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Frente a Grünbein

Por Eduardo Stafforini
 
  Yo había estado ahí. Un domingo de otoño fuimos todos en el auto, era un día con mucho sol.
La segunda vez fue diferente. Para empezar, mi papá no estaba, se había tenido que escapar al extranjero. "Tu papá se fue por una temporada afuera del país, al Uruguay", me dijo mi abuelo. Yo no sabía cuánto podía durar una temporada, pero igual no le pregunté. Por llevarle la contra, nomás.
La segunda vez fue diferente porque además era de noche y viajábamos en tren. Ocupábamos todo un camarote con mis hermanos y mi mamá, las camas estaban puestas una arriba de la otra, parecía una casita en miniatura y era toda para nosotros.
Yo iba contentísimo. Habíamos salido a la tardecita de Punta Alta pero el tren andaba muy despacio y cuando llegó a Grünbein se detuvo. Al desaparecer la velocidad también se acabó la alegría y entonces nos quedamos silenciosos en la penumbra del camarote.
Las luces eran muy débiles, salían de unas bombitas eléctricas que apenas iluminaban, ellas también sufrían cuando el tren paraba, como si les faltase el aire. En cambio, cuando había movimiento brillaban más y parecían contentas.
Después de unas horas pasó un mozo por el pasillo. Sus pisotones hacían temblar las bombitas, resonaban como tambores apurados y no encajaban en la quietud del momento. Si ahí no había nada que hacer, en Grünbein hacía rato que el tiempo se había detenido.
Pero los mozos siempre tienen prisa, y este tomó de mala gana el pedido de sánguches que le hizo mi mamá. Después siguió su camino como si tal cosa.
Parecía como si nos fuésemos a quedar a vivir ahí. Yo miraba por la ventanilla pero no podía ver casi nada, estábamos en la estación y detrás del andén había una alameda que ocultaba lo que había más allá. Excepto eso, la noche se había tragado todo.
Creo que ahí fue cuando llegó la tristeza. La recuerdo como un frío intenso, el frío que se siente de noche cuando las frazadas no alcanzan y uno se encoje sobre sí mismo y tampoco alcanza.
Esa tristeza era algo nuevo, tenía algo implacable. Apareció ante mí la casa que habíamos dejado a las disparadas, los nombres de los amigos que no volvería a ver nunca más y por supuesto Terry, que nos siguió a la estación y después se quedó sentado todo el tiempo hasta que el tren se puso en marcha. Terry siguió ahí, sentado, sentado… yo no podía dejar de mirarlo. Estaba seguro que si dejaba de hacerlo se rompería un hilo invisible que nos mantenía unidos. Así que sostuve la mirada tratando de no pestañear, hasta que el tren pegó la vuelta en el curvón de Polvorines y entonces todo terminó.
Pero cuando llegó la tristeza comprendí que no había terminado nada, recién estaba comenzando algo que duraría mucho tiempo, quizás para siempre. La alegría que al principio había sentido cuando pensaba en Uruguay y en mi papá ahora ya no estaba, se había ido junto con el movimiento del tren.
En algún momento llegaron los sánguches y después todos se quedaron dormidos. Mi mamá tomó dos pastillas de un frasco que yo había visto otras veces. Cuando las tomaba, a la mañana siguiente se levantaba con una cara extraña y recién a la tarde parecía volver, como si hubiese estado muy lejos.
De modo que el único que siguió despierto fuí yo. En Grünbein ocurrió algo que nunca antes había visto. De pronto la estación se llenó de humo, un humo blanco parecido al que salía de las fogatas que prendía Zenner, el jardinero. Pero este humo no tenía olor, era niebla. Después lo supe.
Las horas no pasaban más, algunas veces el tren quería a arrancar, la locomotora hacía mucha fuerza, se notaba. Pero no había caso, no podía. Los vagones se estremecían y pegaban esas sacudidas fuertes, golpeaban unos contra otros y parecía que se iban a romper. Y después todo seguía igual, volvía el silencio y la tristeza. La niebla.
En algún momento escuché unos pasos rápidos que venían desde la parte de atrás del pasillo. Pensé que sería el mozo y entreabrí la puerta del camarote para mirar un poquito. En la penumbra alcancé a distinguir la cara de Zenner. Lo llamé por lo bajo, pero no me oyó, él también estaba muy apurado, iba casi corriendo y no tuve tiempo de volver a llamarlo porque se escucharon otros pasos y en seguida aparecieron tres policías que venían persiguiéndolo con sus borceguíes ruidosos y los uniformes llenos de botones. Cada uno traía una pistola en la mano.
Me olvidé de la tristeza, ahora sólo estaba pendiente de cada ruido. El crujido de las pisadas, el murmullo de las voces. Los pasos desaparecieron hacia adelante y volvió el silencio.
Yo exprimía mis oídos tratando de conseguir alguna pista de lo que estaba pasando. Al rato escuché un ruido seco y después otros más. Parecían cohetes, pero sonaban apagados, como si la pólvora se hubiese mojado. No podía creer que fuesen tiros, sonaban muy débiles. Nosotros conocíamos bien el sonido de los disparos, en las películas de cowboys cada tiro quedaba flotando en la pantalla un largo rato y se negaba a desaparecer, se transformaba en el protagonista, sostenido por los ecos que venían a continuación. Y además estaba el ruido del rebote de las balas, que era agudo y se hacía más finito a medida que iba desapareciendo.
Estas explosiones secas no tenían nada que ver. Aunque al rato volvieron a repetirse y así me fuí convenciendo de que se trataba de tiros, nomás.
Volví a escuchar pasos, pero esta vez no me animé a abrir la puerta ni siquiera un poquito. Por el ruido de los borceguíes supe que eran los policías. De Zenner, ni noticias. Discutían entre ellos, se ve que lo habían perdido de vista y estaban muy disgustados.
Los pasos se perdieron otra vez y yo me quedé sin saber qué hacer. Todos mis hermanos dormían y mi mamá parecía desmayada, el efecto de las píldoras.
Entonces llegó el miedo. El silencio ya no me producía tristeza, ahora traía otra cosa que conocía muy bien, era la antesala de algo que podía ocurrir en cualquier momento y yo era el único que estaba despierto para verlo.
Pensé en meterme en la cama junto con mi hermano Arturo y taparme la cara con la frazada, pero no pude. De pronto vi que alguien trataba de abrir la ventanilla desde afuera, primero apareció una mano haciendo fuerza y luego la cara transpirada de Zenner detrás del vidrio. Levantó la ventanilla y se metió de un salto en el camarote. Uno de mis hermanos se dio vuelta en la cama y siguió durmiendo hacia el otro lado.
Zenner también tenía un revólver, pero ví que la mano le temblaba cuando se llevó el caño a los labios indicándome que no hiciera ruido. Ya no era el jardinero de mi casa, ahora era una persona desesperada.
Yo me acordaba bien de él, venía todas las tardes y permanecía largos ratos mirándola a mi mamá mientras ella dormía la siesta en la hamaca paraguaya del patio. Se quedaba parado con el rastrillo en la mano, pero no rastrillaba, las hojas secas volaban de aquí para allá y Zenner miraba, sólo miraba.
Hasta que un día no vino más. En mi casa nadie habló del asunto y tampoco nadie preguntó, pero mis amigos de la cuadra que siempre estaban al tanto de todo me dijeron que lo habían despedido.
Ahora Zenner sostenía su revólver con cierta torpeza y pude ver la mancha de sangre a la altura de su hombro. En el piso había algunas gotitas rojas que empezaban a formar un pequeño charco.
Creo que ninguno de los dos sabíamos qué hacer. Zenner giró la cabeza hacia donde estaba durmiendo mi mamá y yo ví que esta vez su mirada no era la misma.
Las miradas cambian con el dolor. Me di cuenta la vez que un auto atropelló a Terry y le quebró una pata. Lo llevamos como pudimos hasta la casa y lo entablillamos mientras aullaba. Arturo le agarraba la boca para que no me mordiera y yo le até la pata como le había visto hacer al Dr Lascano con dos varillas que había guardado especialmente para fabricarme unas flechas. Terry se quedó unos cuantos días tirado en el galponcito del fondo y yo corría a verlo ni bien llegaba de la escuela. Le ofrecía cosas que le gustaban, pedacitos de carne que le robaba a Dolores de la cocina. Pero Terry no quería nada, él me enseñó a descubrir la mirada del dolor. Una mirada en la que apenas cabía un sólo deseo, dejar de sufrir.
Hombres y animales nos parecemos mucho, todos pertenecemos a uno de dos bandos: los que sufren y los que no.
Los ojos de Zenner se volvieron suplicantes, unos ojos silenciosos, y ya no sentí miedo. Ví en él la mirada de Terry, aquel único deseo de alivio. Y ví también que estaba muy solo, el dolor es la soledad más profunda.
De pronto el tren pareció querer arrancar, llegaron las convulsiones de los vagones y esta vez fue en serio. Al principio despacito y después más rápido, fuimos tomando velocidad. El cielo empezaba a clarear.
Zenner se acercó a la ventanilla, estaba medio encojido y parecía dudar. Todavía no íbamos demasiado rápido y después de un instante saltó. Yo corrí a mirar hacia afuera y ví rebotar su cuerpo contra el pasto como una bolsa de papas. Quedó tendido cerca de un alambrado, alcancé a ver cómo se levantaba con dificultad mientras se perdía en la niebla.
El sol iba asomando en el horizonte y al rato pude reconocer el lugar en donde habíamos estado aquel domingo con mi papá. De a poco todos se fueron despertando, primero mis hermanos y por último mi mamá.
Teníamos mucho hambre, así que hubo que llamar al mozo otra vez y nos trajeron café con leche y medias lunas. Eran muy ricas y el café también, tenía un gusto especial. Gusto a tren.
Después del desayuno les conté a todos lo que había pasado, pero nadie me creyó. Se reían, y cuando les mostré la mancha de sangre en el piso se rieron aún más, mis hermanos más grandes me decían que ellos la habían visto antes. A mí todo eso me dió mucha rabia y terminé agarrándome a las trompadas con Ricardo, que siempre estaba tratando de dejarme en ridículo.
La única que no se reía era mi mamá. Ella se quedó mirando en silencio hacia los campos que pasaban detrás de la ventanilla.
Miraba como distraída y sus ojos brillaban igual que los de Zenner.
 
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Eduardo Stafforini

Eduardo Stafforini
nació en Buenos Aires en febrero de 1951, apenas unos meses después del Año del Libertador. Se perdió por un pelito el diploma que el Gobierno entregaba a los nacidos en 1950. A lo largo del país se había montado una campaña destinada a encontrar bebés en sanatorios, hospitales, registros civiles, orfanatos… pero entiéndase,  no para degollarlos como en la época de Erodes sino para entregarles aquel papel envuelto en una cinta celeste y blanca con la cara del Libertador mirando extasiado la independencia del Perú. El mundo progresa y de las espadas pasamos a los diplomas, vaya esto para quienes cultivan un sentido derrotista de la Historia, pero lo que aquí importa es que Stafforini se quedó con las manos vacías por ser de 1951, año anodino si los hubo, del que sólo se recuerda aquel modelo de Chevrolet, una joya mecánica codiciada por los amantes de autos antiguos y taxistas nostalgiosos. No hay mal que por bien no venga, la espina del diploma le quedó clavada, pero a cambio Staffo pudo ingresar al selecto grupo de los gatos salvándose de ser tigre, un signo del Horóscopo Chino que detesta. La vida siempre da revancha. En la infancia fue rodando de lugar en lugar como bola sin manija y  ya de grande decidió estudiar economía. Un saber que le resultaba atractivo pero que se empeñó en terminar cuanto antes para obtener de una vez por todas el título que lo compensara de aquella pérdida inicial: el diploma del Libertador. A poco de graduarse lo contrataron para trabajar de economista y así empezó su vía crucis por el mundo de las empresas. Como la vida siempre se las rebusca y deambula por los rincones más insospechados, en el camino fue descubriendo cosas interesantes. Al principio lo deslumbraron y lo entretuvieron más tiempo del necesario pero no le importó. Piano piano se va lontano decía su abuelo, y dicho y hecho. Un día se despertó y supo que había llegado la hora de cambiar de aire. ¿Partir es morir un poco? No para él, mutante compulsivo. Decidió alejarse de la economía y como buen gato lo hizo de manera imperceptible, cuidando cada pisada como quien acaricia el piso antes de apoyar el pie. Anduvo por ahí, como quien dice, molestando. Dio un gran rodeo hasta llegar a la Casa 28, donde el gato quedó atrapado.