrastrándola hacia abajo. Pataleó pero Carlos agarró sus piernas con fuerza. Macarena tragaba agua mientras intentaba defenderse. La pelea no duró mucho. Cuando la chica volvió a la superficie, después de unas largas bocanadas de aire, nadando hacia la orilla se dio cuenta de que Carlos se alejaba rumbo a la camioneta. El hombre encendió el motor, ella corrió por la arena desierta haciéndole señas. El la miró con desdén desde la ventanilla y con una voz extraña, como si protestara, le dijo "¡Puta, puta, puta!". Luego arrancó. Pero no había hecho cien metros cuando la camioneta se detuvo en seco. Tres veces intentó volver a arrancar sin conseguirlo. Entonces se desplomó sobre el volante con el traje de baño de Macarena todavía goteando en su mano. Pidió perdón a la tía Anita, explicándole entre sollozos que había estado mal, lo sabía, pero que él sólo quería la malla azul de estrellitas.

 
     
 

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Silvina Schuchner nació en Buenos Aires en 1966. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Realizó estudios de posgrado en París, Madrid y Michigan. Escribió guiones documentales para televisión. Desde hace quince años trabaja en el diario Clarín. En 2004 publicó La coleccionista (Editorial Paradiso).